miércoles, 15 de febrero de 2017

LOS POETAS MALDITOS * LES POÈTES MAUDITS de PAUL VERLAINE • I: CORBIÈRE Y RIMBAUD


Imágenes de la edición original. Biblioteca Nacional de Francia (Gallica)

Les Poètes maudits – Los Poetas malditos es una especie de ensayo de Paul Verlaine, que se publicó en 1884, ampliado en una segunda edición el mismo año, y en otra, definitiva, en 1888, con ilustraciones, que es la que presentamos aquí.

La obra se sitúa en un período considerado de decadencia, situado entre la caída del Segundo Imperio y los comienzos de la Tercera República.

En la primera edición, el autor analizaba y presentaba la obra poética de Tristan Corbière, Arthur Rimbaud y Stephane Mallarmé. En la de 1888 añadió a Marceline Desbordes-Valmore, Villiers de l’Isle-Adam y Pauvre Lelian, que no es sino el anagrama del nombre del propio autor, Paul Verlaine.

Sus comentarios y anécdotas, son todos de primera mano, ya que conoció personalmente a los cinco autores que presenta.

El concepto, en realidad, romántico, de la Maldición del poeta, había sido ya empleado por Alfred de Vigny en su obra Stello, en la que plantea las difíciles relaciones del poeta con la sociedad, que el mismo autor profundizaría en Chatterton: “…desde el mismo día en que aprendió a leer, fue Poeta, y desde entonces perteneció a la raza siempre maldita por los poderes de la tierra.”

No se trataba, cuando Verlaine escribió esta obra, de ninguna corriente literaria propiamente dicha, sino de un momento histórico y personal muy concreto y de un grupo de poetas, igualmente concreto y restringido, en este caso, a los lazos de amistad del autor. Sin embargo, hoy se ha extendido el concepto y, en este sentido, podríamos referirlo a un número más extenso de escritores, especialmente, claro está, de poetas, entre los cuales citaríamos a François Villon, Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Lautréamont, Antonin Artaud, e incluso a John Keats y Edgar Allan Poe, todos los cuales reúnen algunas o todas las características que definen a los poetas seleccionados por Verlaine: rechazo de valores sociales establecidos; actitudes provocadoras; consumo de alcohol o drogas; y generalmente, fallecidos antes de que se produjera su reconocimiento literario definitivo. 

Del mismo modo, casi todos ellos, ofrecen versos de difícil lectura, y, por lo mismo, dejan abierta la posibilidad de su interpretación, que, por otra parte y lógicamente, siempre puede ser más o menos acertada.

En el presente caso, aun respetando habitualmente la literalidad en la traducción poética con el fin de mantener en lo posible el estilo del poeta, hay que tener en cuenta que muchos de los conceptos de Corbière y, más aún, los de Rimbaud, carecerían de sentido si no fueran interpretados, si bien, al precio de alejarse del aspecto original de sus versos.
• • •

LOS POETAS MALDITOS
PREFACIO

Es Poetas Absolutos lo que habría que decir para quedarnos más tranquilos, pero, aparte de que la calma no es nada propia de este tiempo, este título responde a nuestro odio y, estamos seguros, al de los supervivientes de entre los Todopoderosos, al vulgo de los lectores de élite – una áspera falange que nos hace bien.

Absolutos por la imaginación, absolutos en la expresión, absolutos como los Reys Netos [1] de los mejores siglos. ¡Pero malditos!

Juzgadlo.
*
[1] Reys Netos: seguramente, del español antiguo “Reis Netos” o Monarcas Absolutos

• • •

TRISTAN CORBIÈRE, 1845-1875.

Bretón, Simbolista y Poeta Maldito. 

Sólo escribió un poemario: Les Amours jaunes, Amores amarillos. 

Tuvo una breve existencia marcada por la enfermedad, la automarginación y la indigencia, y un solo amor, no correspondido. Quizás su principal característica fuera el hecho de que amó el mar apasionadamente. 

Escribió con un estilo cínico e incisivo, no sólo hacía el mundo que le rodeaba, sino hacia su propia persona, que Jules Laforge calificó de indefinible e incatalogable; ni para ser amado, ni para ser odiado; en resumen, fue ajeno a todas las latitudes.

Su escritura, excesivamente puntuada, poco cuidada y antimusical -en el sentido clásico de la música metrificada del verso-, pareció, en un principio, el resultado de una carencia literaria, pero después se entendió como una desestructuración voluntaria del verso.

Cuando en 1873 publicó, a sus expensas, su única obra, pasó completamente desapercibido y fue precisamente el ensayo de Verlaine, el que lanzó su nombre a la historia de la literatura, en 1884; diez años después de su fallecimiento.

<En esta imagen, en apariencia, extravagante, se muestra a Corbière con el célebre chapeau rond, típico, por así decirlo del clásico hombre bretón.

Retrato realizado por Luque para la edición original. Gallica. BNF

Tristan Corbière fue un bretón, un marino, y el desdeñoso por excelencia, œs triplex. [2] Sin apenas práctica católica, pero creyente del diablo; ni marino ni militar, ni, sobre todo, mercader, pero enamorado furioso del mar, que solo cabalgaba durante las tempestades, excesivamente fogoso sobre el más fogoso de los caballos (se cuentan de él prodigios de loca imprudencia), desdeñoso del Éxito y de la Gloria, hasta tal punto, que parecía desafiar a estos dos imbéciles, a hacer que se conmoviera un instante por ellos.

*
[2] Verlaine cita a Horacio, en Odas/Carmina, Libro I, Od III, vv 9–10: A la nave que llevaba a Virgilio:

Illi robur et aes triplex                                   De roble era y  triple cota de bronce
Circa pectus erat, qui fragilem truci               Sobre el pecho, tenía, el que en frágil navío
Commisit pelago ratem                                  Acometió el furioso piélago 
Primus: nec timuit                                           El primero que no temió 

*
Dejemos al hombre que estuvo tan alto y hablemos del poeta.

Como rimador y como prosista no tiene nada de impecable, es decir, de tedioso. Ninguno, entre los Grandes como él, es impecable, empezando por Homero, que a veces dormita, [3] y terminando por Goethe, el muy humano, se diga lo que se diga, pasando por el más que irregular Shakspeare (sic). Los impecables son… tal y cual. Leños, leños y más que leños. Corbière era de carne y hueso, así de simple.
*
[3] Nueva cita de Horacio, en este caso,  en la Epistula ad Pisones, v. 359, donde dice: et idem indignor quandoque bonus dormitat Homerus - e igualmente me indigno cuando a veces dormita el buen Homero, haciendo referencia a un pasaje repetido u olvidado por el poeta.
*
Su verso vive, ríe, llora muy poco, se burla mucho y bromea aún mejor. Amargo, por lo demás y salado, como su querido Océano, pero no te mece, como ocurre en ocasiones a este turbulento amigo, sino que empuja, como él, rayos de sol, de luna y estrellas en la fosforescencia de una borrasca de olas enfurecidas.

Se convirtió en un parisino durante  un tiempo, pero sin ese sucio espíritu mezquino: hipos, un vómito, ironía feroz y pimpante, bilis y fiebre genialmente exasperadas, e incluso ¡qué alegría!

Ejemplo:

AYUDA

Si mi guitarra
Que reparo
Tres veces bárbaro, Kriss indio,

Cric de suplicio,
Madero de justicia,
Caja de malicia,
No haces el bien…

Si mi peor voz 
No puede decirte
Mi suave martirio.
–¡Oficio de perro!-

Si mi cigarro,
Viático y faro.
no te confunde;
–Fuego de quemar…

Si mi amenaza,
Tromba que pasa,
Carece de gracia;
–¡Enmudezca el ladrido!

Si de mi alma
El mar en llamas
No tiene olas;
–Quemada en hielo…

Me voy a marchar!

Antes de pasar al Corbière que preferimos, aun cuando nos encantan otros, hay que insistir en el Corbière parisino, en el Desdeñoso y Bromista de todo y de todos, incluido él mismo.

Hay que leer también este

EPITAFIO

Se mató de ardor y murió de pereza.
Si vivió fue por olvido, esto es lo que dejó:
Su única pena, que no fuera su amante.

No nació para ningún fin,
siempre fue empujado adelante por el viento,
Fue un arlequín–asado,
Mezcla adúltera de todo.

Del qué-sé-yo, -Pero sabiéndolo todo
De oro, –pero sin un céntimo;
De nervios, –sin nervio. Vigor sin fuerza;
Del impulso, –con un esguince;

Del alma, – y no de violín;
Del amor, –pero mal reproductor;
Demasiados nombres para tener un nombre.
. . . . . . . . . . . . . .
Nos saltamos algunos de los [versos] más divertidos.
. . . . . . . . . . . . . .
Sin pose, -posando para sí mismo:
Demasiado ingenuo, siendo demasiado cínico;
No creyendo en nada, creyéndolo todo,
––Su gusto estaba en el disgusto.
. . . . . . . . . . . . . .
Demasiado sí mismo para poderse soportar,
El espíritu seco y la cabeza ebria,
Terminado, pero sin saber terminar,
Murió esperándose vivir
Vivió, esperándose morir.
Aquí yace, corazón sin corazón, mal plantado,
Demasiado logrado como fracaso.

Por lo demás, habría que citar toda esta parte del libro, y todo el libro, o más bien habría que reeditar esta obra única, Les Amours Jaunes – Amores Amarillos, aparecido en 1873 y hoy inencontrable o casi, en el que Villon y Piron se complacerían por ver a un rival, a menudo feliz, –y de los más ilustres entre los verdaderos poetas contemporáneos, un maestro, por lo menos, de su talla!

Pero, esperad, porque no queremos abordar al Bretón y al marino sin mostrar algunos últimos versos sueltos, que existen por sí mismos, de la parte de los Amours Jaunes que nos ocupa.

A propósito de un amigo muerto “de chic, de beber, o de tísis”:

Él, que silbaba tan alto aquel airecillo desentonado.

A propósito del mismo, probablemente:

¡Qué parecido a sí mismo, aquel joven lleno de energías!
Huraño con la vida… y tan suave en su ensueño.
¡Cómo levantaba la cabeza o la dejaba caer alegremente!

Y, en fin, este endiablado soneto, de tan hermoso ritmo:

HORAS

¡Limosna para el malandrín!
¡Mal ojo al asesino!
Hierro contra hierro al espadachín
–Mi alma no está en estado de gracia–.

Soy el loco de Pamplona,
Me asusta la risa de la Luna
Angustia con su negro velo…
¡Horror! todo está bajo un apagavelas.

Oigo como un sonido de carraca…
Es la mala hora, que me llama.
En el vacío de las noches cae una campanada, dos…

He contado más de catorce horas.
La hora es una lágrima. –Estás llorando,
¡Ay, corazón!.. Sigue cantando, ¡vamos! No cuentes.

Admiremos muy humildemente, – entre paréntesis-, esta lengua fuerte, sencilla en su brutalidad encantadora, sorprendentemente correcta, esta ciencia, en el fondo, del verso, esta extraña rima, o rara hasta el exceso.

Y hablemos ya del Corbière más soberbio todavía.

¡Qué Bretón bretonante del mejor estilo! ¡Qué hijo de las landas y de los grandes robles y de las orillas era! ¡Y cómo tenía, este falso escéptico, temible, el recuerdo y el amor a las fuertes creencias, tan supersticiosas, de sus rudos y tiernos compatriotas de la costa!

Escuchad, o más bien, ved, o más bien, escuchad (¿cómo expresar las sensaciones con ese monstruo?) estos fragmentos tomados al azar, de su Pardon de Sainte Anne – Perdón de Santa Ana.

. . . . . . . . . . . . . .
Madre tallada a golpes de hacha,
Todo un corazón de roble duro y bueno,
Bajo el oro de tu falda se esconde
El alma en la moneda de un franco Bretón!

Verde anciana de rostro gastado.
Como la piedra del torrente;
Por lágrimas de amor atravesada,
Secada con llanto de sangre.
. . . . . . . . . . . . . .
¡Bastón de los ciegos! !Muleta
De las ancianas! ¡Brazo de los recién nacidos!
¡Madre de tu señora hija!
¡Pariente de los abandonados!

-¡Oh, Flor de la nueva doncella!
Fruto de la esposa del gran seno,
Descanso de la viuda.
Y del viudo ¡Dama-de-gracia!
. . . . . . . . . . . . . .
Ten piedad de la hija-madre,
Del pequeño al borde del camino.
Si alguien la tira la piedra
que la piedra se convierta en pan.
. . . . . . . . . . . . . .

Imposible completamente, citar todo este Perdón dentro del restringido marco que nos hemos impuesto. Pero nos parecería mal descansar de Corbière, sin ofrecer entero el poema titulado, Fin, donde está todo el mar.

