domingo, 20 de noviembre de 2016

La Infancia Descubierta I • Pintores Románticos • Museo del Prado • Ribera y Fieve



En el siglo XVIII, el Siglo de la Ilustración, se suscitó una preocupación novedosa y sincera por la infancia, con vistas a un futuro, a todas luces mejorable, si se dotaba a los niños de una verdadera formación educativa y cultural. Esto es algo reconocido de forma unánime por la investigación histórica hasta el día de hoy, en que se sigue hablando del siglo XVIII, como el siglo de Descubrimiento de la Infancia. Del mismo modo, la Historia de la Educación, recuerda que se produjo un notable giro en el sistema educativo después de la publicación del Emile de J. J. Rousseau, basado fundamentalmente, en la voluntad, más o menos sistematizada, de aproximarse a un desconocido universo infantil, que a partir de entonces empezó a cobrar entidad propia.


En 1857, la Ley Moyano, en parte basada en la anterior del liberal Alonso Martínez, siendo Ministro de Fomento, establecía en España la obligatoriedad de la asistencia a la Escuela de todos los niños de 6 a 9 años. Es curioso recordar que pocos años antes, en 1844, en Inglaterra se regulaba el trabajo infantil, fijando la jornada laboral de los niños de 8 a 13 años, en seis horas y media, quedando la de las mujeres reducida a doce horas.

Este descubrimiento de la infancia de la Ilustración, encontró en España una vía de expresión en el Romanticismo, representado por varios pintores, que crearon, de forma casi simultánea, retratos de niños de la alta burguesía, de la nobleza, y en ocasiones, de la familia real, con los que buscaban una aproximación a las nuevas ideas.

La muestra que de ellos ofrece actualmente el Museo del Prado, si bien, reducida en número, tiene, en cambio, enorme interés y atractivo. Tras una visita –siempre recomendable y siempre satisfactoria–, al Museo, en este caso, a la Sala 60, en la que se ha reunido a los niños, y, con ayuda de las imágenes que el propio Museo ofrece en su Web, veremos cada una de las obras expuestas, si bien, vamos a centrarnos en la trayectoria vital de sus creadores -aunque, no todos gozaron de la misma celebridad en su tiempo-, así como en su ubicación personal dentro de una época histórica muy cambiante y sobradamente inquieta. 

Es decir, que cada cual observará las obras, siempre de acuerdo con sus gustos personales, teniendo en cuenta sólo ciertos detalles, como es el hecho de que estamos ante trabajos de factura quasi perfecta, pero que en su mayoría, en lo relativo al mundo manifestado por Rousseau, se limitan a situar a los modelos sobre un fondo campestre, especialmente, en el caso de las niñas, que siguen sometidas a elegantes, delicados y molestos vestidos de raso –de textura maravillosamente ejecutada, sin duda-, pero a los que hemos de añadir, pesadas enaguas y polainas cubiertas de encajes, que no acercan la imaginación al mundo natural y sencillo preconizado por Rousseau y asumido por la Ilustración, exceptuando sólo la pintura de A. M. Esquivel, en la que los niños aparecen formando parte de una atmósfera -aunque muy teatral-, más acorde con los principios citados.

Prestaremos, pues, atención especial a estos Niños de Esquivel, y ello por dos motivos al margen de su extraordinaria calidad artística y de la novedad que representa su reciente adquisición por parte del Museo. 

Uno de ellos es el ya citado, acerca de que el autor es el único que realmente ha puesto en evidencia la admiración que despertó en ciertos ambientes el pensamiento de Rousseau, aunque muy idealizado, sin duda, y, el otro, porque los retratados son dos descendientes de la familia real; en concreto de la de Fernando VII, cuya nieta; la madre de los niños retratados, Josefa Fernanda de Borbón y Borbón-Dos Sicilias -hermana asimismo, de Francico de Asís, el marido de Isabel II-, sí que es un personaje muy acorde con el nuevo pensamiento, ya que rompió esquemas y tradiciones sobre ciertos aspectos de la realeza y la sociedad, aparentemente intocables.

