lunes, 24 de octubre de 2016

HISTORIA DE ROMA I – La Fundación de la Ciudad



Antes de la fundación de Roma, durante los siglos X al VII aC. es probable que el centro de Italia estuviera poblado por osco-umbros y latinos y el Latium Vetus, o Lacio, por etruscos, volscos, sabinos, ecuos, rútulos y ausonios, procedentes de Toscana, Marcas y Liguria.

Los latinos, en principio, permanecieron en los montes Albanos, al sudeste del monte Capitolino o Campidoglio, pero después bajaron hacia el valle, donde había mejores tierras y el río constituía una frontera natural, mientras que los montes servían de barrera defensiva. Además, desde la isla Tiberina, dominaban un importante cruce de caminos.


En principio el centro urbano fue el monte Quirinal, pero después pasó al Palatino, para extenderse paulatinamente por los montes Aventino, Capitolino, Quirinal y Viminal, y algunos que tomaron el nombre de sus propios bosques; el monte Celio fue llamado Querquetulanus, por sus robles –quercus-; el Fagutal, o Fagutalis, por sus hayas –fagus-, y el de Viminal –Viminalis-, procedería del mimbre –vimen- de sus sauces. 

El Germalus, al norte del Palatinum, fue, en el siglo IX a. C. un poblado rodeado de una cerca, y es posible que fuera justamente, el territorio sobre el que se fundó la ciudad de Roma. Era conocido como pomerium y encerraba la llamada Roma Quadrata, que se extendió hasta el Capitolino y la isla Tiberina cuando Roma se convirtió en una población fortificada. El Esquilino se uniría más tarde con la expansión de los servios.

El 11 de diciembre se celebraba el Septimontium; los Siete montes, como aniversario de la fundación de la ciudad, aunque también es posible que recordara, simplemente, la época de los primeros pobladores de los montes romanos.
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En el Libro VIII de la Eneida, de Virgilio, Eneas, procedente de Troya, desembarca y se queda dormido cerca del Tíber. Durante el sueño se le aparece el dios de río y le augura que no debe temer nada y que al despertar encontrará una Cerda blanca –alba–, con treinta crías, que deberá ofrecer a Juno - Este será tu hogar, a él pertenecen tus dioses.

Eneas y Iulio, o Iulus; su hijo Ascanio, latinizado, hallan la Cerda blanca, en el lugar en el que se fundará Roma.

El propio Eneas fundaría la ciudad de Lavinium, no mucho después de la destrucción de Troya, ocurrida, de acuerdo con Eratóstenes, el año 1184 aC. Treinta años después, Ascanio –para entonces, ya Julus o Iulus, fundó, efectivamente, Alba Longa.

Entre el siglo XII con la caída de Troya y el siglo VIII con los primeros reyes, de la dinastía fundada por Ascanio se sucedieron varios reyes. Tras un enfrentamiento entre Horacios y Curiacios, Alba Longa fue arrasada y los supervivientes, enviados a Roma, donde se instalaron en el entorno del monte Celio. Dionisio de Halicarnaso, escribió que aquellos reyes de Alba Longa, sucesores de Ascanio, fueron los ascendientes de Rómulo, el fundador de Roma.
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La Historia casi siempre recurre al mito y el mito, finalmente, pasa a llenar los vacíos de la historia, cuando no a encubrir ciertos fracasos. Si un guerrero invencible sufre una derrota, siempre será a causa de una traición que ni siquiera tiene que provenir de un personaje notable. Siempre habrá un loco dispuesto a asesinar a un héroe; un pastor que muestre el mejor camino al enemigo, o un anónimo que deja abierta una puerta en la muralla de Constantinopla. 

Para determinar cómo se mezclan la Historia y el Mito, respecto a la fundación de Roma, hay que remontarse al rapsoda ciego, Homero –probablemente, un mito en sí mismo-, y seguir después los caminos de Virgilio, que, en cierto modo, continuó la Odisea, con la creación de la Eneida a partir de la destrucción de Troya.

Homero y Virgilio, fresco de Rafael Sanzio. Estancias Vaticano, el Parnaso.