EL FIN

¡Oh, cuántos marinos, cuántos capitanes
Etc. (V. Hugo.)

Pues bien, todos estos marinos – marineros, capitanes
En su gran Océano para siempre ahogados.
Marcharon descuidados a sus lejanos viajes.
Han muerto – absolutamente como se fueron.

¡Vamos! es su oficio, ¡murieron con las botas puestas!
Un trago en el corazón, y vivos dentro de sus capotes…
-Muertos… Gracias: la Camarde [7] no tiene pie marinero.
Que se acueste con vosotros: es vuestra servidora…
-Ellos, vamos pues: ¡Enteros! Robados por la ola
o perdidos en un grano…

[7] La Camarde es una figura alegórica de la Muerte, representada generalmente, bajo los rasgos de un esqueleto.

Un grano. ¿Es eso la muerte? las velas bajas
Batiendo por el agua! – Eso se llama cabecear.
Un golpe de mar plúmbeo, y luego el alto mástil
Azotando el borde de las olas – y eso se llama naufragar.
-Hundirse- sondead esta palabra. Vuestra muerte es muy pálida.
Y no es gran cosa a bordo, bajo la pesada ráfaga.
No es gran cosa ante la amarga sonrisa
Del marinero que lucha. –Vamos pues, ¡fuera!
Desvanecido el viejo fantasma, la Muerte cambia el gesto:
       El Mar!...

¿Ahogados? –¡Eh! vamos, pues! Los ahogados son de agua dulce.
-¡A pique! ¡Cuerpos y bienes! Y hasta la espuma,
El desafío en los ojos, en los dientes ¡la maldición!
Escupiendo a la espuma un sonido áspero,
Bebiendo sin náuseas, el más amargo trago…
-Como cuando bebieron su aguardiente.-

. . . . . . .. . . . . . .

-No hay tumbas de seis pies ni ratas de cementerio:
Ellos, ¡van a los tiburones! El alma de un marinero,
En lugar de enlodarse en vuestras patatas,
       respira en cada ola.

-Ved a la ola elevarse al horizonte:
       Se diría el vientre amoroso
De una mujer de la calle, medio ebria.
      ¡Ahí están! – En el oleaje hay sitio.-

-¡Escuchad, escuchad la tormenta que brama!...
Es su aniversario. –¡Vuelve muy a menudo!-
Oh, poeta, guarda para ti tus romances de ciego,
-Ellos: el De profundis, en el corno del viento.

…Que vaguen infinitos en los espacios vírgenes.
       Que giren verdes y desnudos,
sin clavos y sin pino, sin tapadera, sin cirio.
-Dejadlos rodar, que han llegado a ser tierra.

• • •          • • •            • • •

II
ARTHUR RIMBAUD
Arthur Rimbaud a los 17 años. Fotog. de Étienne Carjat

(1854-1891) Aunque su obra es necesariamente reducida –sólo vivió 37 años y, abandonó pronto la creación literaria, como veremos-, Rimbaud es una de las principales figuras de la literatura francesa. Escribió sus primeros poemas a los quince años. Aseguraba que el poeta tenía que ser vidente y que debía ser absolutamente moderno –evidentemente, no en el sentido que hoy damos a este término-.

Tuvo una aventura amorosa muy tumultuosa con el autor de este ensayo, Paul Verlaine. A los veinte años renunció de pronto a escribir, sin haber publicado prácticamente nada, para dedicarse más a la lectura y continuar aprendiendo idiomas.

Sus ideas marginales, antiburguesas y libertarias, le inclinaron a elegir una vida aventurera, viajando de un lado a otro, hasta llegar a Abisinia, donde se dedicó al pequeño comercio y a veces a emprender diversas exploraciones. De esta fase de su vida, en relación con la literatura, sólo se le conoce una numerosa correspondencia, en la que de vez en cuando, aparecen algunas observaciones de carácter geográfico.

Poemas como Bateau ivre – Barco ebrio; Dormeur du val – El Durmiente del valle, o Voyelles – Vocales, se sitúan entre los más famosos de la poesía francesa. Por otra parte, su precocidad, la admiración que le profesó Paul Verlaine, su vida de aventuras y su temprana muerte, contribuyeron mucho a forjar la leyenda en torno a su persona.



Tuvimos la alegría de conocer a Arthur Rimbaud. Hoy hay cosas que nos separan de él sin que, claro está, nuestra profundísima admiración le haya faltado jamás a su genio y a su carácter. En la época relativamente lejana de nuestra intimidad, Arthur Rimbaud era un muchacho de dieciséis a diecisiete años, ya afirmado con todo el bagaje poético que era preciso que el verdadero público conociera y que trataremos de analizar, con todas las citas posibles.

Era alto, bien conformado, casi atlético; su cara, un óvalo perfecto de ángel en el exilio, con cabellos castaño claro, desordenados y ojos de un inquietante azul pálido. Al ser de las Ardenas, poseía, además de un bello acento de la tierra, perdido demasiado pronto, el don de asimilación pronta, propio de las gentes de aquella tierra, -lo que puede explicar el rápido agotamiento, bajo el sol débil de París, de su vena poética, para hablar como nuestros mayores, cuyo lenguaje directo y correcto no siempre era equivocado, a fin de cuentas.

Nos ocuparemos antes, de la primera parte de la obra de Arthur Rimbaud, obra de su primerísima adolescencia, -sublime erupción de milagrosa pubertad!- para después examinar las diversas evoluciones de este espíritu impetuoso, hasta su fin literario.

Aquí un paréntesis: si estas líneas caen por ventura bajo sus ojos, que Arthur Rimbaud sepa bien que nosotros no juzgamos los motivos  de los hombres y esté seguro de nuestra completa aprobación (también de nuestra negra pena) frente a su abandono de la poesía, aun sabiendo –no lo dudamos-, que este abandono será para él, lógico, honesto y necesario.

La obra de Rimbaud, remontando al período de su primerísima juventud, es decir, a 1869, 70, 71, es bastante abundante y formaría un volumen respetable. Se compone de poemas generalmente cortos, de sonetos, tercetos, obras en estrofas de cuatro, cinco y seis versos. El poeta no emplea nunca la rima en pareado. su verso, firmemente asentado, raramente usa de artificios. Pocas cesuras y sin encabalgamientos. La elección de las palabras es siempre exquisita, a veces voluntariamente pedante. El lenguaje es preciso y sigue siendo claro cuando la idea o el sentido se oscurecen. Rimas muy honrosas.

No podríamos justificar lo que decimos, mejor que presentando el soneto de las VOCALES


VOCALES

A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul, vocales,
Algún día diré vuestros latentes nacimientos.
A, negro corsé de terciopelo, moscas deslumbrantes
que zumban en torno a crueles olores,

Golfos de sombra; E, candor de vapores y de tiendas,
Lanzas de glaciares orgullosos, reyes blancos, estremecimiento de sombrillas:
I, púrpuras, sangre escupida, bellas risas de los labios
En la cólera o las ebriedades penitentes;

U, ciclos, divinas vibraciones de mares de viridio,
Paz de los pastos sembrados de animales, paz de las arrugas
que la alquimia imprime a los anchos frentes estudiosos

Oh, supremo Clarín lleno de extrañas estridencias,
Silencios atravesados por Mundos y por Ángeles
-Oh, la Omega, rayo violeta de Sus Ojos!

La Musa (¡no importa! ¡viva nuestros mayores!) la Musa, decimos, de Arthur Rimbaud toma todos los tonos, pulsa todas las cuerdas del arpa, rasguea todas las de la guitarra y acaricia el rabel con un arco ágil, si lo hay.

Burlón e inexpresivo, Arthur Rimbaud lo es, cuando le conviene, como el mejor, permaneciendo siempre el gran poeta como Dios lo hizo.

Como prueba, l'Oraison du soir – La Oración de la tarde, y estos Assis-Sentados, ¡para arrodillarse ante ellos!

ORACIÓN DE LA TARDE

Vivo como un ángel sentado en manos de un barbero,
Sosteniendo un tazón de profundas estrías,
El hipogastrio y el cuello arqueados, una pipa Gambier
En los dientes, bajo el aire lleno de impalpables travesías.

Igual que los excrementos calientes de un viejo palomar
Mil sueños me dejan suaves quemaduras;
Luego, unos instantes, mi corazón triste es como un arbusto
Que ensangrienta y ensombrece el oro amarillo.

Después, cuando he vuelto a tragar mis sueños con cuidado,
Me vuelvo, habiendo bebido treinta o cuarenta tazas,
Y me recojo para calmar la acre necesidad.

Dulce como el Señor del cedro y los hisopos,
la envío hacia los cielos oscuros muy alto y muy lejos,
Con el asentimiento de los grandes heliotropos.

Los Sentados tienen una pequeña historia que tengo que traer aquí para que se comprenda bien.

Arthur Rimbaud, que asistía como externo al liceo de ***, se iba mucho a la escuela de los arbustos más grandes, y cuando al fin se sentía cansado de estudiar montes, bosques y llanuras, noches y días, pues era gran caminante, iba a la biblioteca de dicha ciudad y pedía obras malsonantes a los oídos del bibliotecario jefe, cuyo nombre, que tan poco hace para la posteridad, baila en la punta de nuestra pluma, pero ¿qué importa el nombre de este buen hombre, en este trabajo de malditos? 

El excelente burócrata, cuya funciones le obligaban a entregar a Rimbaud, siempre que los pidiera, ya fueran cuentos orientales o libretos de Favart, mezclados con vagos libros científicos muy antiguos y muy raros, renegaba al levantarse por aquel muchacho y le remitía a sus queridos estudios sobre Cicerón, Horacio y quien sabe qué otros griegos. El chico, que por otra parte conocía y, sobre todo, apreciaba infinitamente mejor a sus clásicos de lo que lo hacía aquel buen hombre, terminó por “irritarse”, de donde la obra maestra en cuestión.


LES ASSIS

Negros de heridas, verrugas, los ojos rodeados de ojeras
Verdes, sus dedos crispados en los fémures
La coronilla llena de sorda cólera
Como las floraciones leprosas de los viejos muros,

Han injertado en amores epilépticos
Su caprichosa osamenta a los grandes esqueletos negros
De sus sillas, sus pies, a los raquíticos hierros
se entrelazan por las mañanas y por las tardes.

Esos vejetes siempre entrelazados con sus sillas
Sintiendo los soles vivos percalizar sus pieles
O los ojos en el cristal donde se funden las nieves,
Temblando con los dolorosos temblores de los sapos.

Y las Sedes tienen sus bondades; aplastada
la paja cede en los ángulos de sus caderas.
El alma de los viejos soles se ilumina, entretejida
En esas trenzas de espigas donde fermentan los granos.

Y los Sentados, las rodillas en los dientes, verdes pianistas
A los diez dedos bajo el asiento con rumores de tambor,
se les oye chapotear barcarolas tristes
Y sus cabezas se mueven en giros de amor.

¡No hagáis que se levanten. Es el naufragio.
Surgen, gruñendo como gatos apaleados
Abriendo lentamente sus omóplatos, oh, rabia!
Su pantalón esconde los muslos inflados.

Y se oyen chocar sus calvas cabezas
con los muros sombríos, aplastando y aplastando sus pies torcidos
Y los botones de su ropa son pupilas fieras
Que te fascinan el ojo desde el fondo de los corredores.

Luego tienen una mano invisible que mata;
A la vuelta, su mirada filtra el veneno negro
Que carga el ojo sufriente de la perra abatido
Y sudas, preso de una atroz aprieto.

Se vuelven a sentar, con los puños crispados en manguitos sucios
Piensan en aquellos que los elevaron,
Y desde la aurora a la tarde racimos de amígdalas
Bajo sus mentones desmedrados, se agitan hasta estallar.

Cuando el austero sueño ha bajado sus viseras
imaginan sobre sus brazos sedes fecundadas
Verdaderos amorcillos de las sillas
Que orgullosos despachos rodean.

Flores de tinta, escupen semillas en comas,
Los acunan en cálices acurrucados,
Como al filo de los gladiolos el vuelo de las libélulas,
-Y su masculinidad se enerva con manojos de espigas. 