Así pues, parece interesante destacar ya, desde el punto de vista histórico, que el período durante el cual fueron realizadas las pinturas expuestas -entre 1842 y 1855-; hay que situarlo sobre el ruidoso fondo de una inestable paz entre dos de las Guerras Carlistas.

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Se trata de las siguientes obras, tal como aparecen colocadas en la Sala:


1 Retrato de niña en un paisaje. Carlos Luis de Ribera y Fieve. 1847



4 Isabel Aragón de Escolar. Luis Ferrant y Llausás. 1854

5 Manuel y Matilde Álvarez Amorós. Joaquín Espalter y Rull. 1853

6 Federico Flórez y Márquez. Federico de Madrazo y Kuntz. 1842

7 Retrato de niña. Valeriano Domínguez Bécquer. 1852

8 Raimundo Roberto y Fernando José, hijos de S.A.R. la infanta Josefa Fernanda de BorbónAntonio María Esquivel y Suárez de Urbina. 1855

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Retrato de niña en un paisaje. Carlos Luis de Ribera y Fieve 1847
(Óleo sobre lienzo, 116 x 95 cm.)

En París, en 1837, Ribera coincidió con F. Madrazo. Ambos obtuvieron medalla en la Exposición de 1839. El año anterior acordaron pintar cada uno el retrato del otro para presentarlos a la exposición anual de la Academia de San Fernando y regalarlos después, cada uno a los padres del otro. El de Madrazo realizado por Ribera se encuentra en The Hispanic Society de Nueva York y no es muy accesible; el que Madrazo hizo a Ribera, se puede ver en el Museo del Prado.

Retrato de F. Madrazo por C.L. Ribera en 1838. The Hispanic Society de Nueva York

Retrato de Ribera por Federico de Madrazo y Kuntz, en 1838. Museo del Prado

Carlos Luis de Ribera y Fieve nació en Roma, en 1815 –durante el exilio de su padre –Juan Antonio Ribera-, quien, muy relacionado con la familia real, abandonó España durante la Guerra de la Independencia. En la ciudad de Tíber ejerció el cargo de pintor de Cámara al servicio del también exiliado monarca, Carlos IV, que apadrinó a Carlos Luis, junto a su esposa María Luisa de Parma.

En 1816, dos años después del regreso de Fernando VII a Madrid, el pintor fue confirmado en su puesto de Cámara, aunque permaneció en Roma hasta 1818.

Juan Antonio Ribera, había sido alumno de Francisco Bayeu y en París, de Jacques-Louis David. Murió en 1860, y la entonces reina, Isabel II –que también había ratificado su nombramiento en la Corte-, presidió su funeral.

Carlos Luis, que vivió en Madrid desde los tres años, siguió las enseñanzas de su padre y, con sólo quince, obtuvo el primer premio en el concurso de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tras obtener varias subvenciones para estudiar en Roma o París, eligió la ciudad del Sena, donde  fue alumno de Paul Delaroche, el pintor de temas napoleónicos. Durante su estancia en París, coincidió con Federico Madrazo, con quien mantuvo una intensa relación artística en la que, según se dice, siempre pareció hallarse presente una cierta competencia no explícita, quizás, por parte de ellos, pero sí observable.

Después de 1830, colaboró en El Artista, réplica de la revista francesa L’Artiste, creada por Federico de Madrazo y Eugenio de Ochoa, que sólo se publicó durante quince meses. Ribera se encargó de realizar la portada del primer número.

Excelente ejemplo de revista artística en un momento de gran agitación política, “El Artista”, fundado por el escritor Eugenio Ochoa y por el pintor Federico Madrazo en 1835, es un proyecto de juventud en la misma línea de la publicación francesa “L’Artiste”, de Achille Ricourt, al que, en ocasiones, llega a plagiar. Este semanario recoge la estética del Romanticismo que llega a España en estos momentos. De edición muy cuidada, casi lujosa, con litografías de gran calidad, estaba impresa por Sancha. Sufrió graves problemas económicos y se publicó solamente durante 15 meses.

