viernes, 4 de diciembre de 2020

MURILLO Y NEVE • Un gran tándem vital y artístico.


B.E. Murillo (1618-82): Autorretrato, 1668-70. NGA. Londres

Justino de Neve (1625-85) por B. E. Murillo, fechado en 1665. National Gallery of Art. (NGA). Londres

Justino de Neve era canónigo de la Catedral de Sevilla y amigo íntimo de Murillo, al que encargó la decoración de Santa María la Blanca (1662/5) y la del Hospital de los Venerables (1670).

Santa María la Blanca, Sevilla

Santa María la Blanca se levantó sobre una de las sinagogas de la judería, tras la expulsión. Una bula promulgada en 1661 por Alejandro VII a favor del dogma de la Inmaculada fue la ocasión para convertirla en un templo barroco, cuyas obras, realizadas por Pedro Sánchez Falconete, terminaron en 1665, complementadas con yeserías de los hermanos Pedro y Miguel Borja. La parte pictórica fue encargado a Murillo hacia 1662, que la terminó en 1665, año en que se inauguró la iglesia. 

Desde 1650 la iglesia ya tenía otro Murillo, La Santa Cena, que, según parece, es la única pintura original que conserva in situ.

Murillo: La Santa Cena, en Santa María la Blanca.

Murillo: La Santa Cena, en Santa María la Blanca. (Detalle)

Santa María la Blanca. Colocación de las pinturas del Patricio

Santa María la Blanca. Vista lateral.

Hospital de los Venerables, Patio.

Venerables, fachada

Venerables, rejería y azulejería.

En la iglesia del Hospital se conserva el retablo en el que se expuso San Pedro Penitente, desde, al menos 1701 hasta que, durante la Guerra de la Independencia, la obra fue confiscada por el mariscal Soult, en cuya colección permaneció hasta su muerte en 1851. Desde entonces, ha permanecido en colecciones privadas. (MNP).

San Pedro penitente. Murillo, 1675. Venerables

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B. E. Murillo: Retrato de Don Justino de Neve fechado en 1665 en la tabla inferior del escudo de la izquierda. National Gallery of Art; Londres. (NGA).

Pues bien, el retrato de Neve con el perrito, que el artista obsequió al canónigo cuando este tenía cuarenta años, fue considerado por la crítica -entre los pocos retratos realizados por Murillo-, como una obra maestra, y, además, destacaron elogiosamente la presencia del perrito. Dentro de su aparente austeridad, el conjunto transmite una agradable sensación de calidez y bienestar.

Trece años después, Murillo realizó la obra titulada, “El Niño Jesús distribuyendo pan a los peregrinos”, hoy en Budapest, en la que, se cree que también aparece Neve

El Niño Jesús distribuyendo pan a los peregrinos. 1678 Oil on canvas, 219 x 182 cm.  Szépmûvészeti Múzeum, Budapest.

Neve (1625-85) 
1665 (40 años)             1678 (53 años)

La obra fue encargada por Neve para el refectorio de la casa de los sacerdotes de Sevilla y Murillo la pintó cuando ya tenía sesenta años. Es posible, como hemos dicho, que el peregrino que aparece con un libro en la mano, sea otro retrato del canónigo. 

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En cuanto al tema que nos ocupa, destacaremos en la biografía de Neve los aspectos relacionados con Murillo, a quien, como es sabido, unía una profunda amistad, además de la protección y mecenazgo que brindó al artista.

Justino de Neve y Chaves nació y murió en Sevilla entre 1625 y 1685, y fue Canónigo de su catedral. 

Su familia paterna procedía de comerciantes de Amberes, establecidos en Sevilla años atrás y casados sucesivamente con españolas, así su padre, Juan de Neve, casado con Sebastiana de Castilla, era hijo de Miguel de Neve, casado,a su vez, con Francisca Pérez Franco, de Sevilla, donde al futuro canónigo fue bautizado.

Ordenado sacerdote a los 21 años, fue canónigo a los 33, y en esta condición ideó la fundación del “Hospital de los Venerables” de Sevilla, para acogimiento de sacerdotes ancianos o enfermos. En 1665, acometió la reforma de la iglesia de Santa María la Blanca, para cuya ornamentación encargó a Murillo, los lienzos: El Sueño del patricio y la Visita al pontífice; dos obras que asociaban la iglesia de Sevilla con la fundación de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. 

Cabe destacar que, a principios del siglo XIX la pintura española gozaba de excelente fama, especialmente en Francia, motivo por el que el Mariscal Soult, enviado a España por Napoleón, en 1807, y que en 1810 era General en Jefe del Ejército de Andalucía, no dudó en apropiarse de una escogida colección de pinturas de autores españoles, como Alonso Cano, Zurbarán y, naturalmente, Murillo, cuya “Inmaculada”, que pasó a ser conocida como “La Inmaculada de Soult”, fue vendida al Museo del Louvre, ya en 1852, por una cantidad exorbitante para la época, si bien, hay que recordar asimismo, que esta pintura volvió al Museo del Prado en 1941, a través de un canje de carácter diplomático.

La Inmaculada “Soult”. 1678. Venerables

Retablo con una pintura anónima de principios del XVII, que sustituyó a la famosa Inmaculada Concepción de los Venerables, antaño expoliada por el mariscal Soult.

Pero es el caso que el general francés, de quien, por cierto, consta que era un gran admirador de Murillo, decidió apropiarse también de las dos pinturas de Santa María La Blanca, objeto de nuestra historia, aunque también volvieron finalmente a España, concretamente, al Museo del Prado, que las conserva actualmente.

Por otra parte, Neve fue, además, un gran coleccionista que, a su fallecimiento, dejó un conjunto de 160 pinturas, de las cuales, 18 eran obra de Murillo. La colección se dispersó al ser vendida en almoneda, siendo uno de los principales compradores, el comerciante flamenco, afincado en Sevilla, Nicolás de Omazur, al que también había hecho Murillo un retrato, hoy en el MNP.

Murillo: Retrato de Nicolás de Omazur (fragmento). 1672. MNP

Omazur, como consta en la página del Museo del Prado, en un extracto de J. Portús, fue amigo y admirador del pintor. Había nacido en Amberes, alrededor de 1609 y vivió en Sevilla desde 1669, dedicado al comercio y, parece que también a la poesía. El retrato, hoy en la National Gallery de Londres, formaba pareja con otro de su primera esposa, Isabel Malcampo, retratada con una rosa en la mano.

Isabel Malcampo: Copia de Murillo (1672), en Pollok House (Glasgow)

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Pero volvamos ya a las bellísimas pinturas de Santa María la Blanca y su historia.

Realizadas entre 1662 y 1665, las dos pinturas de más de 5 metros de ancho que decoraban la nave central, cuentan la historia de la fundación de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma: Santa Maria Maggiore, también conocida como Basilica di Santa Maria della Neve –de las Nieves, o Basílica Liberiana-, la cual, dicho sea de paso, ostenta bajo el pórtico, una singular escultura de Felipe IV rey de España, a la romana, diseñada por Bernini.

