miércoles, 30 de noviembre de 2016

La Infancia Descubierta IV • Museo del Prado • BÉCQUER



Valeriano Domínguez Bécquer. Retrato de niña, óleo sobre lienzo, 112,5 x 77,5 cm, 1852- Museo del Prado

Esta pintura, ya de la etapa madrileña del artista sevillano, muestra su madurez, y deja ver su extraordinaria y objetiva captación de elementos ambientales y descriptivos. El dibujo es cálido y seguro, con evidente influencia de la pintura inglesa, tan propia del momento. La figura de la niña ofrece un llamativo contraste con un fondo muy suavizado, que sirve, precisamente, para dar mayor relieve a la figura.

Cuando se oye el nombre de Bécquer, la imaginación se coloca inmediatamente en el recuerdo de la imagen de Gustavo Adolfo, el poeta, hermano de nuestro artista, que fue quien lo retrató, de forma ideal, quizá, pero que lo colocó definitivamente en la imaginación colectiva y logró que permaneciera en la misma, con gran fuerza, al menos, hasta la actualidad.

Valeriano, en cambio, es casi un desconocido, y no sólo por su imagen, sino, comparativamente, por su obra, si la ponemos junto a las famosas Rimas de su hermano. La vida de ambos fue muy corta, pero uno y otro, dejaron notable huella en la historia del arte y la cultura, a través de la cual, conviene destacarlo, Valeriano, no debería ser menos reconocido que Gustavo Adolfo.

Por otra parte, dado nuestro proyecto de centrar a los pintores de La Infancia Descubierta, en su contexto histórico, es preciso reconocer, que en el caso de los Bécquer, es casi imposible identificar cuál fuera la tendencia política que marcó su trayectoria existencial, en tiempos tan revueltos como los que vivieron. Ambos sirvieron en la Corte de Isabel II, lo que quizás los situaría en el lado opusto al partido Carlista, pero aquella tendencia ultraconservadora, no parece haber sido nunca el objetivo de sus dardos, mientras que sí se les atribuyen ataques muy degradantes contra la reina. La breve historia de los Bécquer, quedó, en cierto modo, inserta en la trayectoria, artística de uno, y literaria de otro y, a menudo, en el encuentro de ambas; tenemos, pues, la posibilidad de intentar seguir su pensamiento por esa vía, aunque resulta un plan harto complejo y muy difícil de determinar sus líneas maestras. 

En todo caso, la trayectoria de ambos desde la niñez, los presenta como inseparables y complementarios. El infortunio quiso que se siguieran, incluso en su temprana desaparición. Trataremos de conocer mejor a Valeriano.

Valeriano Domínguez Bécquer en 1863. Fotografía de Reinoso. 
Colección de Mercedes Navarro. Archivo de Rafael Montesinos.

Valeriano Domínguez Bastida/Béquer Madrid, 23.9.1870

Valeriano Domínguez Bécquer, 1871. Retrato póstumo de Eduardo Cano. 
Colección de María Gamero Cívico.

Valeriano Domínguez Bastida, conocido, como su hermano Gustavo Adolfo, por el apellido Bécquer, nació en Sevilla, el 15 de diciembre de 1834. Su padre, José Domínguez Insausti/Bécquer, conocido entre sus colegas como el Maestro Pepe Bécquer, también era pintor, y estaba casado con Joaquina Bastida y Vargas. José fue el primero que cambió su segundo apellido, Insausti, por el de Bécquer, que procedía de un antepasado nacido en Flandes, y fue el que inauguró la saga en España.

José Domínguez Bécquer. Retrato de Antonio María Esquivel. 
Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Joaquina Bastida y Vargas, su esposa. Retrato de José Domínguez Bécquer. 
Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Gustavo Adolfo niño, dibujo de José D. Bécquer. 
Legado de Antonio Rodríguez Moñino. Real Academia de la Lengua (Madrid).CVMC

Apuntes de Gustavo Adolfo niño, dibujo de José D. Bécquer. 
Legado de Antonio Rodríguez Moñino. Real Academia de la Lengua (Madrid). CVMC

Valeriano Bécquer niño, dibujo de José D. Bécquer. 
Legado de Antonio Rodríguez Moñino. Real Academia de la Lengua (Madrid).CVMC

Los padres fallecieron muy pronto, dejando ocho hijos, cuando Valeriano tenía doce años, por lo que tanto él como Gustavo Adolfo pasaron a la tutela de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, con el que aprendieron a amar y practicar la pintura.