Sus principales colaboradores fueron Espronceda, Campo Alange, García Tassara, Pastor Díaz o Zorrilla, y es famoso por haber publicado por primera vez “La Canción del Pirata” de Espronceda.

Sus ilustraciones son obra de Madrazo, Marqueríe, Lameyer y Calixto Ortega, entre otros
Nota de la edición de la BNE en Hemeroteca Digital

En 1843 comenzó la construcción del Congreso de los Diputados, y Ribera recibió el encargo de decorar los muros del hemiciclo, con temas que debían servir para realzar la imagen histórica de Isabel II. En el proyecto participaron, Madrazo, Espalter y José Camarón.


C. L. Ribera. Alegoría de España. 
Aspectos de la bóveda Salón de Sesiones. Congreso Diputados, 1852

El Origen del apellido Girón en la batalla de la Sagra, firmado y fechado en 1845, en París, narra una tradición, también contada por Cervantes, que dio lugar al apellido Girón. Cuando volvió de París, Ribera regaló la obra al Duque de Osuna, y recibió por ella públicos elogios, tanto en París como en Madrid.


De acuerdo con la leyenda, durante la Batalla de la Sagra, en 1086, viendo a Alfonso VII en peligro, Rodrigo González de Cisneros, cambió con él, el caballo y el manto, de modo que, haciéndose pasar por el rey, salvó su vida, sosteniendo duros combates, tras los cuales el manto quedó hecho jirones. En agradecimiento, Alfonso VII añadió al escudo de don Rodrigo tres jirones, por lo que este asumió el apellido Girón, y posteriormente, se casó con Sancha, hija del rey.


Parece que Isabel II le encargó La Conquista de Granada. Firmada en 1890 –fue la última del artista-, y conservada en la Catedral de Burgos, nunca llegó a estar en poder de la reina. Se guardan algunos dibujos preparatorios en el Museo de Bellas Artes de Granada.

Finalmente, participó Ribera en la decoración de la iglesia de San Francisco el Grande, de Madrid, que a partir de 1879 fue remodelada y reformada por iniciativa de Antonio Cánovas de Castillo. La decoración de las bóvedas se llevó a cabo entre 1880 y 1889 y en ella participaron, Casto Plasencia, Salvador Martínez Cubells, Manuel Domínguez, Alejandro Ferrant y José Casado de Alisal.

Ribera, como director del proyecto, preparó para el mismo muchas indicaciones iconográficas y algunos dibujos y bocetos, de los que una buena parte se conservan en el Museo del Prado.

Nuestra Señora de los Ángeles. 
Cúpula de la basílica de San Francisco el Grande, Madrid

En cuanto a los retratos, Ribera tuvo ante el caballete, entre otros muchos personajes históricos, a Isabel I, Amadeo I, Alfonso XII, al Conde de Toreno, al Duque de Alba o a los Duques de Osuna, algunos de los cuales no están disponibles al público.

Isabel II Niña. 1835 Museo del Prado / Romántico

Magdalena Parrella y Urbieta y su hija, Elisa Tapia y Parrella. 1850. Museo del Prado.

Mª Leonor Salm-Salm, Duquesa de Osuna. Museo Nacional del Romanticismo

Amadeo de Saboya. Museo del Prado

Alfonso XII en 1874, a los 17 años. Banco de España

Niño con un pájaro y niña con un perrito sentados sobre una alfombra ante un fondo de paisaje.
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Ribera y Fieve falleció en Madrid, el 14 de abril de 1891. El año siguiente se le dedicó una sala como homenaje, en la Exposición Internacional de Bellas Artes. 

La prensa se hizo eco de la luctuosa noticia, si bien, hablando del romanticismo, como de algo ya desfasado, propio del principio del siglo. El poeta Zorrilla, romántico por definición, escribiría en enero de 1893: Yo ya he muerto .., mi extemporánea e inverosímil coronación fue mi muerte civil, y tengo que aguardar la próxima muerte en el silencio y la oscuridad.