Felipe IV de Austria. Bernini

Giovanni Paolo Pannini – Plaza e Iglesia de Santa Maria Maggiore, 1744. Conservada en el Palacio del Quirinal, Roma.

El párroco de la iglesia de Santa María la Blanca, Domingo Velázquez Soriano, propuso remodelar el templo, que era una antigua sinagoga, y buena parte de los trabajos fueron costeados por Justino de Neve, que procedió a encargar a Murillo los cuatro cuadros que decorarían sus muros.

Las obras, que convirtieron el edificio medieval en un templo barroco, se iniciaron en 1662 y quedaron concluidas en 1665, siendo inauguradas con solemnes fiestas, sobre las cuales escribió con todo detalle Fernando de la Torre Farfán en: Fiestas que celebró la iglesia parroquial de S. Maria la Blanca, Capilla de la Santa Iglesia Metropolitana, y patriarchal de Sevilla: en obseqvio del nvevo breve concedido por N. Smo. Padre Alexandro VII en favor del pvrissimo mysterio de la Concepción sin culpa Original de María Santiisima. Nuestra Senóra, en el Primero Instante physico de su ser, publicada al año siguiente en Sevilla. 

Farfán describe la iglesia, de cuyos muros colgaban ya las pinturas de Murillo, y los decorados que se colocaron para la ocasión, en la plaza situada ante la fachada del templo, donde, en un tablado provisional se preparó un retablo, al menos, con otras tres pinturas de Murillo, propiedad de Neve: una Inmaculada grande, que aparecía en el nicho central y en los laterales, el Buen Pastor y San Juan Bautista Niño.

Los cuadros de Murillo, conformados en medio punto, eran los que mostraban las historias de la fundación de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma; los dos más grandes, situados en la nave central, los del Patricio recibían la luz desde la cúpula, mientras que la Inmaculada Concepción y el Triunfo de la Eucaristía, de menor tamaño, aparecían dispuestos en las cabeceras de las naves laterales. 

Las cuatro obras fueron después llevadas a Francia; las dos primeras, como hemos dicho, se devolvieron en 1816, pasando después al Museo del Prado, en tanto que las otras dos, tras sucesivos avatares, quedaron expuestas; La Inmaculada, en el Louvre y el Triunfo de la Eucaristía, en una colección privada inglesa.

Inmaculada Concepción. Murillo

Inmaculada Concepción, en la Iglesia.

Triunfo de la Eucaristía. Murillo

El sueño del patricio. Murillo

El Sueño del patricio Juan y su esposa y El patricio Juan y su esposa ante el papa Liberio, son dos obras maestras. Murillo representa en la primera, el momento en que, en sueños, la Virgen, pide a los durmientes que dediquen un templo en el lugar que les señala y que aparece cubierto de nieve, en pleno mes de agosto; es el monte Esquilino. 

Los protagonistas aparecen dormidos, aparentemente tras un día laborioso; el patricio, descansa su cabeza sobre el brazo, en una mesa cubierta por un tapete rojo, sobre la que aparece un libro cerrado. La mujer, duerme a su vez, sobre su labor de costura, mientras un perrito blanco, la imita durmiendo en el borde de su falda; en conjunto, una agradable sensación de tranquilidad. La penumbra de la escena, se aclara desde la aparición de la Virgen.

Detalle del Sueño del Patricio, de Murillo.

Detalle del Sueño del Patricio. Murillo

El patricio Juan y su esposa ante el papa Liberio.

La historia termina con la visita del Patricio y su esposa al papa Liberio, que había tenido el mismo sueño. El conjunto presenta un segundo plano, en la lejanía, donde se ve una procesión que se dirige al monte al que se refieren los sueños.


La luz destaca, en aparente primer plano, a la mujer y al anciano religioso que aparece a su derecha -en curiosa y no fingida actitud de atento observador, con ayuda de unas lentes-, mientras quedan en sombra las figuras del papa y del esposo.

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Tras una densa carrera de creación de numerosas obras de arte -religiosas, de costumbres y algunos retratos-, cuya relación no encaja en nuestro actual objetivo, Murillo recibió un nuevo encargo. 

De acuerdo con su testamento, dictado en Sevilla, el 3 de abril de 1682, estaba “haciendo un lienzo grande para el convento de Capuchinos de Cádiz, y otros cuatro lienzos pequeños y todos los tengo ajustados en novecientos pesos, y a cuenta de ellos he recibido trescientos cincuenta pesos”.

Cuando el artista terminó la decoración del Hospital de la Caridad, entre cuyas realizaciones destacaba Santa Isabel de Hungría y otras obras que también resultaron del agrado del francés Soult, se produjo un período de malas cosechas, seguido de una terrible hambruna en 1678, además de un terremoto en 1680, creando todo ello una situación que obligó a emplear los fondos en ayuda humanitaria, olvidando el arte por el momento.

Santa Isabel de Hungría (1207-1231), curando a unos tiñosos.

Omazur y Bielato se convirtieron en los principales clientes de Murillo y, cuando falleció este último, legó a los Capuchinos de Cádiz una cantidad de dinero que se acordó destinar a la creación de un retablo.

Y allí se encontraba Murillo, en plena creación de Los Desposorios Místicos de Santa Catalina, dentro de un conjunto en el que se empleó entre 1681 y 82, cuando, inesperadamente, sufrió una caída del andamio sobre el que trabajaba y en cuya consecuencia, falleció el día 3 de abril de 1682, dejando la obra, al parecer, abocetada, pero apenas iniciada la pintura propiamente dicha. Federico Meneses Osorio sería encargado de su terminación.

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Estando subido en un andamio para pintar un cuadro muy grande de santa Catalina, que hacía para el convento de Capuchinos de la ciudad de Cádiz, tropezó al subir del andamio, ... se vino a morir de tan inopinado accidente el año de 1685. Antonio Palomino.

Y escribió el mismo autor, en su Tomo dedicado al Parnaso Español, reincidiendo en el caso de la muerte: Fue también nuestro Murillo tan honesto, que podemos decir que de pura honestidad se murió; pues estando subido en un andamio para pintar un quadro muy grande de santa Catalina, que hacía para el convento de Capuchinos de la ciudad de Cádiz, tropezó al subir del andamio, y con ocasión de estar él relaxado, se. le salieron los intestinos, y por no manifestar su flaqueza, ni dexarse reconocer por su mucha honestidad, se vino a morir de tan inopinado accidente el año de 1685, á setenta y dos, poco más de su edad. Y era hombre tan desinteresado, que, habiendo hecho tantas, y tan eminentes obras, quando murió no le hallaron en dinero más que cien reales, que había tomado el día antes, y sesenta pesos en una gaveta.