Autorretrato de Joaquín Domínguez Bécquer (1855). 
Colección de Nicolás Ibarra, Sevilla

Sevilla desde la Cruz del Campo (1864), dibujo de Joaquín D. Bécquer. Museo de San Telmo (San Sebastián). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (BVMC)

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En 1856 Valeriano –23 años– pintó El carlista de La Esperanza y La nodriza con traje de pasiega, conservados ambos en el Museo del Romanticismo de Madrid.

El Conspirador Carlista, 1856. Museo Romanticismo, Madrid

La obra representa a un carlista que tiene en las manos un ejemplar del periódico ultraconservador La Esperanza. Se trata de una pintura muy expresiva, que muestra a un hombre maduro, cubierto con una capa oscura que deja entrever el cuello de su uniforme, en el que resaltan las insignias bordadas, que lo definen como componente del cuerpo de Artillería. Se apoya en un bastón y sostiene un ejemplar doblado del diario de ideología absolutista La Esperanza, a la vez que adopta un gesto pensativo, apoyando el mentón en la mano izquierda. 

Aparece sentado ante una mesa en la que hay un vaso de agua que apenas se distingue, a causa del rotundo contraluz, que, sin embargo, es lo que dota de expresividad al retrato y le da al personaje ese aire de conspirador tan explícito. Por otra parte, la edad que representa el mismo, no parece avenirse con el uso habitual de un bastón, por lo que podría tener alguna lesión recibida en combate. 

No es fácil, en todo caso, determinar si el pintor admira o rechaza. Si bien se ha dicho que los hermanos Bécquer, eran éticamente progresistas y estéticamente conservadores, es evidente que reunir ambos conceptos, para contraponerlos, no tiene sentido. Por otra parte, es posible que ellos mismos se cuidasen, quizás por necesidad de superviencia, de callar mucho más de lo que decían, medio por el que lograron quedar envueltos en una aurea mediocritas carente de definición política y contenido social. 

En este sentido, lo único que parece haber quedado claro acerca de su pensamiento más íntimo, es que los dos hermanos eran profundamente católicos y muy tradicionalistas en ese aspecto. Si esta caracterísitica se puede trasladar, o no, al pensamiento social y político, es algo que excede la naturaleza de este trabajo, pero, sin duda, no se desprende de las pinturas de Valeriano Bécquer.

Para 1856, la fecha del lienzo, habían terminado las dos primeras Guerras Carlistas, 1833-1840 y 1846-1849, esta última, saldada con derrota carlista, dando paso a un largo período de entreguerras –no exactamente de paz–, que se extendió hasta 1872, año en que se reprodujo la contienda con la llegada de Amadeo de Saboya al trono de España y siendo ya Carlos María de Borbón, quien reclamó por las armas, hasta 1876, la pretendida herencia, por la que su padre había combatido hasta entonces.

La nodriza en traje de pasiega. Valerinao Bécquer. Museo del Romanticismo. Madrid

Era condición indispensable para ser nodriza de la familia real, ser oriunda del Valle del Pas, en Cantabria. Durante el siglo XIX, las mujeres de esta región fueron las amas de cría preferidas entre las familias de alcurnia, y eran elegidas en base a sus supuestas excelentes condiciones físicas y a unas sanas costumbres que, al parecer, se daban especialmente en aquella región.

En 1861, Valeriano se casó con Winnefred Coghan, hija de un marino irlandés, vecino del Puerto de Santa María. Tuvieron dos hijos, Alfredo y Julia, pero se separaron muy pronto, quedando los hijos bajo la custodia del pintor, que se trasladó a Madrid con ellos, para vivir junto a Gustavo Adolfo, que ya llevaba algunos años instalado en la capital. 

Julia Bécquer Coghan

Conoció Valeriano entonces a Casado del Alisal, en cuyo estudio, y en un tiempo demasiado próximo, los amigos de su hermano Gustavo Adolfo –Rodríguez Correa, Augusto Ferrán y Narciso Campillo, entre otros–, se reunirían, al día siguiente de la muerte del poeta, para plantearse la posibilidad de publicar inmediatamente sus escritos, como, en efecto, lo hicieron, apareciendo sus Obras en dos tomos, en 1871, en esta ocasión, ya durante el reinado de Amadeo de Saboya.