Así pues, sobre estas premisas, imaginemos. Hace ya mucho tiempo, los Aqueos, o Dánaos, o incluso Argivos, a todos los cuales, de acuerdo con la Ilíada y la Odisea –que suponemos obras de Homero-, conocemos como Griegos, asediaron Troya durante diez años, sin resultados notables, hasta que se les ocurrió el famoso truco del Caballo de Madera, con el que tan fácilmente engañaron a sus defensores. Aceptemos que una vez dentro de la ciudad, los vencedores se apoderaron de las mujeres troyanas y emprendieron el retorno, después de prender fuego a lo que quedaba de Troya.

Sigamos imaginando. Entre los derrotados, un hombre llamado Eneas, en medio del horror de la destrucción y la muerte, logra reunir a su familia, compuesta por su esposa, Creúsa, hija de Príamo, el despojado rey de Troya; por su anciano padre, Anquises, al que carga sobre los hombros, y por su hijo, el pequeño Ascanio, al que lleva de la mano. La esposa se perderá en el tumulto de los que intentan escapar entre el terror y la desesperación, pero ellos lograrán abandonar la ciudad a bordo de una nave que se hizo a la mar a la aventura. 

Esto sucedería en el año 1174 aC. y es el principio del relato de Virgilio en su gran obra, La Eneida.

Federico Barocci, 1598. Eneas abandona Troya en llamas, llevando a su padre y a su hijo. Su esposa desaparecería en el tumulto. Gal. Borghese, Roma

Eneas, navegó hacia el Mediterráneo occidental y desembarcó en la península que hoy conocemos como Italia. Allí fundó la ciudad de Lavinio, y su hijo Ascanio, la de Alba Longa. Entre sus descendientes se encuentran los gemelos que, -seguimos imaginando-, se llamarán Rómulo y Remo, y fundarán la ciudad que, de un modo u otro, va a marcar el destino de todo Occidente: Roma. 

De acuerdo con esta mítica historia, Roma halló en la persona de Eneas, el nexo entre su propia identidad y la de la Antigua Grecia.

Varios historiadores, tanto griegos como latinos, narran los hechos, entre los primeros, destacan Plutarco y Estrabón y entre los romanos, Tito Livio.

Escribió Plutarco:

Otros refieren que tomada Troya, algunos de los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación, una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así, y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio; y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores, el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad. 

De entonces dicen que viene lo que todavía se practica, que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus propios maridos, porque también aquellas saludaron así a los hombres después de la quema de las naves, por miedo y para templarlos en su enojo.

El mito se prolonga, pues, con Rómulo y Remo. Nacidos el año 771 aC. fueron dos gemelos engendrados por Marte, el dios de la guerra, un origen que los convertía en una amenaza para otros pretendientes de la corona, que no dudaron en ordenar su muerte.

Tal como ha ocurrido en otras ocasiones y en otros mitos, el encargado de deshacerse de los gemelos, no tuvo valor para cumplir las órdenes recibidas y los abandonó a la orilla del Tíber, que en la siguiente crecida, los arrastró hasta depositarlos entre los montes Palatino y Campidoglio, donde fueron hallados y adoptados por una loba llamada Luperca y un ave rapaz, que los cuidaron y alimentaron hasta que los encontró un pastor llamado Fáustulo.

P.P. RUBENS, Rómulo y Remo. MM Capitolinos. Roma
Rubens representó como contemporáneas las escenas de la concepción de los gemelos; su crianza por la loba y el pájaro, y la llegada del pastor que los recogió.

Continúa Plutarco:

La sucesión de los reyes de Alba, descendientes de Eneas, vino a recaer en dos hermanos, Numitor y Amulio; y habiendo Amulio hecho dos partes de todo, poniendo el reino de un lado, y en otro, en contraposición, las riquezas y todo el oro traído de Troya, Numitor hizo elección del reino. Mas sucedió que Amulio, dueño de los intereses, le usurpó también el reino con la mayor facilidad; y por temor de que su hija tuviese sucesión, la creó sacerdotisa de Vesta, para que permaneciese doncella y sin casarse por toda su vida; llamábase Ilia, según unos; Rea, según otros, y según otros, Silvia. 

Al cabo de poco fue denunciada de que, contra la ley prescrita a las vestales, estaba encinta; y hubiera sufrido su terrible pena, a no haber sido por Anto, la hija del Rey, que intercedió por ella con su padre; pero, sin embargo, fue puesta en prisión y separada de todo trato, para que no pudiese suceder su parto sin noticia de Amulio. 