Desposorios místicos de Santa Catalina. 1682. Pinturas del Retablo Mayor de la iglesia de Santa Catalina de Cádiz, Convento de Capuchinos. Museo de Cádiz

La Virgen, el Niño y Santa Catalina, aparecen en el centro de la composición, y sobre ellos recae la iluminación en diagonal desde el ángulo superior izquierdo. 

Murillo hizo otras versiones de Santa Catalina.

Bartolomé Esteban Murillo, Desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría. 

Lisboa, Museu Nacional de Arte Antiga.

Esta pintura del museo de Lisboa fue un regalo de la reina Isabel II de España al rey Luis I de Portugal en 1865. Hasta entonces, había formado parte de la colección de la reina Isabel de Farnesio, particularmente aficionada al pintor. Se trata probablemente de la obra inventariada en su colección en 1766 como: otro quadro de los Desposorios de Sta. Catalina, de vara, y media de largo, y lo mismo de caída, marco dorado que parece de Murillo, tasado en mil y quinientos rs.

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Un aspecto artísticamente trascendente del sonado episodio que ocasionó el fallecimiento de Murillo, es que dio lugar, con el tiempo, a la creación de diversas obras referidas al caso, tal como exponemos a continuación, reproduciendo literalmente el relato de Concha Díaz Pascual, publicado en su blog “Cuaderno de Sofonisba”; "Cádiz 1682 - La última obra de Murillo".

En 1680, un benefactor de la ciudad de Cádiz dejó una manda considerable para restaurar y mejorar el altar mayor del convento de Capuchinos de esa ciudad; la congregación, que conocía a Murillo por la relación que habían tenido en el convento de Sevilla, volvió a acudir a él para realizar en Cádiz un lienzo grande y varios más pequeños para el altar mayor de su Iglesia, ofreciéndole hospedaje para él y sus oficiales en el convento, como habían hecho en Sevilla. Murillo aceptó el encargo y se trasladó a Cádiz con algunos oficiales, donde estuvo pintando también para familias acomodadas como las de Bozán Violato y la de los Colarte.

El pintor estableció su taller, tal como había hecho en Sevilla, en la biblioteca del convento y allí estuvo pintando durante al menos año y medio, desde mediados de septiembre de 1680 hasta principios de 1682. 

Un accidente interrumpirá la realización del retablo gaditano, como consecuencia del cual el pintor será trasladado a su casa de Sevilla donde morirá poco después. El retablo habrá de ser terminado por su discípulo Francisco Meneses Osorio.

Frente a las versiones y especulaciones de diferentes historiadores (Adolfo de Castro, Narciso Sentenach, Ceán Bermúdez y otros) sobre este momento de la vida de Murillo, sigo a partir de aquí el Estudio Histórico que publica el capuchino Fray Ambrosio de Valencina en 1908 que documenta este periodo y el acontecimiento que dio lugar a la muerte del pintor.


“Cuando se fueron a colocar en el altar mayor de nuestra Iglesia de Cádiz los cuadros pintados por Murillo en la biblioteca, éste dirigió las obras de albañilería y carpintería, para que los lienzos no perdieran nada de su buen efecto. Llevando a cabo una de estas operaciones en el andamio puesto delante del altar mayor, para la colocación del cuadro de santa Catalina, tropezó, perdió pie y tuvo la desgracia de caer al suelo.

Visitado por los médicos, estos le apreciaron entre ligeras erosiones, un magullamiento general en todo el cuerpo, que podía poner en peligro su preciosa existencia. Con esta caída se le agravó también notablemente una relajación o hernia que padecía, causándole a veces dolores tan considerables, que Murillo se persuadió bien pronto de que se aproximaba su muerte; y por lo mismo, pidió que lo trasladaran a Sevilla para disponer de sus bienes y morir entre los suyos.

Apenas llegó Murillo a Sevilla conoció que le quedaban pocos días de vida. Preparóse en ellos, para comparecer ante Dios, recibiendo con edificante fervor los santos sacramentos, y despidióse amorosamente hasta la eternidad de sus amigos y de su hijo Gaspar, único que pudo asistirle en su última enfermedad.

Otorgó su testamento ante Juan Antonio Guerrero, escribano público de Sevilla, y mientras lo otorgaba sufrió un síncope, precursor de la muerte. Desde aquel momento se fue extinguiendo su preciosa vida, hasta que, evaporándose como el perfume de una flor, el alma piadosa, genial y seráfica de Murillo, voló a la región de la inmortalidad el día 3 de abril de 1682.”

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El Certamen de pintura de Cádiz de 1861. Tema: La caída de Murillo

EL PRIMER PREMIO

Correspondió a un jovencísimo Alejandro Ferrant y Fishermans, de poco más de dieciocho años por la que obtuvo un premio de diez mil reales de vellón y su obra quedó en el Museo de Cádiz, donde se encuentra en la actualidad, aunque guardada en su almacén.

Primer premio: Nº7. Alejandro Ferrant Fishermans. Lema: "Murillo siempre serás admirado".

(No es posible obtener una imagen en color pues el Museo informa que la obra se encuentra protegida para evitar su deterioro).

De ella el crítico realiza la máxima ponderación y la describe minuciosamente, calificándola como "cuadro de gran composición". La obra se desenvuelve en un amplio espacio en el que el andamiaje crea el efecto de profundidad. En el centro se encuentra Murillo auxiliado por un grupo de monjes, un monaguillo y otros personajes que se han acercado al oír la caída. El pintor, en una postura un tanto teatral, está siendo atendido por un fraile que le ofrece una escudilla de agua y un joven a su costado derecho que parece sostenerle y que se ha identificado como un discípulo. La presencia de este joven es una constante en todas las obras presentadas.

EL SEGUNDO PREMIO

El accésit, fue para otra de las obras conservadas. Fue otorgado al granadino y entonces profesor de la escuela gaditana José Marcelo Contreras Muñoz (1827-1890) a quien se lo compró una Sociedad local y que se encuentra en la actualidad en la colección Bellver, donada recientemente a la ciudad de Sevilla.

Accesit: Nº4. José Marcelo Contreras. Lema: "El triunfo es siempre de quien se vence a sí mismo"

En la Memoria de Castro también se elogia esta obra en la que se destacan «detalles de ejecución felicísima, nobles aspiraciones, amor al arte y sentimiento de lo bello». En la obra, Murillo, que aparece sentado en unos escalones, está siendo auxiliado por dos frailes y un joven que le toma la mano en una actitud de confianza que hace pensar en un discípulo. Detrás de ellos otro monje observa el andamio señalando el posible fallo, mientras otros llegan por una puerta que se abre a la derecha a los que un caballero con espada, que se encuentra en primer término, de espaldas, parece por su ademán relatarles el suceso. Al fondo, el lienzo de los Desposorios se encuentra tapado y en primer plano a la izquierda, caído en los escalones, un cartapacio sobre el que se encuentra el boceto de la obra, así como la paleta rota del pintor.