Nos habíamos propuesto firmemente ofrecer este poema, sabia y fríamente exagerado, hasta el último verso, tan lógico y de una osadía tan feliz. El lector puede así darse cuenta de la poderosa ironía, del terrible verbo de este poeta, del que nos quedan por considerar los más elevados dones, dones supremos, magnífico testimonio de la inteligencia, prueba orgullosa y francesa, muy francesa, insistamos en ello en estos días de cobarde internacionalismo, de una superioridad natural y mística de raza y de casta, afirmación sin contestación posible de esta inmortal realeza del Espíritu, del Alma y del Corazón humanos: la gracia, la Fuerza y la gran Retórica negada por nuestros interesantes, nuestros sutiles, nuestros pintorescos, pero estrechos y, más que estrechos, comprimidos, Naturalistas de 1883!
*

“Los naturalistas creían poder reproducir la realidad de manera auténtica… Bajo la influencia de los simbolistas franceses, Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé, Paul verlaine y Arthur Rimbaud, se hizo notar, a principios de los años noventa un decidido anti naturalismo. Se defendía ahora la idea de que la literatura crea relaciones lingüísticas, símbolos, y configura con ellos un mundo cerrado en sí mimo, de pura poesía. La literatura es autosuficiente, existe por sí misma, es “arte por el arte”. (Historia de la Literatura en lengua alemana, Hans Gerd Roetzr – Marisa Siguan)
*
En La Force – La Fuerza, tenemos un verdadero espécimen de las piezas aquí insertadas, pero hasta tal punto está envuelta en paradojas y temible buen humor, que parece, en cierto modo, disfrazada. La encontraremos en su integridad, bellísima y limpia, al final de este trabajo. Por el momento, nos reclama la Gracia, una gracia particular, ciertamente desconocida hasta ahora, a la que lo insólito y lo raro salpimentan con la extrema suavidad, la divina sencillez del pensamiento y el estilo.

No conocemos, por nuestra parte, en ninguna literatura, algo tan silvestre y tierno, tan amablemente caricaturizado, tan cordial y tan bueno, con un caudal franco, sonoro y magistral como

LOS SORPRENDIDOS

Negros en la nieve y en la bruma,
Al gran tragaluz que se ilumina
Sus traseros en corro,
De rodillas los niños –¡miseria!
Miran al panadero hacer
Su pesado pan dorado.

Ven el fuerte brazo que gira
La masa gris que ornea
En un brillante agujero.
Oyen cocerse el buen pan.
El panadero de gran sonrisa
Canta una vieja canción.

Están acurrucados, ni uno se mueve,
Al soplo del rojo suspiro
Cálido como un seno.
Cuando hacia le media noche
Con la forma de un bollo
sale el pan.

Cuando bajo las vigas ahumadas
Cantan las olorosas cortezas
Y los grillos,
Tanta vida expande el cálido hueco,
Tienen el alma tan alegre
Bajo sus harapos,

Se sienten vivir tan bien,
los pobres Jesís cubiertos de escarcha,
Que allí están todos,
Pegando sus hociquillos rosas
Al enrejado, gruñendo cosas
Entre los huecos,

Totalmente, haciendo sus plegarias
Y replegados hacia esas luces
Del cielo reabierto
Tan fuerte, que estallan sus pantalones
y su camisa ondea temblorosa
Al viento invernal.

¿Qué decís de esto? Nosotros, habiendo encontrado en otro arte analogías de la originalidad de este “cuadrito” no vamos a buscarlas entre otros poetas posibles, así que, diríamos que, mejor o peor, es como Goya y Murillo y si los consultáramos, nos darían la razón, os lo aseguro.

Murillo. Anciana despiojando. Alte Pinacotec. Múnich

Y de Goya también, las Chercheuses de Poux – Buscadoras de pulgas; en esta ocasión, del Goya luminoso exasperado, blanco sobre blanco con efectos rosas y azules y ese toque singular hasta lo fantástico. Pero qué superior es siempre el poeta al pintor, tanto por la elevada emoción, como por el canto de las buenas rimas.
Goya: ¿Hay pulgas? [Ay Pulgas?] Hispanic Society. NY
Sed testigos.

BUSCADORAS DE PULGAS

Cuando la frente del niño, llena de rojos tormentos,
Implora el enjambre blanco de los sueños indistintos,
Vienen junto a su cama dos encantadoras hermanas mayores
Con frágiles dedos y uñas plateadas.

Sientan al niño ante un ventanal
De par en par abierto en el que el aire azul baña una maraña de flores,
Y por sus pesados cabellos en los que cae rocío
pasean sus finos dedos, terribles y encantadores.

Oye sonar la respiración temerosa
Que exhalan largas mieles vegetales y rosas
Que a veces interrumpe un silbido, salivas
Recuperadas del labio o deseos de besos.

Oye sus pestañas negras batir bajo los silencios
Perfumados, y sus dedos eléctricos y suaves
Hacen crepitar entre sus grises indolencias
Bajo sus uñas reales, la muerte de las pulguitas.

Pero, he aquí que se le sube el vino de la Pereza,
Suspiro de armónica que podría delirar;
El niño siente, al lento ritmo de las caricias,
surgir y morir sin pausa, un deseo de llorar.

No hay, hasta la irregularidad de la rima de la última estrofa; no hay, hasta la última frase, que queda entre su falta de conjunción y el punto final, como suspendida y cayendo a pico, nada que no añada exquisita ligereza, temblor de factura al frágil encanto del fragmento. Y hay un hermoso movimiento, un balanceo al estilo de Lamartine -¿no es así?-, en esos pocos versos que parecen prolongarse en un ensueño y en música. Incluso como el mismo Racine, nos atreveríamos a añadir, y ¿por qué no llegar hasta esta justa confesión; como Virgilio?

Muchos otros ejemplos de gracia exquisitamente perversa o casta, hasta deleitaros en el éxtasis, nos tientan, pero los límites normales de este segundo ensayo, ya largo, nos fuerza a abandonar tan delicados milagros y a pasar, sin más retraso, en el imperio de la Fuerza espléndida a la que nos convida el mago con su

BARCO EBRIO

Cuando descendía los Ríos impasibles
Ya no me sentí llevado por los guías,
Pieles rojas chillones los tomaron por dianas
Los clavaron desnudos en postes de colores.

Estaba descuidado de todos los equipajes,
Portador de trigo flamenco o algodón inglés.
Cuando con mis transportistas terminaron los ruidos
Los ríos me dejaron bajar donde quisiera.

Entre los chapoteos furiosos de las mareas,
Yo, el otro invierno, más sordo que el cerebro de los niños,
Corrí! Y las penínsulas desamarradas,
Nunca sufrieron jaleos más triunfante.

La tempestad bendijo mis despertares marítimos.
Más ligero que un corcho bailé sobre las olas
Aunque las llamen eternas portadoras de víctimas,
Diez noches, sin echar de menos el ojo tono de los faros.

Más dulce que a los niños las manzanas amargas
El agua verde atravesó mi cascarón de abeto
Y las manchas de vino oscuro y vómitos,
me las lavó, dispersando el timón y el ancla.

Y desde entonces me he bañado en el poema
Del mar, infundido de astros y lactescencia,
Devorando azures verdes donde, pálida flotación
Y encantado, un ahogado pensativo a veces baja,

Donde tiñendo de golpe azulados delirios
Y ritmos lentos bajo las rutilaciones del día,
Más fuertes que el alcohol, más anchas que vuestras liras,
Fermentan las rojeces amargas del amor.

Conozco los cielos estallando en rayos, y las trombas,
Y las resacas, y las corrientes, conozco la tarde,
El alba exaltada como un pueblo de palomas,
He visto varias veces lo que el hombre ha creído ver.

He visto el sol bajo manchado de horrores místicos
Iluminando anchos coágulos violetas,
Igual que actores de dramas antiguos,
Y las olas rodando lejos sus temblorosos postigos;

He soñado la noche verde de nieves deslumbradas,
Besos subiendo lentamente a los ojos de los mares,
Las circulación de savias inauditas
Y el aviso amarillo y azul de fósforos cantores.

Seguí meses completos, estos trucos sucios
Histéricos, marejada al asalto de los arrecifes,
sin creer que los pies luminosos de las Marías
forzaran la calma de océanos desalentados,

¿sabéis? Tropecé con increíbles Floridas,
mezclando panteras con las flores de los ojos, con las pieles
De los hombres, de los arco iris, tensados como bridas 
Bajo el horizonte de los mares, a glaucos rebaños;

He visto fermentar enormes pantanos, nasas
Donde se pudría entre los juncos, todo un Leviatán,
Derrumbamientos de agua en medio de bonanzas
Y alejarse cataratas hacia los abismos!

Glaciares, soles de plata, mareas de nácar, cielos en llamas,
Horribles naufragios en oscuros golfos
O serpientes gigantes devoradas por insectos
Cayendo retorcidas de los árboles, con negras fragancias.

Hubiera querido mostrar a los niños aquellas doradas
La marea azul, aquellos peces de oro, peces cantores.
Espumas de flores bendijeron mis radas
Y vientos inefables me dieron a veces alas.

En ocasiones, mártir cansado de polos y zonas,
El mar, cuyos gemidos endulzaban mis vaivenes
Subía hacia mí sus amarillas flores sombrías de viento 
Y yo me quedaba como una mujer de rodillas,

Casi isla, lanzaban sus disputas a mi orilla
Y excrementos de pájaros quejosos de ojos rubios,
Y bogaba, cuando, a través de mis apretadas jarcias
Los ahogados bajaban a dormir de espaldas.


Y así, yo, barco perdido bajo cabellos de anclas,
Lanzado por el huracán al éter sin pájaros,
Yo, a quien monitores y veleros de la Hansa [4]
No habrían salvado la carcasa ebria de agua

*
[4] Hansa. Federación comercial y defensiva de países en torno al Báltico.
*
Libre, humeante, cubierto de brumas violetas,
Yo, que agujereaba el cielo enrojecido como un muro
Que llevo exquisita confitura a los buenos poetas,
Líquenes de sol y lágrimas e azur,

Que corría manchado de lúnulas eléctricas,
Valsa loca, escoltada por negros hipocampos,
Cuando los julios hacía caer a golpe de martillo
Los cielos ultramarinos con ardientes rayos,


Yo, que temblaba, sintiendo gemir a cincuenta leguas
La fuerza de los Béhémots [5] y gruesos Maelstroms [6],
Eterno navegante de azules inmovilidades,
Me lamento en los viejos muelles de Europa.

*
[5] Béhémoth, criatura mencionada  en el Libro de Job (40:15-24), cuyo nombre designa metafóricamente un animal muy grande.
[6] El Maelstrom es un gran remolino que se produce en las costas meridionales del archipiélago noruego de las islas Lofoten. Es, como Escila y Carbdis, uno de los remolinos más célebres de la historia y la literatura.

*
He visto archipiélagos siderales. E islas
cuyos cielos delirantes están abiertos al que boga:
-¿En esas noches sin fondo, es cuando duermes y te exilias,
millón de aves de oro, ¡oh! futura energía?

Lo cierto es que he llorado mucho. Los amaneceres son desoladores,
Toda luna es atroz y todo sol amargo.
El acre amor me llenó de letargos embriagadores.
¡Que salte ya mi quilla! ¡O me vaya yo al mar!

Si deseo un agua de Europa es la marisma
Negra y fría donde, hacia el crepúsculo perfumado,
Un niño en cuclillas, lleno de tristeza, suelta
Un barco débil como una mariposa de mayo.

Ya no podré, bañado por vuestras languideces, olas,
llevar la carga de los algodoneros,
Ni atravesar el orgullo de las banderas en llamas,
Ni nadar bajo la mirada  horrible de los pontones.

Y ahora, ¿qué opinión formular sobre las Premières Communions – Primeras Comuniones, poema demasiado largo para encontrar un sitio aquí, sobre todo, después de nuestras numerosas citas, de las que, por lo demás, detestamos el espíritu en voz bien alta, pues nos parece derivar de un desgraciado encuentro con el Michelet senil e impío, el Michelet de debajo de lencerías sucias de mujeres y de Parny (al otro Michelet nadie lo adora más que nosotros), sí, ¿qué opinión ofrecer sobre este colosal fragmento, sino que amamos su profundo orden y todos sus versos sin excepción? 

Los hay como los que siguen:

Adonais! En las terminaciones latinas
Los cielos teñidos de verde bañan las Frentes de púrpura
Y, manchados de sangre púrpura de celestes pechos.
Grandes sedas níveas caen sobre los soles.

París se empieza a repoblar, escribió al día siguiente de “Semana sangrienta”, se vuelve a llenar de belleza.
. . . . . . . . . . . . . .
Ocultad los palacios muertos con planchas de madera;
El viejo día asustado refresca la mirada;
Aquí está el rojo rebaño de las movedoras de caderas!
. . . . . . . . . . . . . .
Cuando tus pies han bailado tan duramente en la cólera, 
¡París! Cuando recibes tantas puñaladas, 
cuando yaces reteniendo en tus claras pupilas 
Un poco de la bondad de la fiera renovación.
. . . . . . . . . . . . . .