Dio a luz dos niños de aventajada robustez y hermosura, con lo que, creciendo más el temor de Amulio, dio orden a uno de sus ministros para que se apoderase de ellos y los quitase del medio. Dicen algunos que este ministro se llamaba Fáustulo; pero otros piensan que éste era el nombre del que los recogió. Puso, pues, los niños en una cuna, y bajó al río para arrojarlos en él; pero hallándolo crecido y arrebatado, tuvo miedo de acercarse, y dejándolos junto a la orilla se dio por cumplido. Hacía el río remansos, con lo que la creciente llegó a la cuna, y levantándola blandamente, la fue llevando a un sitio sumamente muelle, al que ahora llaman Quermalo, y en lo antiguo Germano, porque a los hijos de unos mismos padres los Latinos los llaman germanos.

Estando, pues, allí expuestos los niños, cuentan que una loba les daba de mamar, y que un quebrantahuesos los alimentaba también y defendía. Esta ave se tiene por consagrada a Marte, y los latinos la tienen en gran veneración y honor; por lo que la madre de los niños, que decía haberlos tenido de Marte, se concilió gran fe.

El pastor se ocupó entonces de su crianza, junto con su esposa Acca Larencia, quienes, andando el tiempo, explicaron a los niños el secreto de su origen, y hallándose estos ya en edad suficiente, acudieron a liberar a su abuelo, que había sido destronado, matando al usurpador.

Recogió los niños Fáustulo, uno de los pastores del rey, sin que nadie lo entendiese, o, según el sentir de los que parece se acercan más a lo cierto, sabiéndolo Numitor, y suministrando reservadamente auxilios a los que corrían con su crianza. Añádese que, llevándolos a Gabias, se les educó en letras y en todas las demás habilidades propias de gente bien nacida; y que, por habérseles visto mamar de la loba, de aquí vino ponérseles los nombres de Rómulo y Remo.

…en Rómulo se descubría mayor disposición para manejarse con prudencia y cierto tino político… se echaba luego de ver que su genio era más de jefe que de súbdito.

Suscitóse rencilla entre los vaqueros de Amulio y Numitor, robando éstos algún ganado…

Un día que Rómulo se había ausentado con motivo de un sacrificio, porque era religioso y dado a la ciencia augural, los vaqueros de Numitor trabaron contienda con Remo, a quien hallaron con poca gente, y habiendo habido de una y otra parte contusiones y heridas, vencieron al cabo los de Numitor y tomaron vivo a Remo. Presentado ante Numitor, no quiso castigarle, temiendo la áspera condición del hermano, sino que se dirigió a éste y le pidió le hiciese justicia,… y él alcanzó de Amulio que le hiciese entrega de Remo, para que en cuanto a él procediera como le pareciese.

Llamólo ante sí luego que regresó a su casa, y admirado de la gallardía de tal mancebo, porque en estatura y en fuerza se aventajaba a todos… y oyendo además que sus obras correspondían con lo que se veía, o lo más cierto, ordenándolo así algún dios, y echando el cimiento a grandes sucesos, empezó afortunadamente a entrar en sospecha de la verdad, y le preguntó quién era y cuál su origen,…

-Confiado, pues, nada te ocultaré- le respondió-, porque me pareces de ánimo más regio que no Amulio, pues tú oyes y preguntas antes de castigar, y aquel nos ha entregado sin que precediese juicio. Al principio nos tuvimos por hijos de Fáustulo y Larencia, sirvientes del rey, porque somos gemelos: puestos ya en juicio y calumniados ante ti, en este riesgo de la vida se nos han referido acerca de nosotros mismos cosas extraordinarias: si son o no ciertas, el éxito debe decirlo. 

Nuestro nacimiento se dice que es un arcano, y nuestra crianza de recién nacidos, muy maravillosa, habiendo sido sustentados por las mismas aves y fieras a las que nos habían arrojado, dándonos de mamar una loba, y cebo un quebrantahuesos, expuestos como nos hallábamos en una cuna a orillas del río grande. Todavía existe la cuna con arcos de bronce, en que hay grabados caracteres enigmáticos…

Fáustulo, en tanto, oída la prisión de Remo y su consignación, pidió a Rómulo le diese ayuda, diciéndole ya entonces por lo claro cuál era su origen, pues antes sólo les había hecho alguna indicación … y además, tomando consigo la cuna, se encaminaba a verse con Numitor,…