LA TERCERA OBRA CONSERVADA

También en el Museo de Cádiz se conserva la obra que presentó Manuel Cabral Bejarano (1827-1891) que, aunque no obtuvo premio alguno, fue adquirida por la propia corporación. Esta obra ha sido recientemente restaurada y se encuentra expuesta en el Museo. (Nos preguntamos el criterio seguido para la elección de esta obra para su restauración en lugar de elegir la de Ferrant que obtuvo el primer premio y que, como hemos comentado, se encuentra en el almacén del museo pendiente de restauración).

Nº 6. Manuel Cabral Bejarano. Lema: "In magnis, satis est voluisse" (En lo grande es suficiente haber querido.).

El pintor utiliza el mismo punto de vista de la obra anterior, aunque acerca más la escena al espectador. Vemos al fondo el lienzo de los Desposorios de Santa Catalina, ya colgado. También aparece en el suelo la paleta rota. Murillo aparece recostado en el suelo con un ayudante que le sostiene por detrás, a su izquierda el joven aprendiz le sostiene la mano derecha. En su entorno diversos frailes en diferentes actitudes: ofreciendo agua, sorprendiéndose, mirando al lienzo con los dedos cruzados. La crítica que recibe la obra es positiva destacando que «la entonación del cuadro es muy agradable».

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domingo, 22 de noviembre de 2020

Juan Ruiz de Alarcón ● Héroe y víctima del Barroco literario


Juan Ruiz de Alarcón, conservado en el Templo de Santa Prisca de Taxco, ca. s. XVIII. 

Fragmento. No se conocen retratos del escritor, realizados en vida.

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza. *Taxco, 1572/1581? +Madrid, 4 de agosto de 1639.

Se trata de un dramaturgo del Siglo de Oro, procedente de Nueva España, que, con obras como la titulada, La verdad sospechosa, alcanzó éxito y reconocimiento equiparables a los obtenidos por los autores más celebrados entonces, como serían, por ejemplo, Lope de Vega o Tirso de Molina. Sin embargo, se vio obligado a afrontar terribles e inhumanos ataques, no por la calidad de su obra, reconocida y admirada, tanto en España, como en el entorno europeo, especialmente, en Francia, como veremos, donde fue imitado, e incluso copiado, por autores de la talla de Pierre de Corneille-, sino por tener el infortunio de haber nacido con una evidente malformación física, que provocó numerosas rimas cruelmente burlonas, como las de Quevedo, y otros autores, que, sin embargo, nada tenían que objetar con respecto a su obra literaria. Las barbaridades escritas en este sentido –algunas de las cuales, él contestó con la misma contundencia-, alcanzan, en ocasiones, tal calibre, que cuesta creer que entonces significaran lo mismo que ahora. Es, pues, probable que no pasara entonces de la práctica de una broma burda, lo que hoy se nos hace verdaderamente inadmisible.

Antes de entrar en materia literaria, adelantemos que la deformidad de Alarcón, consistía en el hecho de que tenía el pecho deformado, o corcovado, igual que la espalda, lo que, unido a su baja estatura, llevó a Quevedo a definirlo como “hombre entre paréntesis” o a apodarlo “Corcovilla”, entre otras cosas:

¿Quién parece con sotana

empanada de ternera?

¿Quién, si dos dedos creciera,

pudiera llegar a rana?

¿Quién puede ser almorrana

de la peor rabadilla?

Corcovilla.

                        Quevedo

Quevedo tenía, a su vez, una malformación denominada pies zambos, además de una severa miopía, pero su ventaja residía en el hecho de que era el primero en burlarse de sí mismo, algo que, prácticamente, desarmaba a sus contrarios. En todo caso, Alarcón se defendió dedicándole lindezas, que tampoco carecían de maldad, ni de calidad literaria, llamándole “Patacoja”.


¡Oh Musa! Dime quién es

la infamia de cuanto vive,

quien contra todos escribe

escribiendo con los pies.

Y aquel que ofende, ¿cuál es

a todo viviente, en suma,

con infame lengua y pluma,

a quien nunca el agua moja?

Patacoja.

                    Ruíz de Alarcón

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De los informes mejor documentados, sobre su nacimiento e infancia, se deduce que nació en Taxco -actual estado de Guerrero-, aunque se ignora la fecha exacta; que su abuelo materno era judío y que su padre fue hijo de un sacerdote de Buenache de Alarcón, y de una esclava mora, y que, en todo caso, formaba parte de una familia bien relacionada con la nobleza castellana. 

Entre 1596 y 1598, estudió bachillerato en Cánones, en la Real y Pontificia Universidad de México, y parece que. alrededor de 1600 ingresó en la Universidad de Salamanca, donde cursó Derecho Civil y completó sus conocimientos de Derecho Canónico, siendo allí, y entonces, cuando se dio conocer como autor novel de obras dramáticas y ensayos.

Litografía de uno de los jardines de la Real Universidad Pontificia de México, de Claudio Linati, c. 1830. Fue cerrada definitivamente en 1865, por Maximiliano I.

En 1606 estaba en Sevilla, donde se inició en la práctica del Derecho, tanto Mercantil como Canónico, y, lo que es más importante desde el punto de vista literario; allí conoció a Cervantes, cuya influencia se quedaría patente en obras como La cueva de Salamanca y El semejante a sí mismo. 

En los primeros meses de 1607 volvió a Nueva España, donde obtuvo la Licenciatura en Derecho y se presentó a oposiciones de cátedra, sin éxito. Se asegura que tampoco logró obtener el doctorado, tal vez por falta de recursos, tal vez porque su aspecto no se consideraba suficientemente respetable, de acuerdo con los cánones comúnmente aceptados. 

Sin embargo, parece muy posible que su amistad con el virrey Luis de Velasco y Castilla, le permitiera entrar a formar parte de la burocracia virreinal, alcanzando el cargo de Teniente Corregidor, antes de 1611, año en que se embarcó con la comitiva del virrey, que volvía a España.

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Tal vez convenga recordar, que, cuando hablamos de Nueva España, nos referimos a inmensos territorios, reunidos, oficial y jurídicamente bajo este nombre, el día 8 de marzo de 1535 y cuyo primer Virrey fue Antonio de Mendoza y Pacheco, siendo la capital la Ciudad de México, hasta entonces, México-Tenochtitlan. Estaba constituida por territorios de América del Norte, América Central, Asia y Oceanía. Específicamente, los actuales Estados de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington, Florida, y parte de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y Luisiana, así como la parte suroeste de la Columbia Británica, hoy en Canadá. La Capitanía General de Guatemala, incluía los actuales países de Guatemala, Chiapas, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua. La Capitanía General de Cuba; actuales Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago y Guadalupe, y la Capitanía General de Filipinas, con las islas Carolinas y las islas Marianas, en el Pacífico, en Asia y Oceanía. Por último, desde 1626 hasta 1642 los españoles se establecieron en el norte de la isla de Taiwán, conocida por los portugueses como Formosa.