En este orden de ideas, Los que Velan, poema que ¡ay! ya no está en nuestro poder, y que nuestra memoria no sabría recomponer, nos han dejado la impresión más fuerte que jamás unos versos nos hayan causado. Son tan vibrantes, tan anchos, de una tristeza tan sagrada! Y de un acento de tan sublime desolación, que de verdad, nos atrevemos a creer que es lo más hermoso, con mucho, que Arthur Rimbaud haya escrito. 

Muchas otras composiciones de primer orden pasaron también por nuestras manos, pero un azar malévolo y el torbellino de viajes pasablemente accidentados nos han hecho perderlos. Así pues, conjuramos aquí a todos nuestros amigos, conocidos o desconocidos, que tuvieran les Veilleurs – Los que Velan; Accroupissements – En cuclillas; les Pauvres à l'église – Los pobres en la iglesia; les Réveilleurs de la nuit – Los Despertadores de la noche; Douaniers – Aduaneros; Les mains de Jeanne-Marie – Las manos de Jeanne–Marie; Sœur de charité –Hermana de caridad y todo lo firmado por este nombre prestigioso, que nos los hagan llegar, por favor, para el probable caso de que este trabajo vaya a ser completado. En nombre del honor de las Letras, reiteramos nuestra petición. Los manuscritos serán religiosamente devueltos, después de copiados, a sus generosos propietarios.

Es hora de pensar en terminar esto, que ya ha alcanzado grandes proporciones por excelentes motivos:

El nombre y la obra de Corbière, y el de Mallarmé están asegurados para más adelante; unos resonarán en los labios de los hombres, otros, en todas las memorias dignas de ellos. Corbière y Mallarmé han impreso,– esta inmensa pequeña cosa. Rimbaud, demasiado desdeñoso, más desdeñoso incluso que Corbière, que al menos lanzó un libro a las narices del siglo, no ha querido que aparecieran sus versos.

Una sola cosa, por otra parte, si no renegada o desaprobada por él, ha sido inserta sin su voluntad, y estuvo bien hecho, en el primer año del Renacimiento, hacia 1873. Se titulaba les Corbeaux – Cuervos. Los curiosos podrán regalarse esa cosa patriótica, pero patriótica en el buen sentido, que nosotros disfrutamos a placer, pero eso no ha vuelto a pasar. Estamos orgullosos de ofrecer a nuestros contemporáneos inteligentes, una buena parte del rico pastel de Rimbaud.

Habríamos consultado a Rimbaud (del que ignoramos la dirección; tanto y tan lejos vagabundea), pero probablemente nos habría desaconsejado emprender este trabajo, en cuanto a él le concierne.

Así, es maldito por sí mismo, este Poeta Maldito! Pero la amistad, la devoción literaria que siempre le mantendremos, nos han dictado estas líneas, nos han hecho indiscretos. ¡Peor para él! Y mejor, ¿No es así?, para vosotros. No se habrá perdido todo del olvidado tesoro de este descuidado poseedor, y, si es un crimen lo que hacemos, ¡felix culpa entonces!

Después de alguna estancia en París, y tras diversas peregrinaciones más o menos horribles, Rimbaud cambió de dirección y trabajó (¡él!) con la ingenuidad, siendo, muy a propósito, demasiado simple, usando sólo asonancias, palabras vagas y frases infantiles o populares. Consiguió así verdaderos prodigios de ligereza, de flujo verdadero, de un encanto casi inapreciable a fuerza de ser ligero y tenue.

Ha aparecido!
Qué? la eternidad.
Es el mar alejado
Con los soles
. . . . . . . . . . . . . .

Pero el poeta desapareció. –Queremos decir, el poeta correcto en el sentido, un poco especial del término-. De ahí siguió un sorprendente prosista. Un manuscrito cuyo título se nos escapa y que contenía extraños misticismos y las más agudas consideraciones psicológicas, cayó en manos que lo perdieron sin saber lo que hacían.

Una Estación en el Infierno, aparecido en Bruselas en 1873, en Poot y Cie, 37 rue aux Choux, cayó, cuerpo y alma, en un olvido monstruoso, el autor no lo “lanzó” en absoluto, porque tenía muchas cosas que hacer. Recorrió los Continentes, los Océanos, pobremente, orgullosamente, (rico, por otra parte, si hubiera querido, por familia y posición) tras haber escrito, todavía en prosa, una serie de fragmentos soberbios, las Iluminaciones, perdidas para siempre, bien lo lamentamos. (Nota 1 de Verlaine)

Decía en su Saison en Enfer –Estación en el Infierno: “Mi tarea ha terminado. Me voy de Europa. El aire quemará mis pulmones y los climas perdidos me curtirán.”

Todo esto está muy bien y el hombre ha mantenido su palabra. El hombre en Rimbaud es libre; esto está suficientemente claro y ya lo concedíamos así desde el principio, con una reserva muy legítima que vamos a recalcar para terminar. 

Pero no tenemos una razón, no nos interesa como poeta, coger a esta águila, y ponerla en esta jaula, bajo esta etiqueta, ¿y no podremos en absoluto por añadidura y subrogación (si la literatura tuviera que verse consumida en tales pérdidas) gritar con Corbière, su hermano mayor, no su gran hermano irónicamente? ¿No Melancólicamente? ¡Oh, sí! ¡Furiosamente! C¡laro que sí!

Se ha apagado
Este óleo santo,
Se ha apagado
El sacristán 
(Nota 2 de Verlaine)


Probable imagen de Rimbaud tomada en un hotel de Adén, poco antes de su fallecimiento y encontrada en 2010. Su autenticidad no está demostrada. 
• • •

1 las Iluminaciones han aparecido, así como otros poemas. Una obra completa sólo puede aparecer más tarde, con una curiosa noticia anecdótica y numerosos retratos, en una edición de gran lujo.

2 Algunos jóvenes, con un fin que les parece inofensivo, publican de cuando en cuando, versos bajo la firma de Arthur Rimbaud. Es bueno saber que los únicos versos auténticos de Rimbaud, son, con los arriba citados, Premières Communions – Primeras Comuniones, aparecidas en una revista pronto extinguida. Nuestra vieja amistad convierte el hecho de escribir esta nota en un deber imperioso.

* * *


domingo, 12 de febrero de 2017

HISTORIA DE ROMA VIII • ANÍBAL CRUZA LOS ALPES



No hay lección más eficaz para los hombres, que el conocimiento del pasado.

El conocimiento del pasado no sólo es bello, sino que es necesario.

Si se suprime de la historia el porqué, el cómo, el gracias a quién sucedió lo que sucedió y si el resultado fue lógico, lo que queda es un ejercicio, pero no una lección; de momento deleita, pero es totalmente inútil para el futuro.

Polibio. Historia

Polibio; uno de los modelos en yeso de las estatuas, relieves, etc. de los períodos Historicista y Art Nouveau  –fines del Siglo XIX y principios del XX- para los edificios de Ringstraße de Vienna, Austria, almacenados en los sótanos del Hofburg Palace (a su derecha, Brahms)

Puesto que los escenarios en los que se desarrollaron las llamadas Guerras Púnicas, son diversos y distantes –Magna Grecia, Sagunto, Alpes, Norte de Italia y Norte de África–, y se desarrollan a lo largo de los 18 años comprendidos entre el 264 y el 146 aC., parece apropiado, antes de internarnos a fondo en este período que hemos afrontado como Historia de Roma –aunque, en esta ocasión podría titularse igualmente, Historia de Cartago–, hacer un resumen de las causas y fases principales de estas tres guerras, así como de sus causas y consecuencias más inmediatas, procediendo, por el momento, a grandes rasgos, ya que posteriormente habremos de internarnos en algunos de los los hechos con más detalle.

En su causa más próxima estaría la anexión por parte de Roma, de la Magna Grecia y su origen, en el tiempo, no sería sino el gran conflicto de intereses comerciales entre dos potencias de primer orden, como lo eran en aquel momento, Cartago y Roma.

Magna Grecia, es parte del sur de la península de Italia y Sicilia. Comprende ciudades como Nápoles, Siracusa, Agrigento, Regio Calabria, o Mesina, que servían también de puente para el comercio con las poblaciones emplazadas en el actual litoral hispano francés, como Marsella, Antibes, Niza, Ampurias y la costa oriental peninsular, hasta Málaga, justo la zona por la que se decía que había errado Ulises durante diez años, antes de volver a Ítaka.

Roma empieza por atacar Tarento, esta llama a Pirro de Épiro en su ayuda, pero es derrotado y la zona pasa a depender de Roma tras las Guerras Pírricas.

A principios del siglo III, Roma se anexaba parte de la Magna Grecia. Mesina fue atacada por Hierón II de Siracusa, y como Grecia no los protegió, los oscos pidieron ayuda a Roma, mientras que Cartago apoyó a Hierón, que al final, abandonaba y negociaba la paz con Roma.

Roma toma entonces la cartaginesa Agrigento en 261, y 20 años después, obtiene la victoria definitiva en la zona sobre Cartago, con la que firma el Tratado de Lutacio, del que se derivan condiciones muy onerosas para esta última. Con esto terminaría la I Guerra Púnica. 

Pero en 238, Roma entra en Cerdeña y Córcega y en 221, dando la apariencia de que desea resarcirse, Aníbal, ataca y destruye Sagunto, aliada de Roma, ciudad que, según los acuerdos, no debía ser atacada bajo ningún pretexto, pero Aníbal, como veremos, en realidad, buscaba que Roma le declarase la guerra. De hecho, Roma no acudió en ayuda de Sagunto, pero después envió embajadores a Cartago para pedir explicaciones. En consecuencia se dieron por anulados los pactos anteriormente firmados entre ambas potencias.

Además de no atacar a los respectivos aliados, otro de los puntos fundamentales de los acuerdos, era que se respetaría por ambas partes la línea fronteriza marcada por el curso del Ebro, pero Aníbal la cruza; atraviesa los Pirineos y el Ródano y, contra toda expectativa, pagando sin duda un alto precio, logra también atravesar los Alpes con ayuda de los Galos, y se planta en pleno territorio romano para susto y terror de Roma, que, bajo la estupefacción inicial, es derrotada en Ticino, Trebia, Trasimeno y Cannas, ya en Apulia.

Sólo cuando Aníbal se encuentra –al parecer, indeciso-, ya muy cerca de Roma, prácticamente ante sus puertas, para terror de romanos –¡Hannibal ad portas!-, los romanos inician una estrategia de desgaste lejos de sus propios territorios. En realidad, el avance de Aníbal es muy inseguro, porque, en un momento dado, ya agotadas sus reservas, y no habiendo asegurado la retaguardia, no va a retroceder, y esa misma debilidad le impide avanzar sobre Roma, que decide entonces atacarle en territorio cartaginés. Así, Roma empieza por recuperar Sagunto, en 214 y en 210, Publio Cornelio Escipión toma Cartagena. Asdrúbal se dirige entonces a Umbría para auxiliar a Aníbal, pero es derrotado por Nerón. Con ello, la Historia da por terminada la II Guerra Púnica.

Roma decide finalmente, que Cartago debe ser destruida. Al efecto, procede a su asedio y en 146, Publio Cornelio Escipión Emiliano, entra vencedor en una ciudad completamente desabastecida. Tras seis días de combate, como estaba previsto, se inicia la aniquilación de Cartago, que, efectivamente, queda borrada de la faz de la tierra. Cartago Delenda Est. 

Sicilia, Córcega, Cerdeña, el Norte de África, y el Sur y Este de Iberia/Hispania, ya eran romanas. Hasta aquí, el resumen de los hechos, tal como se nos han transmitido. Las Guerras Púnicas constituyen, pues, el punto de partida, de la expansión de Roma, por Oriente y Occidente.


En el proyecto de ampliar la mirada sobre la Historia de Roma a través de los principales autores antiguos, seguimos en esta ocasión a Polibio, quien se plantea en su Historia, las causas que dieron lugar al ilimitado crecimiento de Roma, una de cuyas premisas fue, precisamente, la destrucción total de Cartago, que, como hemos adelantado, fue drásticamente borrada de la faz de la tierra.

Sólo después de haber derrotado a los Cartagineses –dice este autor–, los Romanos considerando que habían dado el gran paso en la conquista del Universo, se atrevieron a poner la mano sobre el resto del mundo, levantándose en armas contra Grecia y Asia. Se trata de saber ahora, gracias a qué táctica, a qué fuerzas y a qué recursos, Roma llegó a imaginar y logró subyugar toda la extensión de las tierras y de los mares conocidos.