Hallábase entre ellos casualmente uno de los que presenciaron el arrebato de los niños para su exposición, y sabía todo lo ocurrido acerca de ella: viendo, pues, éste la cuna, y reconociéndola por su adorno y por los caracteres, vino en conocimiento de todo, y no se descuidó, sino que se fue a dar cuenta al rey…

Tal viene a ser la relación que Fabio y Diocles Peparetio, que parece fue el primero que escribió de la fundación de Roma, hacen acerca de estas cosas, sospechosa para muchos de fabulosa e inventada; mas no debe dejarse de creer, en vista de las grandes hazañas de que cada día es artífice la fortuna, y si se considera que la grandeza de Roma no habría llegado a tanta altura, a no haber tenido un principio en alguna manera divino, en el que nada parezca demasiado grande o extraordinario.

Cuando llegó el momento y el deseo de ascender al trono a su vez, Rómulo y Remo tuvieron que enfrentarse a dos problemas; uno, que los reyes eran elegidos, y otro, que sólo uno de los dos podía alcanzar la corona. Acordaron, pues, ponerse a mirar al cielo, y el que lograra ver más buitres, sería el elegido. Rómulo vio doce, mientras que Remo sólo vio seis.

A los primeros intentos de la fundación hubo ya disensión entre los dos hermanos acerca del sitio: Rómulo quería hacer la ciudad de Roma cuadrada, como dicen, esto es, de cuatro ángulos, y establecerla donde está; y Remo prefería un paraje fuerte del Aventino, que se llamó Remonio, y ahora Rignario. Convinieron en que un agüero fausto terminase la disputa; y colocados para ello en distintos sitios, dicen que a Remo se le aparecieron seis buitres, y doce a Rómulo; pero hay quien dice que Remo los vio realmente, mas lo de Rómulo fue suposición, y que ya cuando Remo se retiraba, entonces fue cuando a Rómulo se le aparecieron los doce, y que por esta causa los Romanos aun ahora hacen gran uso del buitre en sus agüeros…

Herodoro Póntico refiere que Heracles tenía también por buena señal, al entrar en alguna empresa, la aparición de un buitre, porque de todos los animales es el menos dañino, no tocando a nada de lo que los hombres siembran, plantan o apacientan, y alimentándose sólo de cuerpos muertos, porque se dice que no mata ni aun ofende a nada que tiene aliento, y a las aves, por la conformidad, ni aun estando muertas se acerca; cuando las águilas, las lechuzas, y los gavilanes acometen y matan a las aves de su propia especie, a pesar de lo que dice Esquilo: ¿Cómo puede ser pura un ave que de otra ave se alimenta? El buitre es un espectáculo desusado, y muy raro será el que haya dado con los polluelos de un buitre, y aun ha habido a quien lo raro e insólito de su aparición le ha dado la extraña idea de que por mar vienen de tierras lejanas, como opinan los adivinos que ha de ser lo que no se aparece naturalmente y por sí, sino por disposición y operación divina.

Rómulo y Remo no tuvieron por conveniente permanecer en Alba, no teniendo el mando; viviendo el abuelo materno: entregando, pues, a éste la autoridad, y poniendo a la madre en el honor que le correspondía, determinaron vivir sobre sí, fundando una ciudad en aquel territorio en que al principio recibieron el primer sustento, que es entre todos el motivo más plausible.

En cumplimiento de sus nuevas funciones, Rómulo trazó los límites de su ciudad con ayuda de un arado, marcando un espacio que se llamó Pomarium y procediendo de inmediato a crear una ley, según la cual, aquel que se atreviera a cruzar aquellos límites, sería ejecutado. Remo decidió desobedeció y Rómulo no dudó en darle muerte, echando a perder los buenos augurios que el destino parecía haber prometido, a ambos a través de Marte, poniéndolos bajo la protección de la loba Luperca, del ave rapaz y del pastor Fáustulo.

Remo se incomodó; por lo que, estando ya Rómulo abriendo en derredor la zanja por donde había de levantarse el muro, comenzó a insultarle y a estorbar la obra; y habiéndose propasado últimamente a saltar por encima de ella, herido, según unos, por el mismo Rómulo, y según otros por Céler, uno de sus amigos, quedó muerto en el mismo sitio. Murieron también en la revuelta Fáustulo y Plistino, del cual, siendo hermano de Fáustulo, se dice que contribuyó asimismo a la crianza de Rómulo y su hermano.