José Casado del Alisal, amigo de infancia de Gustavo Adolfo Bécquer. 
Fotografía de E. Juliá. Archivo de Rafael Montesinos.

Con el apoyo del político conservador González Bravo, ministro de la Gobernación con Narváez, en 1865 le fue concedida a Valeriano una pensión anual de 2.500 pesetas para viajar por España, con el objetivo de estudiar las costumbres y los trajes nacionales. 

Perdió esta dotación cuando se produjo la Revolución de 1868, fecha, a partir de la cual, vivió de sus colaboraciones artísticas en publicaciones como La Ilustración Española y Americana o El Arte en España

Su protector, que había empezado significándose como progresista, terminó siendo ultraconservador, y partidario de la represión sin cuartel, sufriendo su casa un asalto, en el que se perdió el manuscrito que Gustavo Adolfo le había confiado, y que este intentó rehacer, en lo posible, en el Libro de los Gorriones.

Libro de los gorriones: colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento. 
Gustavo Adolfo Bécquer, 1868. 31×22 cm. Autógrafo con correcciones. Biblioteca Nacional.

Dos días después de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, el 24 de diciembre de 1870, se reunieron sus amigos para publicar sus obras y paliar así la desesperada situación económica de la viuda y los hijos del poeta. B.N.E.

Patio de la casa de Bécquer en la calle de San Ildefonso, Toledo, 1869, –único– dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer en el Libro de los gorriones.
Biblioteca Nacional (Madrid).

Juntos emprendieron los hermanos varios viajes por España, de los que ambos dejaron un importante huella a través de sus escritos y pinturas; Veruela, en Aragón; Burgo de Osma, en Soria; Teruel, Burgos, Ávila, Segovia y Toledo, donde finalmente se asentaron.

Valeriano Bécquer. Un leñador en las cercanías de Burgo de Osma. 
Óleo sobre tabla, 65 x 41 cm, 1866. Prado

Valeriano Bécquer fue una especie de introductor de la pintura al aire libre, que para entonces nadie practicaba. De acuerdo con su hermano el poeta, Valeriano apuntaba y dibujaba mucho, rodando de aldea en aldea; sus libros están llenos de episodios curiosos e interesantes de estos viajes… la costumbre de estar siempre apuntando del natural hacía que no se amanerase nunca y que hubiese en sus composiciones un sello grande de verdad.

El pintor carlista y su familia, en el Museo del Prado de Madrid. 1869. 
Óleo sobre lienzo, 60 x 77 cm.

Tras el cortinaje rojo, en primer plano, arriba, a la izquierda, aparece, de forma teatral, este retrato múltiple que presenta a varios miembros de una familia. A la izquierda, la esposa, parece pasar los dedos por el teclado, y a la derecha, una niña y otra mujer, observan el supuesto modelo de una escena bélica que pinta el carlista, sorprendentemente, vestido de impecable uniforme durante sus horas de ocio artístico y familiar.

A sus pies, algunos libros de notable ejecución, sobre los cuales se observa llamativamente, una boina azul, que identifica al pintor como soldado de los batallones carlistas del ejército del Norte.


Se ha creído identificar aquí a la familia del pintor Joaquín Domínguez Bécquer, el tío de nuestro pintor, pero dicha identificación parece muy discutible, entre otros motivos, por su reconocida proximidad al entorno de Isabel II, de la que, además, fue pintor de cámara, por lo que resultaría, cuando menos, incoherente, que simpatizara con las premisas defendidas por el Carlismo.

Aunque desde antaño –se explica en la web del Museo del Prado–, ha venido identificándose este retrato con el de la familia del pintor Joaquín Domínguez Bécquer, tío de Valeriano, es muy cuestionable esta identificación ya que proviene de datos entresacados de una recreación literaria publicada en La Esfera en 1923 por Enrique Ruiz de la Serna sobre noticias dadas por la hija de Valeriano, de un hecho acaecido antes de su nacimiento. 

Haciendo un repaso de la vida de Joaquín Domínguez Bécquer hay que recordar que fue protegido de los duques de Montpensier y, sobre todo, que a partir de 1850, entró al servicio de la Corona como pintor de cámara honorario de Isabel II, como ya hemos apuntado, encargándose, incluso, de la educación artística de sus hijas, con lo cual es imposible que ostentara la condición de militar del bando contrario a los intereses de la Corona. 