Ofrecemos una traducción fragmentaria y necesariamente resumida, pero siempre fiel al pensamiento del autor –en muchas ocasiones, citado de forma literal–, con el objetivo de proponer sus tesis con toda la admiración y el enorme interés que merecen obras como la suya, que, en realidad, se extendía en su origen, a lo largo de cuarenta volúmenes, conservados en la Biblioteca de Bizancio, que llegaron a Europa en el Siglo XV, aunque sólo tenemos completos los cinco primeros.


* * *


El griego Polibio, que vivió entre los años 200 y 118 aC. propugnó una teoría de la Historia que sigue vigente, y que se centra en la investigación global de las causas que originan la evolución política y militar de una nación dentro de un entorno geográfico.

Polibio militaba en la Liga Aquea, lo que le costó ser llevado como rehén a Roma, donde permanecería durante 17 años y donde Lucio Emilio Paulo Macedónico –vencedor de la III Guerra Macedónica–, le encomendó la educación de sus hijos, Fabio y Escipión. Este último, en 150 aC. conseguirá la libertad del historiador y con él irá al norte de África. Polibio se convirtió así, en testigo de la III Guerra y de la caída de Cartago, que describirá en su obra detalladamente. 

Polibio estudió la geografía de Iberia; sus pueblos y costumbres y recorrió el Mediterráneo con el fin de observar en primera persona, los territorios de los que Roma se apoderaría, entrevistando a veteranos de las anteriores guerras. Al morir Escipión, volvió a Roma, donde murió, en el 118 aC., a los 82 años, pero no de vejez, sino a causa de una grave caida del caballo.

Polibio y Tucídides fueron los primeros que excluyeron la acción divina como causa eficiente y motor de la guerra. 

Polibio, pues, baja del Olimpo y analiza las verdaderas causas de las guerras, que en el caso de las Púnicas, se reducen, en la práctica, al hecho de que la potencia marítima de Cartago, así como sus posesiones territoriales en el Mediterráneo, suponían un freno a la expansión comercial de Roma, que, por otra parte, antes de que Aníbal entrara en Sagunto, ya había caído sobre Córcega y Cerdeña, sin necesidad de alegar motivo o provocación alguna por parte de Cartago. 

Asimismo, destaca el hecho de que Roma no había atendido las peticiones de auxilio de Sagunto, por más que posteriormente aireara la bandera de su alianza; pero no se trataba de un elemento estratégico con suficiente peso, aunque su destrucción se esgrimiera posteriormente como causa de guerra. Esto no obstante, no convierte a Aníbal en una víctima –jamás lo fue, y este no es un adjetivo que convenga a su personalidad–; veremos, como Polibio asegura, que si hubiera utilizado la ocupación de las islas del Tirreno para justificar su ataque, habría esgrimido una causa justa, mientras que no lo fue en absoluto, el hecho de destruir Sagunto a modo de falsa contrapartida.

Por último, escribe Tito Livio en el libro XXII, 51:

Cuando todos los jefes cartagineses, rodeando al Aníbal victorioso, le felicitaban, y le aconsejaban, tras haber acabado una guerra tan importante, que durante el resto del día y la noche siguiente, descansara, por él mismo y por sus fatigados ejércitos, Maharbal, comandante de la caballería, pensando que no había un momento que perder, le dijo:

-Será mejor que te diga de qué te servirá esta batalla: dentro de cuatro días, cenarás en el Capitolio como vencedor. Sígueme con la caballería, de forma que me vean llegar antes de saber siquiera que me acerco; iré delante de ti. 

Aníbal encontró que el proyecto era atractivo, pero también, demasiado grande para adoptarlo inmediatamente, de modo que respondió a Maharbal:

-Alabo tu intención, pero necesito tiempo para sopesar tu consejo.

Entonces Maharbal, respondió:

-Los dioses –y esto no me sorprende-, no dan todo al mismo hombre; tú sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria.

Se cree que aquel retraso de un día, salvó a Roma y al Imperio.
• • •

Polibio. Ringstrasse, Viena

En el Libro III de su Historia, se plantea Polibio: 

El fin y único objeto de toda mi obra es mostrar cómo, cuando y por qué los Romanos se hicieron dueños de todas las partes conocidas del mundo habitado. Establecido el punto de partida de esta evolución; determinada la fecha y siendo universalmente reconocido el resultado, me parece útil recordar y exponer, en primer lugar, y brevemente, los principales acontecimientos que se desarrollaron entre el principio y el fin del período que nos interesa, pues creo que es el mejor medio de dar a los lectores una idea completa del asunto. Empezaré mi relato con la Opimpíada CXL; años 220 a 216.

Cuando haya explicado por qué la guerra llamada de Aníbal estalló entre Roma y Cartago, veremos cómo los Cartagineses invadieron Italia, rompieron el poder de los Romanos, les hicieron temer por su existencia y por la de su patria, y llegaron a esperar seriamente, algo increíble; entrar como vencedores en su capital.

Acto seguido, trataré de mostrar cómo Filipo de Macedonia, aun siendo, en la misma época, vencedor de los Etolios y habiendo sometido toda Grecia, hizo causa común con los Cartagineses. En ese momento interrumpiré mi narración para estudiar la constitución de Roma; demostraré que su forma de gobierno ha influido mucho, no sólo en el restablecimiento del poder romano en Italia y Sicilia y en la conquista de Iberia / Ἰβηρίᾳ y de la Galia, sino también en su proyecto de someter al Universo entero, una vez derrotada Cartago. Se verá cómo gracias a la constante aplicación de ciertos principios, los romanos extendieron su dominio al mundo entero.

Pero el puro y simple resultado de las batallas no nos permite extraer un juicio decisivo sobre los vencedores y los vencidos; en muchos casos, éxitos que parecen considerables, proceden de los peores desastres e inversamente, se ha visto en múltiples ocasiones, cómo las pesadillas más terribles han sido muy útiles a los que las sufrieron valerosamente.

No hay que creer, sin duda, que los hombres de acción no tenían más finalidad que la de derrotar y subyugar al universo, ni que deban ser juzgados por sus victorias y conquistas; nunca se hace la guerra a los vecinos con la única intención de triunfar de un adversario, del mismo modo que no se sale al mar sólo por pasar de un lado a otro, ni se estudian las ciencias o las artes sólo por el placer de aprenderlas. Roma atacó a los Cartagineses, con la intención, primero, de obligarlos a emigrar, y luego, para aniquilarlos por completo, por razones que explicaré más tarde.

• • •

Algunos de los historiadores de Aníbal, queriendo explicarnos por qué se reanudó la guerra entre Roma y Cartago, atribuyen el hecho a dos causas: la primera sería el asedio de Sagunto por los Cartagineses, y la segunda, la infracción por parte de éstos del acuerdo de no pasar el río que los indígenas llaman el Ebro. De acuerdo en que este fue el punto de partida, pero no puedo admitir que fuera el motivo.

El historiador romano Fabio atribuye la guerra de Aníbal, aparte del ataque a Sagunto, a la avidez y la ambición de Asdrúbal. Según este autor, Asdrúbal habría alcanzado un poder considerable en Iberia, y después volvería a África para intentar derribar la constitución de Cartago y hacerse proclamar rey; los principales magistrados habrían descubierto sus proyectos y se opondrían a ellos de forma unánime. Asdrúbal, consciente de esta resistencia, abandonaría África para volver a España, donde habría ejercido la autoridad más arbitraria sin el menor miramiento hacia el Senado Cartaginés.

En cuanto a Aníbal habría sido desde su juventud cómplice y émulo de su cuñado; habría caminado sobre sus huellas cuando le sucedió en el gobierno de Iberia; razón por la que habría provocado la guerra con los Romanos por su propia autoridad, contra la voluntad de su país, ya que, nadie, en efecto, entre los notables cartagineses habría aprobado el golpe de mano de Aníbal sobre Sagunto.

El historiador Fabio añade que tras la toma de esta ciudad, los romanos fueron a Cartago para exigir que les entregaran a Aníbal y declarar la guerra en caso de negativa. Pero si preguntáramos a nuestro historiador qué mejor ocasión habrían podido encontrar los Cartagineses, qué conducta más conforme a la equidad y a sus intereses habrían podido tener –si, como dice él mismo, desaprobaban los actos de Aníbal-, que acceder a las reclamaciones de los Romanos entregándoles al culpable. ¿Qué podía él contestar a esta pregunta? Nada, evidentemente. Lo cierto es que los cartagineses estuvieron tan lejos de actuar así, que hicieron la guerra durante 17 años consecutivos bajo la dirección de Aníbal, y no rindieron las armas hasta que perdieron toda esperanza, y se vieron, así como su patria, extremadamente reducidos.

Volviendo a la guerra entre Roma y Cartago, se puede afirmar que la primera causa fue el resentimiento de Amílcar Barca, padre de Aníbal. No se dejó desanimar por el giro desfavorable de la guerra de Sicilia, porque había conservado intacto su ejército de Érice. Si bien había cedido a las circunstancias y consentido en pactar tras la derrota naval de los cartagineses, seguía preparado para volver a tomar las armas y aprovechar la oportunidad. Y si los mercenarios no se hubieran rebelado contra Cartago, habría hecho inmediatamente todo lo que dependiera de él para reanudar la guerra. Pero los desórdenes internos le desanimaron y absorbieron toda su atención.

Cuando los disturbios cesaron y los romanos declararon la guerra a los cartagineses, estos asumieron, al principio, el reto, seguros de que la justicia de su causa les daría la victoria, pero los romanos no mostraron el menor respeto por la equidad, y los cartagineses tuvieron que inclinarse ante la necesidad; con gran pesar, así pues, no pudiendo hacer otra cosa, evacuaron Cerdeña y se resignaron a pagar mil doscientos talentos más sobre la indemnización que ya se les había impuesto, antes que hacer la guerra en semejantes condiciones.

Tal fue la segunda causa, la más importante, de la guerra que después estalló, pues Amílcar, animado a la vez por su propio resentimiento y por la indignación de sus compatriotas, en cuanto aseguró la paz en su pueblo, triunfando sobre los mercenarios rebeldes, volvió toda su actividad hacia Iberia, para poder extraer subsidios en caso de guerra con Roma. De aquí la tercera causa que se debe asignar a esta guerra: los rápidos progresos que los Cartagineses hicieron en Iberia, pues los refuerzos obtenidos, pudieron por sí mismos, darle la confianza y el ánimo necesarios para entrar en campaña.

Fue pues Amílcar quien más contribuyó a provocar la segunda Guerra Púnica, aunque hubiera muerto diez años antes de que esta empezara. Se podrían invocar muchos argumentos en favor de este aserto, pero, lo que sigue, será suficiente para demostrar que está bien fundado.

Cuando Aníbal, vencido por los romanos, fue obligado a abandonar su patria en el año 195 y se refugió en tierras de Antíoco, los romanos enviaron una embajada al rey de Siria para asegurarse de sus intenciones. Los diputados constataron que sus disposiciones respecto a Roma, eran muy hostiles. Fingieron entonces ser amigos de Aníbal para hacerlo sospechoso a Antíoco, y lo lograron, pues, andando el tiempo, el rey desconfiaba cada vez más de su huésped, pero cuando se presentó la ocasión de explicarse sobre el desentendimiento que se había deslizado entre ellos. Aníbal se defendió ampliamente, y cuando vio que todas sus razones no convencían al rey, se decidió a contarle la siguiente anécdota.

–Cuando mi padre estaba a punto de salir a hacer la guerra en Iberia, teniendo yo nueve años, estaba haciendo un sacrificio a Zeus, yo estaba a su lado cerca del altar. Cuando hubo hecho las libaciones y cumplido todos los ritos, pidió a los asistentes que se alejaran un poco e hizo que me acercara. Me preguntó afectuosamente si quería seguirle con su ejército. Yo acepté con alegría, le supliqué, incluso, con ardor infantil, que me llevara consigo. Entonces me tomó la mano derecha y me condujo hasta el altar, donde me hizo jurar que jamás sería amigo de los romanos.

Johann Heinrich: Aníbal jura eterna enemistad a los romanos. 
Germanisches Nationalmuseum

Tras haber hecho este relato a Antíoco, le pidió que confiara en él y que le considerase como el más fiel colaborador, siempre que se dispusiera a combatir a los romanos. 

Lo cierto es que los cartagineses no se resignaron a la derrota que les costó la pérdida de Sicilia, y su resentimiento se acrecentó con la de Cerdeña y por el considerable tributo que se les impuso. Después, cuando habían conquistado la mayor parte de Iberia, se empeñaron en favorecer todo lo que les pareciera dirigido contra los romanos.

Al conocer la muerte de Asdrúbal, que había sucedido a Amílcar como gobernador de Iberia, las tropas, por unanimidad eligieron a Aníbal como jefe; el pueblo fue convocado y la elección quedó ratificada por acuerdo general.