Después de enterrar a Rómulo, Remo procedió a fundar la ciudad de Roma el día 21 de abril del año 753 aC.

Dio Rómulo sepultura en el sitio llamado Remoria a Remo y a los que le habían dado la crianza; y atendió luego a la fundación de la ciudad, haciendo venir de la Etruria o Tirrenia ciertos varones, que con señalados ritos y ceremonias hacían y enseñaban a hacer cada cosa a manera de una iniciación.

Rómulo (¿?)

Porque en lo que ahora se llama Comicio se abrió un hoyo circular, y en él se pusieron primicias de todas las cosas que por ley nos sirven como provechosas, o de que por naturaleza usamos como necesarias; y de la tierra de donde vino cada uno cogió y trajo un puñado, que lo echó también allí, como mezclándolo. Dan a este hoyo el mismo nombre que al cielo, llamándole mundo. 

Después (que son los demás ritos) como un círculo describen desde su centro la ciudad; y el fundador, poniendo en el arado una reja de bronce, y unciendo dos reses vacunas, macho y hembra, por sí mismo los lleva, y abre por las líneas descritas un surco profundo, quedando al cuidado de los que le acompañan ir recogiendo hacia dentro los terrones que se levantan, sin dejar que ninguno salga para afuera. A la parte de allá de esta línea fabrican el muro, por lo que por síncope la llaman pomerio, como promerio o ante-muro.

A partir de entonces, Roma necesitaba colonos y Rómulo no dudó en dar acogida a todo aquel que quisiera establecerse en su reino, cualquiera que fuera su procedencia, de modo que pronto, la ciudad se llenó de esclavos, prófugos, delincuentes y aventureros, que tardaron muy poco tiempo en darse cuenta de que a la invitación del rey había no habían acudido mujeres. 

Echados los primeros cimientos de la ciudad, levantaron un templo de refugio para los que a él quisiesen acogerse, llamándole del dios Asilo; admitían en él a todos, no volviendo los esclavos a sus señores, ni el deudor a su acreedor ni el homicida a su gobierno, sino que aseguraban a todos la impunidad, como apoyada en cierto oráculo de la Pitia; con lo que prontamente la ciudad se hizo muy populosa.

Pero Rómulo, que tenía soluciones para todo, organizó grandes fiestas e invitó a ellas a algunos vecinos, entre ellos, los Sabinos, que, finalmente, volvieron a casa sin sus hijas, que fueron secuestradas y forzadas a permanecer en Roma para salvar la supervivencia de la ciudad. El hecho es legendariamente conocido como El Rapto de las Sabinas y ha constituído un tema muy común entre los grandes de la pintura en los siglos posteriores.

En el cuarto mes después de la fundación se verificó, como Fabio refiere, el arrojo del rapto de las mujeres. Dicen algunos que el mismo Rómulo, siendo belicoso por índole, y excitado además por ciertos rumores de que el hado destinaba a Roma para hacerse grande, criada y mantenida con la guerra, se propuso usar de violencia contra los Sabinos, como que no robaron más que solas treinta doncellas, lo que más era de quien buscaba guerra que casamientos; pero esto no parece acertado, sino que, viendo que la ciudad en brevísimo tiempo se había llenado de habitantes, pocos de los cuales eran casados, y que los más siendo advenedizos, gente pobre y oscura, de quienes no se hacía cuenta, no ofrecían seguridad de permanecer; y contando con que para con los mismos Sabinos este insulto se había de convertir en un principio de afinidad y reunión por medio de las mujeres, cuyos ánimos se ganarían…

Las Sabinas. Tiépolo. Sinebrychoff Art Museum, Helsinki

…hizo correr la voz de que había encontrado el ara de un dios que estaba escondida debajo de tierra… Luego dispuso con esta causa un solemne sacrificio, y combates, y espectáculos con general convocación: concurrió gran gentío; y Rómulo estaba sentado con los principales, adornado con el manto. Era la señal para el momento de la ejecución levantarse, abrir el manto y volver a cubrirse; y había muchos con armas que aguardaban la señal. Dada ésta, desnudaron las espadas, y, acometiendo con gritería, robaron las doncellas de los Sabinos; y como éstos huyesen, los dejaron ir sin perseguirlos. En cuanto al número de las robadas, unos dicen que no fueron más que treinta; Valerio de Ancio, que setecientas veintisiete; pero Juba, que fueron seiscientas ochenta y tres doncellas.