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Ya de vuelta en Madrid, Ruiz de Alarcón inició su etapa literaria propiamente dicha, con la representación de sus dos primeras obras: Las paredes oyen y Los pechos privilegiados, con cierta aceptación, pero no mucho éxito, obteniendo, sin embargo, la evidente antipatía de autores como Lope de Vega, Vélez de Guevara, Góngora, o Quevedo, entre otros, que, desde el principio, lanzaron sus dardos literarios contra la condición física y la procedencia del escritor.

Sin embargo, parece que colaboró con Tirso de Molina, muy celebrado en aquel momento; y parece que, al menos dos comedias atribuidas a Tirso, eran de Alarcón, aunque esto no ha podido ser probado sin lugar a dudas. 

En el terreno más personal, hacia 1620, Alarcón reconoció legalmente a una hija llamada Lorenza de Alarcón, que había tenido con una mujer llamada Ana de Cervantes.

El año siguiente, 1621, Felipe IV ascendió al trono y a partir de entonces, el teatro adquirió bastante importancia en la corte, lo que, unido al hecho de que Alarcón, era muy amigo del yerno del conde-duque de Olivares, Ramiro Núñez de Guzmán, facilitó su acceso a la fama y le proporcionó la oportunidad de crear nuevas obras, sabiendo que sería representadas sin obstáculos. Así, entre los años 1622 y 1624 escribió La amistad castigada, El dueño de las estrellas, y la mayor parte de sus obras más conocidas, al mismo tiempo que entraba a servir en el Consejo de Indias, mejorando notablemente su situación económica, además de que pudo contar con el respaldo de la Corona, más o menos, hasta el año 1639, cuando al caer enfermo, se vio obligado a abandonar su trabajo en el Consejo. 

El 1º de agosto de aquel año, hizo testamento; tres días antes de su fallecimiento. Fue enterrado en la parroquia de San Sebastián.

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Ruiz de Alarcón publicó veinte comedias en dos volúmenes; el primero, en 1628, contenía ocho:


Los favores del mundo, 

La industria y la suerte, 

Las paredes oyen, 

El semejante a sí mismo, 

La cueva de Salamanca, 

Mudarse por mejorarse, 

Todo es ventura,

El desdichado en fingir.


El segundo volumen, con doce obras, fue publicado en 1634:


Los empeños de un engaño, 

El dueño de las estrellas, 

La amistad castigada, 

La manganilla de Melilla, 

Ganar amigos, 

La verdad sospechosa, 

El Anticristo, 

El Tejedor de Segovia, 

Los pechos privilegiados, 

La prueba de las promesas, 

La crueldad por el honor,

El examen de maridos. 

Posteriormente, aparecieron:

Quien mal anda mal acaba, 

No hay mal que por bien no venga, 

La culpa busca la pena, y el agravio la venganza.

Siempre ayuda la verdad, y 

Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, escrita en colaboración.

Podemos organizar la oba de Alarcón en dos grandes grupos: uno compuesto por comedias de carácter histórico, siempre referido a España y, especialmente, a la Reconquista, para las cuales el autor se documentó con obras de Juan de Mariana y Jerónimo Zurita, pero creando argumentos reducidos a valerosas hazañas y grandes y teatrales gestos de honor, como en Ganar amigos, aunque algunas se alejan de este objetivo como son, La amistad castigada, que se desarrolla en Sicilia, o El dueño de las estrellas, que transcurre en la isla de Creta. 

Por otra parte, estarían las de carácter moralizante, que fueron las que obtuvieron mayores éxitos, así: La verdad sospechosa y Las paredes oyen, o La prueba de las promesas, basada, en esta ocasión, en un cuento de don Juan Manuel, que fueron las más imitadas, o incluso, copiadas por otros autores.

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Es posible, además, clasificar la obra de Ruiz de Alarcón, desde otro punto de vista; el de la evolución de sus objetivos, en consonancia con los cambios de su situación personal, lo que daría un primer período, entre 1607 y 1612 en el que el autor intenta la comedia de enredo, que era entonces la más aplaudida, aunque su objetivo no fue del todo alcanzado. 

Desde 1613, hasta 1618, mientras se esforzaba -como todos los autores de la época-, por obtener un buen puesto cortesano, con la consiguiente protección, vivió su período de mayor celebridad literaria.

Por último, entre 1619 y 1625, basó sus obras en asuntos relacionados con el honor, tal como este se entendía en aquel momento.

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Primera parte (1628)

Los favores del mundo

Un amor desigual entre Anarda, de la más rancia aristocracia castellana, y el noble García Ruiz de Alarcón —¿un antepasado del autor?—. Un noble y generoso don García -¿el propio autor?-, triunfa superando todas las barreras, habitualmente, insalvables. No renunciará al amor de Anarda, a pesar del matrimonio de esta; una actitud que sorprendió enormemente a la concurrencia, muy habituada a los arreglos finales de Lope de Vega. Alarcón supera la sencillez de las comedias de enredo, presentando actitudes relativas al libre albedrío, por ejemplo, que, naturalmente, daban más que pensar, en una época en que el amor propiamente dicho, siempre fracasaba frente a los matrimonios arreglados y convenientemente impuestos.

La industria y la suerte

Alarcón elimina radicalmente las fórmulas dramáticas establecidas en las que todo lo afrontan héroes o villanos; un hidalgo puede ser mejor que un aristócrata e incluso, acceder a un matrimonio desigual; lo nunca visto. Los galanes que propone Ruiz de Alarcón, se rigen por el raciocinio, frente a las imposiciones de carácter social, cuasi sacro. También deja de lado el truculento enredo, que tanta risa causaba entre el público, ocultando, en ocasiones, verdaderos dramas que, habitualmente, se trataban con una frivolidad más bien burlona.

Las paredes oyen

El enamorado “Juan de Mendoza” -con evidentes rasgos autobiográficos del autor-, a pesar de su inferioridad, triunfa sobre su rival, gracias a la sinceridad de su amor. La obra, que hace esperar su desenlace, demuestra ya una evidente madurez en los planteamientos de Alarcón, mostrando que una actitud ha de ser positiva o negativa, de acuerdo con principios morales, y no con los impuestos socialmente, basados en estatus y riqueza. Casi por primera vez, el público ignora de qué forma va a terminar el asunto, acostumbrado, como estaba a conocer el desenlace desde las primeras escenas.

El semejante a sí mismo

Algunos críticos consideran que, sorprendentemente, esta obra es de muy escasa calidad literaria; un concepto que rompe la línea de evolución del autor, de forma incomprensible, lo que hace pensar que quizás fue escrita mucho antes de lo que se supone, en tiempos aún novatos del autor y todavía bajo los presupuestos típicos de Lope de Vega. 