Aníbal tomó el mando y se propuso inmediatamente someter a la tribu de los Olcades. Para empezar, acampó cerca de Altea –en la Mancha actual, aunque el lugar exacto es desconocido–, su principal ciudad, que tomó rápidamente, mediante asaltos impetuosos y desconcertantes. Tras esta, las demás ciudades, aterrorizadas, se rindieron a los cartagineses. Aníbal les impuso contribuciones, y amasó así sumas considerables. Después volvió para pasar el invierno en Cartagena. Se mostró muy generoso con los soldados, los pagó liberalmente, les hizo toda clase de promesas, y les inspiró así un gran afecto y les infunció grandes esperanzas.

El verano siguiente, salió en expedición, esta vez, contra los Vacceos. Tomó Helmántica –Salamanca–  al primer asalto, pero le costó mucho tomar Arbucala –Toro, Zamora–, importante plaza, cuya numerosa población se defendió heroicamente. A su vuelta corrió un gran peligro cuando, de improviso, fue atacado por los Carpetanos, la población más poderosa quizá, de todo el país, a los cuales se unieron las tribus vecinas, sublevadas, sobre todo, por los Olcades refugiados allí y enardecidos igualmente por los supervivientes de Helmántica.

Si los cartagineses hubieran tenido que medirse con ellos en una batalla ordenada, ciertamente, habrían sido derrotados, pero Aníbal tuvo la prudencia de batirse en retirada y de poner el Tajo entre él y sus enemigos. Después los atacó en el momento en que ellos mismos pasaban el río. Tenía, además, unos cuarenta elefantes y estas circunstancias le permitieron lograr un éxito completo e inesperado. Al final fue Aníbal quien, a su vez, atravesó el río; tomó la ofensiva y puso a los bárbaros en fuga, a pesar de que eran más de cien mil.

Tras esta victoria, ya no quedó al sur del Ebro nadie que osara hacerle frente, excepto Sagunto. Pero él se guardó mucho de intentar nada contra aquella plaza, para no dar a los romanos demasiado abiertamente, la ocasión de declararle la guerra, en tanto no hubiera asegurado su autoridad. Seguía en esto los consejos que Amílcar, su padre, le había prodigado.

Los saguntinos enviaban a Roma una embajada tras otra, porque previendo el futuro, temían por su seguridad, y los romanos, que durante mucho tiempo los habían escuchado con poco interés, terminaron por enviar diputados para informarse exactamente sobre la situación. En aquel momento, Aníbal había vuelto con su ejército a sus cuarteles de invierno, en Cartagena, la capital y, por así decirlo, la joya de la Iberia sometida a los cartagineses. Allí se encontró con los diputados de Roma a los que dio audiencia.

Los romanos, poniendo a los dioses por testigos, los invitaron a respetar Sagunto, que estaba bajo su protección, y a mantener lo acordado por Asdrúbal, de no cruzar el límite del Ebro. Aníbal, como hombre joven lleno de fuego guerrero, viendo que la fortuna favorecía sus empresas, y animado, además, por su odio ya antiguo contra Roma, se presentó a sí mismo como defensor de los saguntinos; reprochando a los romanos haberse aprovechado de una sedición reciente, para condenar a muerte injustamente a algunos de los princiopales ciudadanos. Declaró que no dejaría impune semejante perfidia, pues era una costumbre heredada entre los cartagineses, no abandonar jamás a los oprimidos.

Pero lo cierto es, que Poseído por la cólera, Aníbal había perdido la sangre fría y en lugar de invocar sus verdaderas objeciones, recurría a los pretextos más futiles, como es costumbre en las personas que se dejan dominar por sus pasiones hasta perder la noción de lo que es justo y razonable. ¿No habría sido mejor reclamar a los romanos la restitución de Cerdeña y la indemnización que estos habían impuesto injustamente a Cartago, abusando de las circunstancias, y declarar incluso la guerra si se negaban?

Pero al omitir, por el contrario, sus reclamaciones más serias, inventando otras sin fundamento, como la de Sagunto, pasó por haber acometido la guerra, no sólo contra toda razón, sino contra toda justicia. Cuando los embajadores romanos, comprendieron que la ruptura era inevitable, se embarcaron hacia Cartago, a fin de renovar su embajada. 

Previendo que la campaña iba a tener lugar en Iberia, y no en Italia, el Senado tomó medidas con vistas a esta eventualidad, pero decidieron poner orden primero en los asuntos de Iliria –al otro lado del Mar Adriático. Sin embargo, contrariando sus cálculos, Aníbal se les adelantó al tomar Sagunto. A pesar de ello, los romanos, por las razones de las que ya he hablado, enviaron a L. Emilio con un ejército para operar en Iliria en la primavera del primer año de la Olimpíada CXL; años 220/219.

Aníbal salió de Cartagena con sus tropas y marchó sobre Sagunto, previendo que su conquista le aportaría grandes ventajas. En primer lugar, arrancaba a los romanos toda esperanza de hacer de Iberia el escenario de la guerra, porque aterrorizaría a los demás habitantes de la península, haciendo más dóciles a los que ya estaban sometidos y más circunspectos a los que aún eran independientes, pero, sobre todo, se proponía salir del territorio sin dejar enemigos a su espalda. Por lo demás, esperaba procurarse los abundantes aprovisionamientos que necesitaba para emprender la acción que había concebido, para la cual, contaba con que el ánimo de sus soldados y de los conciudadanos que quedaban en su patria, mejoraría ante la promesa de botín. Bajo estas premisas empezó el asedio. 

Al final, tras ocho meses de sufrimiento y de preocupaciones de todo tipo, tomó la plaza y reunió un considerable botín, en plata, hombres y bienes, que en buena parte repartió entre sus hombres, confirmando sus esperanzas de que con ello, afrontarían más animosamente los riesgos, y empezó los preparativos para su empresa con los fondos que había reservado al efecto.

Cuando los romanos fueron informados de la toma de Sagunto, designaron embajadores y los mandaron a Cartago a toda prisa, para plantear un ultimátum, cuya primera alternativa no podía ser admitida por Cartago sin llenarse vergüenza y perjuicios, constituyendo la segunda, el preludio de un terrible conflicto, pues reclamaban que Anibal y sus principales cómplices les fueran entregados, o de lo contrario, les declararían la guerra. Los cartagineses eligieron al más dotado entre los suyos para dar respuesta a los embajadores.

No volvieron a referirse al acuerdo establecido con Asdrúbal, como si nunca hubiera existido o no les afectara, puesto que decían no haberlo ratificado –imitando en esto a los romanos, que durante la guerra de Sicilia, ignoraron lo pactado por el Tratado de Lutacio, pretextando que se había firmado sin la aprobación del pueblo–. Sostenía asimismo el portavoz, que en los pactos acordados tras la guerra de Sicilia, no se mencionaba a Iberia, añadiendo que aun teniendo en cuenta que explícitamente se había acordado que ninguna de las partes molestaría a los aliados de la otra, en aquel momento, Sagunto no era aliada de Roma.

No tenía sentido, respondió Roma, continuar semejante discusión una vez que Sagunto ya había sido destruida y que los tratados habían sido violados, por tanto, los cartagineses debían entregar a los responsables, si querían demostrar que no lo eran ellos mismos.

–He creído mi obligación –escribe Polibio–, no pasar demasiado rápido sobre estos puntos, para esclarecer la verdad ante el lector deseoso de profundizar en la cuestión, ofreciéndole informaciones al respecto, que no pueden ser discutidas. Y procede a exponer los pactos firmados entre las dos potencias desde los tiempos de Junio Bruto y Marco Horacio -los primeros cónsules nombrados tras la expulsión de los reyes-, que especificaba: Entre los romanos y sus aliados por una parte y los cartagineses y sus aliados, por otra, habrá paz y amistad…

Un segundo tratado, del año 348, decía asimismo: Entre los romanos y sus aliados de una parte, y los cartagineses y sus aliados, por la otra, habrá paz y amistad. Los romanos no podrán traficar ni fundar una ciudad en Cerdeña, en Cartago o en la parte de Sicilia que dominan los cartagineses, pero tendrán derecho a comerciar como ciudadanos, lo mismo que los cartagineses en Roma.

Hubo todavía un tercer tratado a raíz de la invasión de Pirro y antes de la guerra de Sicilia. Mantenía todas las cláusulas de los pactos precedentes, añadiendo otra: si uno u otro es atacado, Cartago aportará sus naves de transporte y de guerra. 

Juraron, los romanos, por la piedra: Si digo la verdad, que tenga buena fortuna, pero si actúo de forma diferente a lo que he dicho, que todos los demás se queden en paz. en su patria, bajo sus leyes, con sus bienes, sus penates y sus tumbas, y que sólo yo sea expulsado, igual que tiro esta piedra. Y al decir esto último, tiraba la piedra lejos.

Todavía, cuando acabó la guerra de Sicilia concluyeron un nuevo tratado, con las clásusulas siguientes: los cartagineses evacuarán todas las islas situadas entre Italia y Sicilia, esta incluída. Las dos partes se abstendrán de molestar a los respectivos aliados. Los cartagineses pagarán en diez años mil doscientos talentos, de los que mil serán entregados inmediatamente. Cartago devolverá todos los prisioneros romanos. 

Cuando, tras la guerra de África, los romanos declararon la guerra a Cartago, hicieron incluir una artículo adicional: los cartagineses evacuarán Cerdeña y pagarán una indemnización suplementaria de mil doscientos talentos. Y hubo todavía una cláusula más; la que los romanos hicieron en España con Asdrúbal, y que prohibía a los cartagineses cruzar, armados, al otro lado del Ebro. Tales fueron los pactos entre Cartago y Roma, desde el principio, hasta la época d Aníbal.

Los romanos, pues, no faltaron a su palabra al pasar a Sicilia, pero en lo que respecta a Cerdeña, hay que reconocer que abusaron de las circunstancias al forzar a los cartagineses, contra toda justicia, a abandonar la isla y a pagar una suma tan considerable. La acusación aducida por Roma, de que sus soldados habían sufrido daños, tampoco servía, desde el momento en que Cartago devolvió los prisioneros sin rescate. Sólo queda entonces, analizar a cual de los dos bandos se debe achacar la causa de la guerra de Aníbal.

Ya hemos hablado de las alegaciones de los cartagineses; veamos ahora las de los romanos, y no nos referimos a las que entonces hicieron valer, porque estaban tan indignados con el saqueo de Sagunto, que no pensaban en justificarlas, aunque algunos todavía las esgrimen.

En los acuerdos no se especificaba que sólo entrarían en vigor cuando los ratificara el pueblo romano y Asdrúbal, por su parte, disponía de plena autoridad cuando aceptó que los cartagineses no cruzarian el río Ebro con fines bélicos. Y en lo relativo a la seguridad de los aliados de la parte contraria, no se refería sólo a los aliados de aquel momento, como decían los cartagineses, pues en tal caso, deberían haber añadido literalmente, que no se aceptarían más aliados que los que entonces tenían cada una de las partes, o que no entrarían en el pacto aquellos que se aliaran después de su firma. Los aliados eran los de antes, los de entonces y los de después, sin distinciones, ya que nadie iba a aceptar un pacto que privara a las partes de establecer todas las alianzas que quisiera en el futuro. Sentado esto, nadie puede discutir que los saguntinos se habían puesto bajo la protección de Roma muchos años antes de la época de Aníbal.

Si consideramos, pues, el saqueo de Sagunto como causa de la guerra entre Roma y Cartago, habrá que reconocer que los cartagineses la provocaron en menosprecio de toda justicia, puesto que violaron el Tratado de Lutacio, que prohibía atacar a los aliados de la otra parte, y el de Asdrúbal, que impedía a los cartagineses cruzar en armas la línea del Ebro. 

Pero si se atribuye el origen de la guerra a la confiscación de Cerdeña y a la multa impuesta, hay que confesar que los cartagineses tenían razón para vengarse de los romanos, igual que ellos habían aprovechado la ocasión para oprimirlos.

No faltará quien diga que no era necesario insistir tanto sobre esto, pero está claro que, si se suprime la investigación de las causas , los medios, las intenciones y las consecuencias, felices o desgraciadas, de cada acontecimiento, la Historia sólo sería un juego de ingenio, y no serviría para instruir al lector, pues además de distraer la atención un momento, no se obtendría de ella ningún provecho para el porvenir.

Volviendo al asunto en cuestión, los embajadores romanos no contestaron nada a la harenga de los cartagineses, pero el de más edad dijo que llevaba la paz y la guerra para que ellos eligieran y que habían elegido la guerra; los senadores gritaron que la aceptaban. 