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La Ilustración Española y Americana. 30 de abril de 1891

EL MAESTRO D. CARLOS LUIS DE RIBERA

En la tarde del 11 del corriente recibíamos una atenta carta de nuestro respetabilísimo amigo y antiguo colaborador artístico de este periódico, el Excmo. Sr. D, Carlos Luis de Ribera, pidiéndonos la rectificación de un error involuntario consignado en nuestro número del 8 de Diciembre de 1890; y aquella carta, que guardamos con religioso respeto, fue quizás la última que suscribió el ilustre decano de los pintores españoles; tres días después, en la tarde del 14, murió el Sr. Ribera en su artística morada de la calle de San Vicente, de esta corte. 

Habíamos escrito, en el mencionado número, que la cúpula central de la iglesia de San Francisco el Grande se debía al malogrado pintor D. Casto Plasencia, y en su carta nos decía el señor Ribera: «Esta afirmación no es por completo exacta, puesto que el pensamiento, composición y dibujo de esa cúpula es obra mía, y lo que hizo el Sr. Plasencia, como los demás artistas que tomaron parte en las obras, fue pintar la composición hecha por mí.”

¿Cómo pensar que el Sr. Ribera no existiría ya en este mundo antes de publicarse la rectificación anterior en el número del 15 del corriente, al cual la destinábamos? Reciban nuestro más sentido pésame la afligida viuda, la cariñosa hermana y demás familia del insigne maestro.

Uno de sus discípulos predilectos, nuestro querido amigo y compañero D. Juan Comba, ha dedicado á su memoria la interesante composición que publicamos en la pág., 268; representa al Excmo. Sr. D. Carlos Luis de Ribera, director y profesor de la Escuela especial de Pintura, Escultura y Grabado, en su clase de Dibujo del natural, á la que no faltaba una noche, como no fuera por encontrarse enfermo.

Excmo Sr. D. Carlos Luis de Ribera
Director y Profesor de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado,
en la clase de dibujo del natural.

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Ilustración hispano-americana 26 de abril de 1891
Las bellas artes españolas han perdido uno de sus hijos más ilustres: D. Carlos Luis de Ribera, director y catedrático de la Escuela nacional de pintura y escultura y uno de los hombres más laboriosos que se conocían. 

Ribera estaba ya fuera de su época; pertenecía á otra generación; la nueva se le había echado encima con su empuje. Con la potencia del verdadero talento, siempre nubil y firme, sostenía dignamente su reputación; pero se sentía empujado y sustituido. Balsa de la Vega, el profundo crítico, viene a calificarlo de este modo: distanciadas la técnica del concepto y la composición; dibujo correcto con la rigidez pseudoclásica en la línea; noble severidad y distinción en la figura; paleta fría y poco armónica.

Nació Ribera en Roma en 1812, siendo también pintor su padre, que á la vez fue su primer maestro; después se trasladó a París, ingresando en el estudio de Pablo Delaroche, y terminada su educación artística se instaló definitivamente en España.

Era pintor de cámara de Dª. Isabel II, consejero de Instrucción pública, académico de la de San Fernando y profesor y director de la Escuela de Bellas Artes. 

Su última obra ha sido la decoración de San Francisco el Grande, corriendo parejas en hermosura con esta manifestación de su pincel, el techo del salón de sesiones del Congreso, también suyo. 

He aquí sus cuadros premiados en exposiciones extranjeras: La Apocalipsis de san Juan y la Virgen adorando á su hijo, María Magdalena en el sepulcro, La ascensión de la Virgen, La batalla de la Sagra, Origen del apellido de los Girones y otros varios. Su característica era el estudio y la erudición; sabía más que sentía.

Algunos de aquellos pintores románticos fueron pronto olvidados… hasta ahora, porque han vuelto, en cierto modo, a la actualidad y es una gran ocasión para recordarlos.

Detalle del Retrato de Ribera por Federico de Madrazo y Kuntz de 1838. 
Museo del Prado

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