La mejor apología de Rómulo es que no fue robada ninguna casada, sino sola Hersilia por equivocación; probándose con esto que no por afrenta o injuria cometieron el rapto, sino con la mira de mezclar y confundir los pueblos, proveyendo así a la mayor de todas las faltas.

En el acto del robo cuentan haber sucedido que algunos de la plebe traían una doncella de extraordinaria hermosura y gentileza: encontráronse con patricios, que trataron de quitársela…

Después que los Sabinos, hecha la guerra, se reconciliaron con los Romanos, se hizo tratado acerca de las mujeres, para que no se las obligara a hacer en su casa otro trabajo que los relativos a la lana.

Sucedió este arrojo del rapto en el día 18 del mes que entonces se llamaba Sextil, ahora agosto, y …viendo que los Romanos se atrevían a grandes empresas, y temiendo por sus hijas, enviaron embajadores a Rómulo con proposiciones equitativas y moderadas: que volviéndoles las doncellas, y dando satisfacción por el acto de violencia, después pacíficamente y con justas condiciones entablarían para ambos pueblos amistad y comunicación. No viniendo Rómulo en entregar las doncellas, aunque también convidaba a la alianza a los Sabinos, todos los demás tomaban tiempo para deliberar.

Más adelante, habiendo declarado la guerra los Sabinos y llevando Rómulo la peor parte, a causa de una pedrada que recibió, sus soldados ya huían a pesar de los gritos con que los arengaba, cuando sucedió algo inesperado.

Disponíanse como de refresco para volver a la contienda, cuando les contuvo un espectáculo muy tierno y un encuentro que no puede describirse con palabras. De repente, las hijas de los Sabinos que habían sido robadas se vieron sobrevenir unas por una parte y otras por otra con algazara y vocería por entre las armas y los muertos, como movidas de divino impulso, hacia sus maridos y sus padres, unas llevando en su regazo a sus hijos pequeñitos, otras esparciendo al viento su cabello desgreñado, y todas llamando con los nombres más tiernos, ora a los Sabinos, ora a los Romanos. 

Pasmáronse unos y otros, y dejándolas llegar a ponerse en medio del campo, por todas partes discurría el llanto, y todo era aflicción, ya por el espectáculo, y ya por las razones, que empezando por la reconvención, terminaron en súplicas y ruegos. Porque decían: 

–¿En qué os hemos ofendido o qué disgustos os hemos dado para los duros males que ya hemos padecido y nos resta que padecer? Fuimos robadas violenta e injustamente por los que nos tienen en su poder, y después de esta desgracia, ningún caso se hizo de nosotras por el tiempo que fue necesario, para que obligadas de la necesidad a las cosas más odiosas tengamos ahora que temer y que llorar por los mismos que nos robaron e injuriaron, si combaten o si mueren. Porque no venís por unas doncellas a tomar satisfacción de los que las ofendieron, sino que priváis a unas casadas de sus maridos y a unas madres de sus hijos, haciendo más cruel para nosotras, desdichadas, este auxilio, que lo fue vuestro abandono y alevosía. 

Estas prendas de amor nos han dado aquellos, y así os habéis compadecido de nosotras. Aun cuando peleaseis por cualquiera otra causa, deberíais por nosotras conteneros, hechos ya suegros, abuelos y parientes; mas si por nosotras es la guerra, llevadnos con vuestros yernos y nuestros nietos; restituidnos nuestros padres y parientes: no nos privéis, os pedimos, de nuestros hijos y maridos, para no vernos otra vez reducidas a la suerte de cautivas. 

Finalmente, las cosas volvieron a su orden cuando Rómulo invitó al sabino Tito Tacio a compartir el trono. Algunos historiadores consideran por ello a Tacio como uno más de los legendarios monarcas romanos, cuyo número se elevaría a ocho con su participación.

Se hicieron treguas, y se juntaron a conferenciar los generales. Entre tanto, las mujeres presentaban, a sus padres, sus maridos y sus hijos; llevaban qué comer y qué beber a los que lo pedían; cuidaban de los heridos, llevándoselos a sus casas, y procuraban hacer ver que tenían el gobierno de ellas, y que eran de sus maridos atendidas y tratadas con la mayor estimación. 