Aníbal estaba entonces en Cartagena, en sus cuarteles de invierno. Empezó por permitir a los soldados iberos que volvieran a sus hogares, para que recuperaran la moral y el valor, con vistas a la empresa que meditaba. Después indicó a su hermano Asdrúbal cómo tenía que gobernar y qué medidas debía tomar contra los romanos, si tenía que separarse de él. En tercer lugar, se ocupó de asegurar la paz en África. 

Después de organizar la seguridad en África y en Iberia, no espero más que la vuelta de los mensajeros que había enviado a los galos, para que se informaran de la fertilidad de la región situada al pie de los Alpes y en las orillas del Po; el número de sus habitantes y su valor como soldados, pero quería saber, sobre todo, si guardaban rencor a los romanos por sus derrotas. Contaba mucho con su apoyo y enviaba embajadas a los jefes galos, tanto a los de la Cisalpina, como a los de los Alpes mismos, pues pensaba, en efecto, que no le sería posible hacer la guerra a los romanos en Italia, si no superaba antes las dificultades del trayecto y se aseguraba la alianza y el apoyo de los galos. 

Los mensajeros le informaron de la disposición favorable y de la impaciencia de los galos; le dijeron que la travesía de los Alpes sería extremadamente penosa, dada la altura de las montañas, pero no imposible.

Llegada la primavera, Aníbal hizo salir a su ejército de los cuarteles de invierno y les informó del día que había fijado para la partida. Se puso en marcha el día previsto, con 90000 infantes y 12000 jinetes. Pasó el Ebro, sometió a todas las poblaciones que encontró hasta los Pirineos y tomó por asalto algunas plazas, en menos tiempo del que cabía esperar, pero al precio de sangrientos combates y de considerables pérdidas.

Después partió con el resto de sus tropas compuestas por 50000 infantes y alrededor de 9000 jinetes, para cruzar, primero, los Pirineos y después, el Ródano. Su ejército no era excesivamente numeroso, pero era sólido y muy entrenado por las continuas luchas que habían sostenido en Iberia.

Volviendo a nuestro relato, diremos que los cartagineses eran, en la época de la que hablamos, dueños de toda la costa mediterránea de África. Habían franqueado el estrecho de las Columnas de Hércules –Gibraltar-, y conquistado toda Iberia, hasta el promontorio rocoso donde termina, sobre el Mediterráneo, la cadena de los Pirineos, que separa Iberia de la Galia, a 8000 estadios (1.610 km-) de las Columnas de Hércules; 3000 (604 km.) desde el estrecho hasta Cartagena, desde donde Aníbal partió; 2600 (523 km.) desde Cartagena al Ebro y 600 (120 km.) desde el Ebro hasta Emporion –Ampurias-. 


Desde esta ciudad hasta el paso del Ródano, hay otros 1600 (322 km.). Después, si se remonta el río desde este punto hasta el lugar en el que comienza el ascenso de los Alpes para pasar a Italia, hay 1400 (282 km.) . La travesía de los Alpes, 1200 estadios (241 km.) y ya se llega a Italia por la llanura del Po. Aníbal, pues, tenía ante sí alrededor de 9000 estadios que recorrer (1810 km.); ya había hecho casi la mitad del camino, pero la parte del trayecto que le quedaba por hacer, era, con mucho, la más penosa.

Reconstrucción actual –por carretera-, del recorrido aproximado de Aníbal

Aníbal se preparaba para cruzar los desfiladeros de los Pirineos, cuando los romanos supieron por los embajadores enviados a Cartago, que había pasado el Ebro con sus tropas, mucho antes de lo que esperaban. Tomaron la resolución de enviar un ejército a Iberia bajo el mando de Publio Cornelio Escipión, y otro a África con Tiberio Sempronio. 

Era el año 218 que es el que figura en los anales de Iberia como punto de partida de su romanización como Hispania.

Partieron, cada uno por su lado, hacia el destino que se les había asignado. Escipión rodeó la costa de Liguria e hizo en cinco días el trayecto entre Pisa y Marsella, llegando a la primera boca del Ródano, llamado Boca de Marsella. Tras desembarcar sus tropas, supo que Aníbal ya había atravesado los Pirineos, pero pensó que todavía estaba lejos, pero Aníbal, que había comprado a unos y sometido a otros, llegó bruscamente con su ejército, teniendo a mano derecha el mar de Cerdeña, para intentar el paso del Ródano.

Ante la noticia de que el enemigo estaba tan cerca, Escipión, negándose a creer en una marcha tan rápida y queriendo ser exactamente informado en este sentido, envió en reconocimiento a trescientos jinetes de los más valerosos, guiados y apoyados por galos a sueldo de los masaliotas - marselleses. Entre tanto, daba descanso a los soldados y deliberaba con sus tribunos, con el fin de saber qué puestos convenía ocupar para presentar batalla.

Aníbal estableció su campamento cerca del río, a unos cuatro días de marcha hasta el mar, y se dispuso a atravesarlo inmediatamente por el único vado posible. Compró a sus pobladores todas las embarcaciones de que disponían, que eran muchas, pues se dedicaban al comercio por mar y le compró también toda la madera que tenían, para construir balsas. De pronto descubrió que una multitud de bárbaros se reunía al otro lado poara impedirle el paso. Llegada la noche salieron sus exploradores para buscar otro sitio y, una parte de sus soldados se pusieron en marcha inmediatamente, cruzaron por un lugar más alejado antes de que amaneciera.

Al día siguiente, el quinto de su llegada, se dispuso a hacer cruzar al resto de sus hombres, así como a los caballos y elefantes que llevaba consigo. Cuando los bárbaros lo vieron, se lanzaron al ataque, sin apercibirse de que tras ellos avanzaban los soldados que cruzaron en primer lugar, y que empezaron a dar grandes voces capaces de estremecer e inspirar terror a los atacantes, sobre los cuales cayeron, tras incendiar su campamento. Los Galos, desconcertados por el giro que tomaban las cosas, se vieron forzados a emprender la huida.

Dueño del paso, Aníbal hizo cruzar al resto de las tropas, así como a los elefantes. Al día siguiente fue informado de que la flota romana había amarrado en las bocas del Ródano, y envió un cuerpo de 500 jinetes a reconocer su posición, su número y sus planes. Después convocó a todos sus hombres y los arengó, mandándolos finalmente a descansar, pues tenía intención de levantar el campamento al día siguiente.

Tras disolver la asamblea, volvieron los exploradores, de los que la mayor parte, habían sido masacrados; habían encontrado una columna romana enviada por Escipión y se había producido entre ellos un sangriento choque en el que perecieron unos ciento cincuenta jinetes romanos y doscientos exploradores de los cartagineses. Aseguraban los testigos, que los sobrevivientes se apresuraban a informar al cónsul de la presencia de Aníbal, que inmediatamente, se puso en marcha. 

Al efecto, tuvo que construir enormes balsas que unió entre sí y cubrió de tierra y de hierba, con objeto de hacer que los elefantes atravesaran sobre ellas, porque se asustaban; algunos de ellos, enloquecidos, se lanzaron al agua, haciendo que se ahogaran sus conductores, si bien ellos sobrevivieron gracias a las trompas, que les permitían respirar y eliminar el agua que tragaban. Una vez que lograron hacerlos atravesar, Aníbal los organizó en la retaguardia con la caballería y se puso en marcha.

La llanura del Po está separada del valle del Ródano por las cumbres de los Alpes, que se extienden desde Marsella, hasta el golfo que forma el fondo del Adriático; Aníbal tenía que franquearlas para pasar de la cuenca del Ródano a Italia.

Algunos autores que han contado el paso de los Alpes, han querido asombrar a los lectores introduciendo elementos maravillosos en la descripción de estas montañas: cayendo así fatalmente en dos cuestiones incompatibles. Por un lado, Aníbal sería un general de valentía y sabiduría sin par, a la vez que hacen de él un imprudente. Si los Alpes, como ellos dicen son tan escarpados e inaccesibles que no permiten el paso a los caballos, mucho menos podrían atravesarlos un ejército y unos elefantes; así pues, o los dioses debían guiar y favorecer a los hombres –el elemento maravilloso-, o, por el contrario, Aníbal habría perecido con todo su ejército a causa de su inconsciencia sólo por intentarlo sin conocer las dificultades.

-Puedo hablar de estos acontecimientos con plena aseguridad –escribe Polibio-, porque me he informado de testigos contemporáneos y porque he visitado el teatro de operaciones, a lo largo de un viaje que hice por los Alpes, para observar con mis propios ojos lo que allí había.

Tres días después de que los cartagineses levantaran el campamento, Escipión llegó al lugar por el que habían cruzado el río y se quedó extremadamente sorprendido, al constatar que se habían ido; jamás habría imaginado que tuviesen la audacia de emprender el camino para llegar a Italia, visto el gran número de bárbaros que se interponían y lo poco que se podía confiar en su fidelidad. Así, cuando vio que los obstáculos no los habían detenido, volvió rápidamente a sus naves y embarcó a las tropas para dirigirse a Italia con la intención de atravesar Etruria y llegar antes que Aníbal al confín de los desfiladeros alpinos.

Cuatro días después llegó a una región poblada y fértil llamada La Isla y que esta rodeada por el Ródano y el Isère. Allí encontró a dos hermanos que se disputaban el poder, con las armas en la mano. El mayor le pidió ayuda y Aníbal se la prestó, sabiendo que ello le reportaría ventajas posteriores, como ocurrió. Recibió a cambio, no solamente soldados, víveres y municiones, sino que pudo renovar sus armas, que estaban muy gastadas para entonces. Además, sus hombres recibieron ropa y calzado, lo que les permitió franquear la montaña en mejores condiciones. Pero el gran servicio que aquel rey le prestó a Aníbal, fue acompañarle hasta la entrada de los Alpes, de modo que atravesaron sin tropiezos el país de los Alobroges, hacia los cuales abrigaban ciertos temores. 

Remontó la rivera durante diez días; había recorrido unos 800 estadios y ya pisaba las primeras estribaciones de los Alpes, cuando se encontró ante el peligro más acuciante. Los Alobroges se emboscaron en gran número en los lugares por los que necesariamente debía pasar. De hecho, si hubieran sabido ocultar la trampa, el ejército púnico habría sido completamente destruido, pero se dejaron ver, y aunque hicieron bastante daño a Aníbal, se hicieron mucho más a sí mismos.

Habiendo sido informado de la maniobra, Aníbal acampó al pie de la montaña y envió en reconocimiento a algunos guías galos, para que trataran de descubir las intenciones y el plan de los atacantes, los cuales le dijeron que durante el día, los alobroges vigilaban todos los pasos, pero que por la noche, se retiraban a una ciudad próxima. El cartaginés tomó sus medidas. Puso a su ejército en marcha y avanzó durante el día hasta la entrada del paso peligroso, donde acampó a poca distancia del enemigo. Al caer la noche, salió a la cabeza de un grupo de élite y ocupó las posiciones que los bárbaros habían abandonado, como de costumbre, para retirarse a la ciudad.

Cuando amaneció y los bárbaros vieron lo que había ocurrido, renunciaron a su proyecto, pero al observar que la caballería atravesaba las gargantas penosamente y en una larga fila, se sintieron tentados a atacar y cayeron sobre los cartagineses, que perdieron un gran número de hombres, caballos y bestias de carga, no tanto por la acción enemiga, como por las dificultades del terreno. El camino no sólo era estrecho y abrupto, sino que estaba bordeado de precipicios y el menor movimiento hacía rodar a los animales de carga con sus fardos.

Aumentaban la confusión los caballos heridos; unos, enloquecidos por los golpes que recibían, retrocedían y cerraban el paso a los que seguían; otros se precipitaban hacia adelante y caían por las pendientes, ya tan peligrosas, arrastrando todo a su paso. A la vista de todo esto, Aníbal considerando que aun cuando escapara a la emboscada, se hallaría en una situación desesperada si perdía sus bagajes, se puso a la cabeza de los que habían avanzado por la noche y acudió en ayuda de los que intentaban pasar.

Así, cayendo desde la alto sobre los alobroges, mató a muchos de ellos, aunque perdió el mismo número de los suyos, porque el desorden aumentó ante los gritos de los combatientes, no obstante, cuando la mayor parte de los asaltantes ya habían muerto, los supervivientes huyeron, dejando el paso franco, con lo que pudo finalmente atravesar el desfiladero con lo que le quedaba de animales y de carga. 

Después reunió cuantos hombres pudo y marchó sobre la ciudad de la que los alobroges habían salido para atacarle. Los habitantes habían salido atraidos por el botín con el que ya contaban, por lo que la encontró casi desierta y apenas capaz de defenderse. Allí encontró caballos y mulas, además de hacer prisioneros y procurarse provisiones de trigo y ganado para tres días, pero, sobre todo, sembró el terror entre los habitantes de la zona a la que se dirigía y quitó a los montañeses las ganas de enfrentarse a él.