Por otra parte, se desprenden de la misma, evidentes similitudes estilísticas con la novela corta, El curioso impertinente, de Cervantes -en la primera parte del Quijote-, lo que haría pensar en una inesperada influencia del genio de los siglos y las naciones, que no pudo, sin embargo, triunfar en el teatro.

La cueva de Salamanca

La Cueva de Salamanca, donde el diablo alecciona a los estudiantes, fue un tema muy recurrente en la época. Al parecer, en este caso, Alarcón, sí se inspiraría en el entremés cervantino del mismo título. es el lugar legendario en el que, de acuerdo con vieja creencias populares, el Diablo daba clase los humanos. Muchos escritores del Renacimiento y el Barroco, utilizaron el mito, tal como lo hizo Cervantes, en su entremés así titulado, en el que se inspiró Alarcón, cambiando la supuesta magia por evidentes trucos, a través de diversas y entretenidas situaciones anecdóticas, que alejan completamente del asunto el componente diabólico o mágico. 

Mudarse por mejorarse

Representada en Madrid; con cierta intriga, y parte diversión, el autor volvía a reprochar el comportamiento de la nobleza, a la que ya en otras ocasiones, se había propuesto ridiculizar, si bien, en este caso, tratando a la vez de liberarlos de su ciega aceptación de la fortuna o el infortunio, como víctimas de cierta predestinación ineludible, que debía ser, no solo rechazada, sino sustituida, por la razón y los sentimientos.

Todo es ventura

Ya entre las nuevas comedias de carácter, con una novedosa estructura dramática, pero, sobre todo, con la creación de caracteres muy claramente definidos, completamente alejados ya del tópico fácil, habitual y triunfante. Los personajes se han convertido en agentes de su propio destino, eligiendo, aun con dificultades, caminos que hasta entonces aparecían como predestinados. Parece que esta fue una de las obras compuestas por Alarcón durante su segunda estancia en Madrid, es decir, entre 1613 y 1618.

El desdichado en fingir

El mentiroso, que aparentando ser lo que llamaríamos una buena persona, y que vive a base de embustes encadenados para alcanzar sus objetivos, es condenado por Alarcón al fracaso. 

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Segunda parte (1634)

Los empeños de un engaño

Esta obra contiene numerosas y verídicas referencias a la vida en Madrid de la época, tanto en lo relativo a lugares, como a costumbres; galanteos, desafíos, etc., muy próxima ya, al costumbrismo, aunque la trama es propia de la novela cortesana, que tanto se impuso entre los siglos XVI y XVII. Se trata de un mundo en el que la mentira y la simulación sostienen el discurso de poder. No obstante, todo parece quedarse en una intención no alcanzada, voluntaria o involuntariamente, ya que Alarcón no sale del tópico moralista, más adaptado a lo que se suele mostrar, que a lo que debería ser, si las actitudes morales no fueran un objeto prefabricado e impuesto. 

El dueño de las estrellas

Licurgo, un espartano, que vive en Creta por decisión personal, abandonará la isla para evitar que se cumplan las consecuencias de una terrible predicción, según la cual, hallará al rey de Creta en la cama con la esposa del propio adivino, quien decide quitarse la vida, antes que atacar el rey. No resulta del todo claro, si la idea consiste en contradecir un destino anunciado, o se trata de respetar y mantener los tabúes impuestos sobre el respeto debido al soberano, cualquiera que sea su comportamiento. En todo caso, y en el aspecto literario, este drama muestra el interés de Alarcón por los asuntos de carácter mitológico, que nunca llegó a desarrollar, como tal vez hubiera deseado.

La amistad castigada

La acción transcurre ahora en la Sicilia sometida al tirano Dion de Siracusa. Ricardo es un hombre justo, que, superando múltiples adversidades, se casará con la hija del soberano. Destaca la aparición del valor de la amistad, muy valorada por Alarcón, si bien, en este caso, el personaje Filipo representa la posibilidad de traicionarla por interés. Alarcón aprovecha el argumento para denigrar la incurable pasión por el poder. Al parecer, la obra no fue bien valorada, porque quizás el autor no logró dibujar con claridad, ni el esquema de la acción, ni la definición de los personajes. 

La manganilla de Melilla

Como en La Cueva de Salamanca, el autor, empleando fuentes históricas para su escenificación, se centra en asuntos de magia y esoterismo, en cuyo desarrollo, el capitán Venegas, no exento de valor u osadía, recurre a la llamada –manganilla- para vencer al enemigo. Alarcón odiaba la práctica de la mentira, a la que los personajes de esta obra recurren, para alcanzar fines que, en su opinión, con semejantes armas, nunca deberían triunfar.

Ganar amigos

O bien, Lo que mucho vale, mucho cuesta, e incluso: Quien priva aconseje bien. De nuevo el tópico del honor a la castellana, en esta ocasión. Ambientada en la conocida época de Pedro I, llamado el Cruel. Bajo capa de hidalguía, “que todo lo tapa” aparecen personajes, carentes de principios morales y atraídos en exceso por el ansia de poder, tanto civil, como eclesiástico. Aparece en esta ocasión, un personaje femenino, dotado de cualidades y grandeza moral, algo muy poco frecuente. El texto es elegante y cuidado, con el uso de expresiones de carácter cultista, propio del estilo de Góngora y de nuevo, la práctica de la mentira queda absolutamente desacreditada como arma, en este caso, de seducción.

El Anticristo

El Anticristo, es un tipo malvado y criminal, que finalmente será castigado por sus acciones. El día que se estrenó esta obra, alguien provocó un accidente que dio al traste con ella. A este respecto, escribió Góngora a su buen amigo fray Hortensio Félix Paravicino: 

La comedia, digo El anticristo, de don Juan de Alarcón, se estrenó el miércoles pasado. Echáronselo a perder aquel día con cierta redomilla que enterraron en medio del patio, de olor tan infernal, que desmayó a muchos de los que no pudieron salir aprisa.

Aunque parezca lo contrario, Góngora también se burló de Alarcón en un soneto, a cuenta de la “redomilla”. Por otra parte, Lope de Vega fue encarcelado bajo la acusación de haberla colocado entre el público; acción que, al parecer, llevó a cabo Juan Pablo Rizo, no se sabe, si para implicar a Lope, o si fue este quien se lo encargó, posiblemente, aliado con Mira de Amescua, si bien, hay críticos que deducen que la idea fue de Quevedo.

Sea como fuere, la crítica encuentra notables cualidades en esta obra; tal vez, igual que las percibieron los causantes del desastre de su estreno.

La poética del dramaturgo novohispano es sorprendente por el conocimiento de la materia que trata, por la particular estructuración de la trama, por el trazo de personajes memorables, por el cuidado en la versificación que apoya contenidos y,[...] por el aprovechamiento de los recursos que brinda el teatro para crear composiciones visuales que cumplen funciones dramáticas más los objetivos que se recomiendan a las creaciones artísticas: docere, delectare y movere.