Hízose un tratado, por el que las mujeres que quisiesen quedarían con los que las tenían consigo, no sujetas, como ya se ha dicho, a otro cuidado y ocupación que la del obraje de lana; que en unión habitarían la ciudad Romanos y Sabinos; que ésta de Rómulo se llamaría Roma; pero todos los Romanos se llamarían Quirites en memoria de la patria de Tacio, y que ambos reinarían también en unión y tendrían el mando de las tropas.

Duplicada la ciudad, se eligieron otros cien patricios de los Sabinos, y las legiones constaron de seis mil hombres de a pie y seiscientos de a caballo. Haciendo también tres divisiones del pueblo, los de la una de Rómulo se llamaron Rammenses; los de la otra de Tacio, Tacienses, y los de la tercera Lucenses, por la selva a que se acogieron muchos para gozar de asilo y ser admitidos a los derechos de ciudadanos; porque a la selva la llaman lucus. Que eran tres estas divisiones lo declara su nombre, porque aún ahora las llaman tribus, y Tribunos a los presidentes de ellas. 

Admitieron también los Sabinos los meses de los Romanos. Rómulo, a su vez, adoptó el escudo de los Sabinos, mudando de armadura él mismo y los Romanos, que antes usaban de las rodelas de los Argivos.

Dícese asimismo haber sido Rómulo el que primero instituyó el fuego sagrado, creando en sacerdotistas a las vírgenes que se llamaron Vestales Rómulo fue muy religioso; y aun añaden que fue dado a la ciencia augural. Promulgó también algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir la mujer por envenenar los hijos, por falsear las llaves y por cometer adulterio; si por otra causa alguna la despedía, ordenábase que la mitad de su hacienda fuese para la mujer, y la otra mitad para el templo de Ceres; y que el que así la repudiase hubiera de aplacar a los Dioses infernales.

Fundada la ciudad, lo primero que hizo fue distribuir la gente útil para las armas en cuerpos militares: cada cuerpo era de tres mil hombres de a pie y trescientos de a caballo, el cual se llamó legión, porque para él se elegían de entre todos los más belicosos. 

En general, a la decisión de los negocios concurría la muchedumbre, a la que dio el nombre de populus, pueblo; pero de entre todos, a ciento, los de mayor mérito, los acogió para consejeros, y a ellos les dio el nombre de patricios, y a la corporación que formaban el de Senado. Esta voz no tiene duda que significa ancianidad: pero acerca del nombre de patricios, dado a los consejeros, unos dicen que dimanó de que eran padres de hijos libres, otros que más bien de que ellos mismos eran hijos de padres conocidos…

Ahora últimamente, con quedar las mismas las obligaciones de unos y otros, se ha considerado ignominioso y torpe el que los poderosos reciban retribución pecuniaria de los clientes.

Durante 36 años, Rómulo aumentó formidablemente el poder y la influencia de Roma y pasó a la historia como un gran conquistador, con fama, además, de ser muy religioso. Tras su muerte, o quizás su asesinato, o tal vez su ascensión junto a los dioses, en el 717, fue medio divinizado a los ojos del pueblo, y su extraña, o más bien, fantástica desaparición lo reintegró al mito que ya rodeaba su nacimiento.

En el año quinto del reinado de Tacio algunos familiares y parientes suyos, encontrándose con ciertos mensajeros que de Laurento venían a Roma, se propusieron despojarlos violentamente de sus bienes en el camino, y porque no lo toleraron, sino que se defendieron, les dieron muerte. Cometida tan abominable acción, Rómulo fue de opinión que al punto debían ser castigados sus autores; pero Tacio lo dejaba correr y daba largas; siendo éste el único motivo conocido de disensión que entre ellos hubo. Entre tanto, los deudos de los que habían sido asesinados, desahuciados de que se impusiera la pena legítima, a causa de Tacio, dando sobre él en Lavinio en el acto de entender en cierto sacrificio, le quitaron la vida; y a Rómulo le fueron acompañando, alabándole de hombre justo. 