También contribuye a rechazar esta identificación, el hecho de que el retratado aparezca pintando una escena de guerra, porque la temática, casi exclusiva de la pintura de Joaquín Domínguez Bécquer, era, además de los retratos, la de tipos y costumbres, siendo muy rara en él la de carácter histórico.

También lo contradicen los rasgos físicos del pintor, descritos por su contemporáneo Virgilio Mattoni, como el Quijote de los pintores se le puede llamar por su carácter y figura. Alto, seco y taciturno, era muy semejante al héroe manchego de Cervantes. Tampoco es lógica la identificación de alguno de los otros miembros de la familia que aparecen en la escena.

Siguiendo el relato de La Esfera, la mujer que apoya sus brazos en el sillón donde está sentado el pintor sería Inés Cogham y Morphy, cuñada de Valeriano, pero en la fecha que está pintado el cuadro, no podía tratarse de ella, ya que Valeriano casó con Winnefred Cogham y Morphy tres años después, en 1861, sin contar con el hecho de que no hubo relaciones cordiales entre sus familias, ya que estaban enfrentadas hasta el punto de que no se aprobó la boda de Valeriano y Winnefred hasta después del nacimiento de la segunda hija. Por ello, resulta extraña la familiaridad de la postura de esta mujer, porque en aquellas fechas, no tenía relación con el clan de los Bécquer.

Además, por su aspecto físico tampoco parece la modelo una mujer irlandesa, sobre todo si la comparamos con el retrato de la hermana de Winnefred, publicado en 2001, en el Comercio sevillano, con finos y rizados cabellos rubios y ojos azules, es decir, en todo caso, mucho más próxima al estereotipo anglosajón, que la mujer del cuadro. 

Por otra parte, tal familiaridad, no tendría lugar, en modo alguno, si no hubiera entre los dos personajes un parentesco próximo.

Un dibujo preparatorio, conservado en uno de los álbumes de la colección de Francisco Íñiguez Almech, hoy en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, ofrece variantes compositivas de interés. En él se observa que la figura de la niña adquiere mayor protagonismo al situarla en el centro de la composición y lo que plasma el pintor no es una batalla sino el retrato de un personaje que quizás, sea el propio espectador de la escena familiar, al que a su vez, todos sus personajes observan.

La idea de un cuadro dentro del cuadro, que ofrecía una lectura más conceptual de la obra, ligada al modelo de Velázquez, fue abandonada en la versión definitiva de la composición al óleo. 

(Texto extractado de Gutiérrez, A., El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Madrid:Museo Nacional del Prado).

Valeriano falleció en plena juventud, en Madrid, el 23 de septiembre de 1870, quedando su hijos aún muy pequeños. Su hermano Gustavo Adolfo le seguiría dos meses después.


En 1913 los restos mortales de los Bécquer fueron llevados a Sevilla. Los alumnos de Bellas Artes diseñaron una carroza fúnebre que engalanaron al efecto. El cortejo, escoltado por la Guardia Municipal, montada y a pie, lo formaron académicos, diputados, concejales y otros empleados municipales, llevando cirios. En el corto trayecto entre la iglesia de San Vicente y la Universidad se dio cita un numeroso público que quiso rendir el último homenaje a sus artistas. Los restos fueron depositados en el lugar en que hoy descansan, en el Pabellón de Sevillanos Ilustres, al que se accede desde la actual Facultad de Bellas Artes de Sevilla.

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La historia de cómo llegaron los restos a su ubicación actual tuvo su culminación el 11 de abril de 1913, hace –ahora 106 años–, cuando un cortejo fúnebre recorrió toda la ciudad hasta llegar a la Iglesia de la Anunciación, en cuya cripta fueron depositadas las dos urnas, que pasaron en 1972 a su ubicación definitiva.

Los dos hermanos que están enterrados en el definitivo nicho murieron en 1870 con tres meses de diferencia (antes Valeriano y después Gustavo Adolfo), y en 1884, la Sociedad Económica de Amigos del País, con el sevillano José Gestoso a la cabeza, hizo la primera petición de traslado de los restos a su Sevilla natal.

En 1912, 28 años después, la Real Academia decidía que también volvieran los de Valeriano, su hermano pintor.

El 9 de abril de 1913 se exhumaron en la Sacramental de San Lorenzo de Madrid los restos de los hermanos Bécquer y fueron conducidos en una carroza de tiro de cuatro caballos a la Estación de Atocha. El día siguiente, a las 7’40 de la mañana llegaron a Sevilla, a la estación de Córdoba, donde fueron recibidos por el alcalde, Antonio Halcón. Se instalaron en una improvisada capilla ardiente y tras una ceremonia religiosa ésta quedó abierta al público.