(Lillian von der Walde M., "Retórica visual en El Antichristo, de Juan Ruiz de Alarcón”. Ysla Campbell. Homenaje a Francisco Ruiz Ramón. Ciudad Juárez: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2017.)

El tejedor de Segovia

Esta obra contiene una primera parte anónima, si bien, la segunda sí es evidentemente original de Alarcón. En ella, Fernando y Ana Ramírez de Vargas huyen de los asesinos de su padre.

El tejedor de Segovia es la fascinante aportación de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza al subgénero 'comedia de bandoleros'. Su argumento reporta enorme interés y su trama se halla magníficamente construida: con muchas acciones, más incorporación de suspense y provocación a la admiratio, entre otros aspectos. Los personajes se trazan con perfiles complejos, la versificación cumple funciones varias, y se asegura la atrayente y significativa espectacularidad para la puesta en escena. No extraña, pues, el éxito que obtiene en las tablas a lo largo de los siglos XVII y XVIII, principalmente; es la única obra del dramaturgo que se representa en la Nueva España, en el Coliseo de la Ciudad de México, si bien para 1794 se prohíbe en virtud, quizá, del “desarreglo de las ideas morales”, como opina Alberto Lista en relación con el contenido de esta comedia. Lillian von der Walde

Los pechos privilegiados


También titulada Nunca mucho costó poco, es un drama de carácter político, aunque el término resulte inadecuado para la época, porque critica la actitud de la Corona, cuya corte es un hervidero de intrigas, frente a la rectitud y el honor representados por doña Jimena. Sobra decir, quizás, que Alarcón deja claro que no se trata de ningún ataque a la monarquía, sino, como de costumbre, a los que se acercan a la corona para medrar. La obra fue muy bien acogida.

El asunto aparecía en Historia general de España de Juan de Mariana, del siglo XI, en la época de Alfonso V de León y contiene alusiones a los Validos contemporáneos, Lerma y Uceda. 

La prueba de las promesas


Se trata de una adaptación del cuento De lo que contesçió a un deán de Santiago con don Illán, del Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio, del infante Don Juan Manuel. 

La crueldad por el honor


Trata de las crueles e inútiles atrocidades que se pueden cometer en nombre de un irracional código de honor. El impostor Nuño Aulaga, “un hombre complejo, obligado a reparar las afrentas recibidas e impedido para llevarla a efecto por los medios socialmente avalados; elige una forma ilegal para lograr sus fines de ascenso socioeconómico y de desagravio íntimo (que no de restitución de honra), pero que también lo mueve el amor al hijo.” Cuando es descubierto, pide a su hijo que lo mate. y este lo hace, como quien cumple un deber, que no constituye sino una absurda tragedia: 

...que es generosa crueldad / la crueldad por el honor. (vv. 2703-2706).

Para minimizar la acción, llega un momento en que el hijo es informado de que el muerto no era, en realidad, su padre y, consecuentemente, el crimen lo es menos, al no ser parricidio, a pesar de que tan irracional concepto del honor, resulte, de hecho, más culpable todavía. Recuerda en buena parte, la hazaña del Cid en sus “mocedades”, matando al padre de Jimena para vengar al suyo de una supuesta burla. 

El examen de maridos


Inspirada en El mercader de Venecia, de William Shakespeare, y Les vissionaries, de Jean Desmarets -este último, poeta, dramaturgo y Consejero de Luis XIII, que vivió entre  1595 – 1676-, ofrece algunas dudas sobre su autoría, aunque la mayor parte de la crítica las considera resueltas.

Alarcón emplea refranes y expresiones conocidos para apoyar su intento de defensa de la verdad, de los valores morales, y su desprecio por todos los inamovibles prejuicios, imperantes en la sociedad de la época.

Obras no comprendidas en las ediciones anteriores:

Quien mal anda en mal acaba


Cuenta la historia del morisco Román Ramírez, al que la Inquisición encierra y somete a un interminable proceso. Una obra de carácter dramático, muy interesante, de la que el estudioso Hartzenbusch realizó una extraordinaria versión, que resultó un éxito en el siglo XX, tanto por su trama, como por su excelente estilo literario y la calidad de su versificación.

No hay mal que por bien no venga


También conocida como: Don Domingo de don Blas y/o El acomodado don Domingo de don Blas. Es un enredo amoroso situado en una circunstancia histórica concreta, con un personaje de carácter sensato, y juicio independiente y reflexivo, que se convierte en protagonista, aunque técnicamente, no lo sea.

La verdad sospechosa


La verdad sospechosa es, sin duda, la obra fundamental de Alarcón. Escrita entre 1618 y 1621, reinando Felipe III, a quien está dedicada. 

De nuevo se trata de recriminar la costumbre de la mentira, pero no desde un punto de vista didáctico ni moralista, sino racional. 

La acción transcurre en Madrid, donde don García, el mentiroso, es la imagen práctica de un desequilibrio mental, alimentado por el deseo irrefrenable de alcanzar honor y fama por cualquier medio, por encima de todo, y a cualquier precio. 

Se apunta en él una referencia al caso de Heróstrato, que quemó el Templo de Diana en Éfeso, solo para hacerse famoso.

Lo peor del caso, tal como es presentado, es el hecho de que muchos crean al mentiroso, porque sus mentiras proceden de la misma fuente que los prejuicios más afirmados en la sociedad. 

Aunque la obra se desarrolla en un ambiente estudiantil, plantea también una crítica de los valores imperantes entre la aristocracia, numéricamente, menor, pero de mayor peso específico, que Alarcón llegó a conocer bien, planteando un idealizado y tímido intento de regeneración a través de su creación literaria. 

Grabado de Juan Ruiz de Alarcón, por E. Gimeno, México a través de los siglos

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Tal vez sea conveniente aclarar que, en realidad, Alarcón nunca se alejó propiamente del moralismo imperante en la época de la literatura del Siglo de Oro, situándose en el mismo como una de sus figuras más destacadas durante el Barroco.

Entre sus posibles fuentes de inspiración, podríamos citar a don Juan Manuel, o a William Shakespeare, a la vez que Ruiz de Alarcón se convirtió en inspirador de otros autores, como serían Pierre de Corneille o el dramaturgo veneciano Carlo Goldoni. 

La crítica se ha referido en alguna ocasión a un discurso de carácter subversivo, definiendo así los ataques de Alarcón a la falsedad moral imperante.

Juan Eugenio Hartzenbusch publicó sus Obras completas y un estudio, y fue entonces cuando el dramaturgo empezó a ser valorado. Para la fecha del tricentenario de su fallecimiento, en 1939, Alarcón era ya reconocido como la máxima figura de las letras novohispanas, al igual que Sor Juana Inés de la Cruz. 