Más adelante otros hombres salieron a su encuentro en son de paz, al menos aparentemente, y Anibal, aunque desconfiado, terminó por aceptarlos como guías. Así, reemprendieron la marcha y dos días después, pero los bárbaros que los seguían, los atacaron en un desfiladero peligrosísimo.

De nuevo su ejército podía haber sido aniquilado, si no fuera porque, desconfiando aún de las intenciones de los galos, había colocado a la cabeza de sus columnas los bagajes, y la infantería pesada en la retaguardia, que finalmente rechazó el ataque. Aun así tuvo muchas pérdidas y bajas, pues los bárbaros, dueños de posiciones altas en la montaña, les lanzaban gruesas piedras que causaron grandes destrozos, pero siguió avanzando a lo largo de toda la noche. Por la mañana, el enemigo se había alejado. Aníbal reunió sus fuerzas y continuó su ascenso hacia la cima de los Alpes, ya que por temor a los elefantes, nadie osaba acercarse.

Nueve días después alcanzaba la cima y levantaba el campamento para descansar dos jornadas, durante las cuales tuvo la sorpresa de ver cómo muchos de los caballos que habían huido espantados, volvían al campamento.

Las cumbres estaban ya cubiertas de nieve, pues se aproximaba el Ocaso de las Pléyades –finales de septiembre; año 218–. Aníbal veía a sus hombres decaídos a causa de los males sufridos y muy aprensivos, frente a nuevas dificultades, de modo que los reunió e hizo un esfuerzo para reanimar su coraje. Una única circunstancia le servía de apoyo: Italia se veía ya al pie de las montañas.

Goya, 1770. Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes. 
Fund. Selgas-Fagalde, Cudillero, Asturias

Les mostró las llanuras del Po y les recordó la disposición amistosa de los galos del entorno. Después les señaló con el dedo la dirección en la que se encontraba Roma. De este modo logró disipar sus temores y al día siguiente mandó levantar el campamento e iniciar el descenso. No encontró más enemigos que algunos malhechores emboscados, pero la nieve y las dificultades del terreno le hicieron perder casi tantos hombres como los que había perdido en el ascenso. La pendiente era tan abrupta y el sendero tan estrecho, que por poco que se desviaran, caían por el precipicio, pues la nieve hacía la pista extremadamente difícil de reconocer. 

No obstante, las tropas soportaron bien aquellas miserias a las que ya estaban muy habituados, pero, finalmente, llegaron a un lugar en el que el desfiladero se estrechaba de tal manera, que ni los elefantes, ni los demás animales podían pasar. Para colmo, a lo largo de un estadio y medio –alrededor de 300 metros–, la pendiente, que ya antes era de lo más abrupto, había empeorado a causa de un desprendimiento reciente. El desánimo y el pánico se habían adueñado de nuevo de los soldados. Aníbal pensó por un momento en evitar aquel paso, dando un rodeo, pero la nieve, que seguía cayendo, lo hacía imposible y tuvo que renunciar.

Les afectaba sobremanera un fenómeno bastante extraño y particular de esta región. Sobre la nieve que quedaba del año anterior, había caído nieve fresca, que aún era blanda y poco espesa, por lo que se hundían los pies en ella con mucha facilidad, pero una vez que otros habían pasado, se hizo compacta y helada, hasta el punto de que patinaban con los dos pies a la vez, como ocurre cuando se pisa sobre un terreno fangoso. 

Y lo peor, eran las consecuencias de aquellas caídas; cuando los soldados, incapaces de asegurar el paso, caían, se esforzaban por levantarse sirviéndose de las rodillas o de las manos, y volvían a resbalar, arrastrando consigo todo aquello a lo que intentaban agarrarse.

Desesperando de pasar en tales condiciones, Aníbal acampó en la misma cumbre. Después, bajo sus órdenes, los soldados excavaron un camino en los flancos del precipicio. Fue un trabajo extremadamente penoso, pero en un solo día, el sendero fue suficiente para que pasaran la caballería y los bagajes. 

Una vez completada esta tarea, acamparon fuera de la zona de nieves y llevaron a todos los animales a pastar. Además de esto, Aníbal hizo ensanchar el camino a los númidas, que trabajando en equipo, lograron a duras penas, en tres días, hacerlo practicable para los elefantes, que ya estaban medio muertos de hambre, pues en las cimas y en las altas regiones de los Alpes, no hay absolutamente, ni árboles, ni vegetación, porque la nieve nunca se funde y persiste en verano igual que en invierno. Por el contrario, los dos flancos del macizo son boscosos, arbolados y perfectamente habitables.

Cuando Aníbal reunió a todas sus tropas, bajó a la llanura, donde llegó tres días después, tras haber franqueado el precipicio en cuestión. Había perdido mucha gente en el transcurso de aquel trayecto, tanto combatiendo, como en el cruce los ríos, así como en los abismos y las escarpaduras de los Alpes, que habían sido igualmente funestas para los hombres, pero mucho más para los animales.

En resumen, cuando cinco meses después de su partida de Cartagena –contando los quince días de la travesía de los Alpes–, hizo su audaz entrada en la llanura del Po, en el territorio de los insubres, no le quedaba ya, de la infantería, sino doce mil africanos y ocho mil iberos, y de la caballería, seis mil hombres en total. Fue él mismo quinn declaró esto, en una inscripción en el Cabo Lacinium, donde hizo recuento de sus tropas.

Durante este tiempo, Publio Escipión, quien había confiado el mando de sus tropas a su hermano Cneo, encargándole combatir a Asdrúbal en Iberia, volvió y desembarcó en Pisa a la cabeza de un pequeño número de hombres. Pasando por Etruria, tomó consigo las legiones que allí le habían enviado a las órdenes de los pretores, para combatir a los Boyos, y vino a acampar a la llanura del Po, donde le esperaba el enemigo, ardiendo en deseos de medirse con él.

Después de cruzar el Ródano, Aníbal todavía tenía 38000 infantes y más de 8000 jinetes, pero la travesía de los Alpes, le había costado cerca de la mitad de su ejército y los supervivientes habían cambiado tanto, física y moralmente, por tan larga serie de fatigas, que, habrían podido ser confundidos con una horda salvaje. Aníbal, pues, se concentró en elevarles la moral y reponer las energías, tanto de los hombres, como a los caballos.

Una vez que se restablecieron, trató de atraerse a los habitantes de Turín, cuyo país está justo al pie de los Alpes, para crear con ellos lazos de amistad y alianza, pero desconfiando de los cartagineses, rechazaron sus avances. Aníbal entonces, asedió su principal ciudad y la tomó en tres días. Después hizo pasar a cuchillo a todos aquellos que se habían mostrado hostiles a sus proposiciones, y con semejante rigor, inspiró tal temor a las tribus bárbaras más próximas, que todos vinieron a ofrecerle sumisión.

El resto de las tribus galas de la llanura, habrían querido unirse a los cartagineses, de acuerdo con su proyecto primitivo, pero como las legiones romanas ya habían pasado e interceptaban las comunicaciones, no se movieron, ya que incluso algunos de ellos se vieron obligados a servir en el ejército romano. Esta situación decidió a Aníbal a avanzar sin tardanza para llevar a cabo el gran golpe que devolvería la confianza a las poblaciones dispuestas a tomar su partido.

Mientras meditaba este proyecto, supo que Escipión ya había franqueado el Po con su ejército y que estaba muy cerca. Calculando los pocos días transcurridos desde que dejara a su adversario a las orillas del Ródano, en la longitud y las dificultades de la travesía desde Marsella hasta Etruria, y sabiendo bien lo que suponía para un ejército aquella marcha, al principio no lo creyó, pero como el rumor se confirmara cada vez más, le sorprendió en extremo que el cónsul hubiera concebido semejante designio y hubiera podido realizarlo.

Para Escipión, la sorpresa fue la misma: al principio creyó que Aníbal ni siquiera intentaría el paso de los Alpes con sus heterogéneas tropas y que si se arriesgaba a hacerlo, fracasaría sin remedio. Así pues, cuando se le anunció que había llegado sano y salvo a Italia y había asediado algunas plazas, se quedó vivamente sorprendido por la audacia y la intrepidez del general cartaginés. 

Lo mismo pasó en Roma cuando se supo la noticia. Apenas acababan de conocer los últimos detalles relativos a la toma de Sagunto y habían tenido justo el tiempo de deliberar sobre el hecho y enviar a sus cónsules -uno de ellos, a África, para asediar Cartago, y otro a Iberia, para combatir a Aníbal-, cuando de pronto ¡eran informados de que este estaba en Italia a la cabeza de un ejército y que ya había asediado varias plazas!

Aquello parecía inverosímil. En medio del trastorno que resultó de ello, se decidió a informar inmediatamente a Tiberio Sempronio, que estaba en Lilibeo, que el enemigo había invadido Italia y que era preciso, abandonando cualquier asunto, acudir en socorro de la patria. 

Sempronio reunió sus tropas del mar e hizo que volvieran al camino de Roma, y en cuanto a su ejército de tierra, le hizo jurar entre las manos de los tribunos y le fijó la fecha en la que debía estar de vuelta, antes de anochecer, en Ariminum –Rímini. Esta ciudad está situada a las orillas del Adriático, en el límite meridional de la llanura del Po. Había movimiento por todas partes a la vez y las informaciones más inesperadas se sucedían; todos se preguntaban angustiados sobre lo que podía pasar.

Entre tanto, Aníbal y Escipión se dirigían el uno hacia el otro. Cada uno por su lado, los dos generales dirigieron a sus tropas las harengas que exigían las circunstancias. 

Aníbal hizo una puesta en escena: hizo traer a los prisioneros que habían hecho en el paso de los Alpes, a los que habían tratado duramente, y que además venían cargados de cadenas, muertos de hambre y habían recibido tantos golpes, que sus cuerpos eran una herida. Colocó ante ellos algunas de las armaduras de las que usaban los reyes galos, caballos y túnicas de gran precio. Les preguntó quienes querían luchar entre sí, sabiendo que el premio del vencedor, serían aquellas prendas, mientras que el perdedor tendría que morir. Todos quisieron luchar y Aníbal hizo echar a suertes los que deberían hacerlo. Los hombres alzaban las manos al cielo, pidiendo cada uno que la suerte recayera sobre su persona.

Cuando la lucha terminó, los prisioneros que no habían participado, celebraron tanto a los vencedores como a los muertos, que se habían librado de los crueles males, a los que ellos mismos seguían sometidos. Los cartagineses comparando el miserable destino de los supervivientes con el de los muertos, también consideraban más felices a estos últimos, pues a los vivos les quedaba mucho por sufrir.

Comprendida la moraleja por los cartagineses, tal como Aníbal deseaba, vieron con claridad la suerte que podían correr si caían prisioneros, hasta el punto de preferir la muerte. Debían luchar para vencer, pero en caso de que esto no fuera posible, debían luchar hasta morir. Nadie tendría posibilidad de derrotar a hombres que combatían con la inagotable energía de la desesperación.

Una vez restaurados los ánimos, Aníbal los felicitó y los mandó a descansar, anunciándoles que se pondrían en marcha el día siguiente por la mañana.

Escipión, que en aquel momento ya había cruzado el Po, decidió pasar el Tesino. Él también convocó a las tropas para arengarlas. Les dijo que sería indigno e inimaginable, que los cartagineses, tantas veces derrotados por los romanos, y desde hacía tanto tiempo, obligados a pagarles tributo y casi reducidos a la esclavitud, tuvieran la audacia de revolverse contra ellos.

-Nos encontramos en presencia de Aníbal –continuó-, pero ha perdido la mayor parte de su ejército, y lo que le queda del mismo, agotado por la privaciones, no tiene ya valor alguno. Han perdido asimismo la mayor parte de sus caballos y los que les quedan, están extenuados tras las largas dificultades de la marcha, de modo que ya pueden dar poco servicio. Sólo tenéis que dejaros ver para vencerlos. Pero, por encima de todo, debéis confiar en el hecho de que yo mismo me encuentre aquí, entre vosotros; ¿habría abandonado yo la flota y mi misión en Iberia, con tanta prisa, si no tuviera razones para creer que mi vuelta era indispensable y no tuviera la victoria por cierta?

Su autoridad y la exactitud de los hechos que alegaba, inspiró a los soldados un vivo deseo de combatir. Después los felicitó por su arrojo y los despidió, dándoles la orden de estar preparados para ponerse en marcha a la primera señal.
• • •