El acontecimiento fue anunciado con una esquela en los periódicos, cuyo texto decía así: «El transporte de los restos de tan esclarecidos sevillanos desde la estación de la Plaza de Armas a la iglesia de la Universidad Literaria tendrá lugar hoy jueves 10 del corriente a las tres de la tarde, procediéndose acto seguido a dar a los mismos cristiana sepultura en la cripta de dicha iglesia. Las reales academias sevillanas de Buenas Letras y de Bellas Artes ruegan al pueblo de Sevilla encomiende a Dios nuestro señor las almas de los finados y asista a la traslación y sepelio de sus restos».

La lluvia impidió el traslado al Panteón de la Universidad y los restos fueron llevados a la capilla de las Siete Palabras en la iglesia de San Vicente.

El 11 de abril a las 2 de la tarde se celebró una velada literaria en el Museo, organizada por la Academia de Buenas Letras. Una vez finalizada, los restos de los Bécquer se depositaron en una carroza de estilo romano y renacimiento con pebeteros en los ángulos en los que se quemaba incienso, que fue construida por los alumnos de la Academia de Bellas Artes. Después se inició la comitiva desde la iglesia de San Vicente hasta la Universidad Literaria donde los féretros fueron recibidos por el rector, Francisco Pagés. Según cuentan los periódicos de la época las calles estaban rebosantes de gente. 

Presenciando esa comitiva había un niño de 11 años, llamado Luis Cernuda, que luego titularía uno de sus poemarios con un verso de Bécquer, Donde habite el olvido

(ABC,11.4.2016)
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                              En donde esté una piedra solitaria
                              sin inscripción alguna,
                              donde habite el olvido
                              allí estará mi tumba.

G. A. Bécquer, Rima LXVI

Al parecer, al contrario que el de su hermano, el féretro de Gustavo Adolfo quedó cubierto de flores inmediatamente –no en vano resonaba por todas partes el eco rítmico de sus oscuras glondrinas–, cuando uno de los organizadores del evento, cogió una flor y la colocó sobre el féretro del pintor, mucho menos popular, pero, cuya herencia artística es sumamente interesante por su gran valor documental.

Por el mismo peso de la popularidad, pero también por su excelente calidad artísitca, el retrato de Gustavo Adolfo es, quizá la obra más popular de Valeriano.

Gustavo Adolfo Bécquer. 1862. Valeriano Bécquer. Bellas Artes, Sevilla

Retrato de familia, 1865 V. Bécquer. Museo Provincial de Cádiz

Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero, 1858. V. Bécquer. 
Museo Romanticismo, Madrid

Edouard Manet vestido de campesino andaluz. (Retrato Supuesto) 
Valeriano Domínguez Bécquer. Col. Privada. París. Óleo Lienzo, 90,2 x 69,5 cm.

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Algunos grabados de Valeriano Bécquer.

Vista interior den Monasterio de Veruela. En Aragón.

Misa de alba. Aragón

Gustavo Adolfo Bécquer leyendo (Veruela, 1864), dibujo de Valeriano Bécquer. Spanish Sketches. Biblioteca Nacional (Madrid).

El Monasterio de Santa María de Veruela, dibujo de Valeriano Bécquer en El Museo Universal (2 septiembre 1866)

Monasterio de Santa María de Veruela, dibujo de Valeriano Bécquer en El Museo Universal (18 marzo 1865)

G.A.Bécquer en Veruela. V. D. Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer (izquierda) jugando a las cartas, dibujo de Valeriano Bécquer en Expedición de Veruela. Universidad de Columbia (Nueva York)

Gustavo Adolfo Bécquer en el castillo de Trasmoz, (21 diciembre 1863), dibujo de Valeriano Bécquer. Universidad de Columbia (Nueva York)

Gustavo Adolfo Bécquer dibujando. Valeriano Bécquer en Expedición de Veruela. Universidad de Columbia (Nueva York).


Gustavo Adolfo Bécquer dibujando. Valeriano Bécquer en Expedición de Veruela. Universidad de Columbia (Nueva York)

Veruela

Gustavo contemplando Toledo desde las ruinas del Circo Romano (1869), dibujo de Valeriano Bécquer. Colección de Julia Senabre Bécquer.

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