Hasta aquí, la obra de Juan Ruiz de Alarcón, cuya personalidad queda apenas reflejada. No así, la de aquellos autores de la época que lo menospreciaron y abuchearon por su deformidad, y su origen; nunca por su obra, de ellos nos ocuparemos más adelante. 

Juan Eugenio de Hartzenbusch se encargó de esclarecer a fondo su imagen literaria ante la Academia, liberando, en cierto sentido, a un autor, acosado por lo que se ha denominado “La Jauría del Barroco”. Como es bien sabido, los Lope, los Quevedo, y otros, igualmente conocidos, pueden ser considerados como campeones del insulto y el menosprecio, sin que ello signifique nada con respecto a la calidad de la obra de ninguno de ellos. 

En un próximo artículo, veremos con detalle el concienzudo estudio de Hartzenbusch; por supuesto, veremos también las contrariedades que le creó a Alarcón su condición física, y en qué consistían las feas “críticas” y las bochornosas actitudes asumidas por aquellos que, en realidad, forman parte de la gloria de las letras del Siglo de Oro, pero caen de lleno en sus peores actitudes, a pesar de que se consideraban y eran considerados “caballeros”; justamente, en la doble e incoherente actitud que criticaba Juan Ruiz de Alarcón en su obra.

Retrato en Santa Prisca, México. Biblioteca Virtual M. de Cervantes

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lunes, 9 de noviembre de 2020

Las Musas en el Arte y el tiempo • Sarcófago del Louvre

 

Museo del Louvre, Departamento de Arte Etrusco, Antigüedades Romanas y Arte Romano.

El Sarcófago del Louvre ha sido admirado y muy valorado por artistas y escritores durante siglos, porque su decoración representa el ideal de la cultura, y así se manifestó en el arte funerario romano desde el siglo II al IV d.C. 

Cada una de las nueve Musas posee un atributo diferente, relacionado con la literatura y las artes creativas, y, de acuerdo con la creencia, documentada en Grecia ya en el siglo IV a. C., la realización de estas prácticas, bajo la inspiración de las Musas, posibilitaba la transición de los autores al más allá, a la vez que aseguraba la liberación de sus almas.


Este sarcófago apareció en el siglo XVIII, en Vigna Monciatti, cerca de Roma, en la Vía Ostiensis, que comunicaba la capital con el puerto de Ostia Antica. Después de formar parte de la colección del cardenal Alessandro Albani, fue depositado en los Museos Capitolinos, pero, confiscado por Napoleón, en 1815, pasó a formar parte de la colección del Louvre.

Kalíope – Talía – Terpsícore – Euterpe – Polymnia – Klío – Erato – Urania – Melpómene

Entre otros artistas; en 1911, Pierre Vuillard incluyó el frontal de las Musas en su cuadro "La Bibliothèque", en el Musée d'Orsay, de París, y en el mundo de las letras, inspiró, por ejemplo, la primera de las Cinq Grandes Odes de Paul Claudel. 

Edouard Vuillard: Biblioteca, 1911. Temple sobre lienzo H. 400,0; L. 300,0 cm. 

Museo de Orsay.

A principios del siglo II d.C., el entierro había sustituido a la cremación, y los romanos empezaron a utilizar sarcófagos decorados en relieve; primero con guirnaldas, un motivo tomado de altares funerarios del siglo I, y luego con escenas narrativas. Algunas de ellas evocaban la vida del difunto. Pero, en general, los artistas recurrieron a la mitología griega, estableciendo una conexión entre el tema elegido y las creencias del difunto. La decoración de este sarcófago ilustra uno de los ideales ejemplificados en el arte funerario romano de los siglos II al IV d.C.: el del hombre culto, el μουσικός ανερ en griego; mousikos aner. 

Rafael: El Parnaso, Estancia del Sello. 1511. Museos Vaticanos.

A la derecha de Apolo aparecen cuatro musas: Melpómene, Terpsícore, Polimnia y Calíope. A su izquierda Euterpe, Clío, Talía, Urania y Erato.

El Parnaso. Andrea Mantegna, 1497

Mnemósine, hija de Gea y Urano, era la personificación de la Memoria. Zeus y ella se unieron nueve noches consecutivas, y así concibieron a las 9 Musas.

Esas nueve hijas son las que aparecen representadas en el frente del sarcófago: cada una con un atributo diferente.

Hesíodo. C. 700 a. C.

Homero y Hesíodo

“Estas Musas del Olimpo, estas hijas de Zeus, el dueño de la égida -escribe Hesíodo en la Teogonía-, me dirigieron estas palabras la primera vez: 

-Viles pastores, oprobio de los campos; vosotros, que solo vivís para la intemperancia, nosotras sabemos inventar muchas mentiras parecidas a la verdad, pero también sabemos la verdad cuando así lo deseamos.

Así hablaron las elocuentes hijas del gran Zeus. Después -continúa Hesíodo-, me dieron, como cetro una soberbia rama de verde laurel y, acto seguido me inspiraron un divino lenguaje para que cantara el pasado y el porvenir, ordenándome que celebrara el origen de los bienaventurados Inmortales y que siempre las eligiera a ellas, como objeto de mis primeros y mis últimos cantos.” Teogonía, Hesíodo, 25-35.

Calliope, la Musa de la Poesía Épica, observa un pergamino.

Charles Meynier (1768-1832), Calíope, Cleveland Museum of Art. (Homero, al fondo).

Talía, Musa de la Comedia, sostiene una máscara cómica.

Talía, de Giovanni Baglione, 1620. Bellas Artes, Arras. Fr.

Terpsícore, Musa de la Danza.

Terpsichore, de Paul Baudry, Paris Opera House.

Euterpe, Musa de la Poesía Lírica, tiene una flauta doble.

The Muse Euterpe by Arnold Böcklin. Museo Est. Hesse

Polymnia, Musa de Himnos, se apoya en un pedestal.

Elocuencia, de Charles Meynier, 1800.

Clio, Musa de la Historia, tiene una tablilla para escribir.

Clío de Artemisa Gentileschi. Palazzo Blu, Pisa. It.

Erato, Musa de la Poesía Amorosa, pulsa una citara.

Edward J. Poynter, 1870. (1836-1919).

Urania, Musa de la Astronomía señala un globo a sus pies.

Angelica Kauffmann: Urania

Melpomene, Musa de la Tragedia, lleva una máscara trágica.

Melpomene, The Muse of Tragedy by Elisabetta Sirani

Angelica Kauffmann - Portrait of Domenica Dorghen and Maddalena Volpato as Muse of Tragedy and Muse of Comedy (1791). Museo Nal. Varsovia

Urania y Melpómene, 1680-1681 Louis de Boulogne

Mural de la Musa Melpómene -Tragedia-, de Edward Simmons. Corredor NO, Primera Planta Librería del Congreso. Thomas Jefferson Building, Washington, D.C.

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