Sobrevino peste en aquel tiempo, tal que sin enfermedad causaba en muchos muerte repentina, agregándose a ella esterilidad en los frutos e infecundidad en los ganados; en la ciudad, además, cayó lluvia de sangre; y a estos males, que eran de necesidad, se allegó también una grandísima superstición. Enteramente pareció que era la ira divina la que afligía a ambas ciudades por el abandono de la justicia en la muerte de Tacio y en la de los embajadores. Entregados, recíprocamente y castigados los delincuentes, manifiestamente cesaron las plagas.

En adelante no estuvo ya –Rómulo– libre de incurrir en lo que acontece a muchos, o por mejor decir, fuera de muy pocos, a todos los que con grande y extraordinaria prosperidad son ensalzados en poder y fausto; porque, engreído con los sucesos, con ánimo altanero cambió la popularidad en un modo de reinar molesto y enojoso hasta por el ornato con que se transformó, pues empezó a vestir una túnica sobresaliente, adornó con púrpura la toga, y despachaba los negocios públicos reclinado bajo dosel. Asistíanle de continuo ciertos jóvenes llamados céleres por su prontitud en servir, y le precedían otros que con varas apartaban a la muchedumbre, e iban ceñidos de correas para atar a los que él les mandase.

Juntaba el Concilio o Senado más por formalidad que porque se desease su dictamen. Mandábales, y callando obedecían; no teniendo otra ventaja sobre los demás sino que, enterados primero que éstos de lo que se ejecutaba, aquí terminaban sus funciones. Y por todo lo demás pasaban; pero habiendo Rómulo repartido por sí solo a los soldados las tierras ganadas por las armas, sin hablarles de ello y consultarlos, creyeron que aquello ya era burlarse enteramente del Senado; y de aquí nació contra éste la sospecha, habiendo Rómulo desaparecido imprevistamente de allí a poco tiempo.

Fue, pues, su desaparecimiento en las Nonas Quintiles, como se decía entonces, o de Julio, como se dice ahora, sin que nada cierto y seguro haya quedado acerca de su muerte, sino, la época, como se deja expresado; porque todavía se ejecutan en aquel día muchos ritos y actos a imitación de lo que en él pasó. 

Rómulo desapareció repentinamente, sin que se viese ni miembro de su cuerpo ni jirón de su vestido; habiendo conjeturado algunos que los Senadores cargaron sobre él en el templo de Vulcano, le despedazaron y repartieron entre sí el cuerpo, llevándose cada uno en el seno una partecita. Otros opinan que ni fue en el templo de Vulcano, ni se hallaban solos los Senadores cuando Rómulo fue quitado de en medio, sino que esto ocurrió fuera, junto al lago llamado de la Cabra o de la Cierva, donde aquel estaba celebrando una junta pública; y que en el aire sucedieron entonces de repente fenómenos maravillosos, superiores a cuanto puede ponderarse, y trastornos increíbles; que la luz del sol se eclipsó, y sobrevino una noche nada serena y tranquila, sino con terribles truenos y huracanes violentos, que de todas partes movían gran borrasca. 

En esto, lo que es la plebe se dispersó y dio a huir, y los principales se juntaron; cuando luego, desvanecida la tormenta y restituida la luz, volvió con esto a reunirse el pueblo, todos buscaban y deseaban ver al rey; pero los principales no se lo permitían, ni les daban lugar para hablar en ello, sino que los exhortaban a venerar a Rómulo, como arrebatado a la mansión de los Dioses, y convertido, de buen rey que había sido, en un dios benéfico para ellos. Creyólo la mayor parte, y se retiraron contentos, venerándolo con las más lisonjeras esperanzas; pero hubo algunos que reconvinieron agria y desabridamente a los patricios sobre este hecho, inquietándolos y acusándolos de que querían hacer creer al pueblo los mayores absurdos, después de haber ellos sido los matadores del rey.

Rómulo es llevado al Olimpo. Jean-Baptiste Nattier (1678–1726)
Museum of John Paul II Collection (Porczyński Gallery) Varsovia

En este estado de turbación dicen que un ciudadano de la clase de los patricios, muy principal en linaje, de gran opinión en cuanto a su conducta, amigo además de la confianza de Rómulo, de los que vinieron de Alba, llamado Julio Proclo, se presentó en la plaza, y acercándose con juramento a las cosas más sagradas, refirió en público que yendo por la calle se le había aparecido de frente Rómulo, más bello en su presencia y más grande que lo había sido nunca, adornado de armas lustrosas y resplandecientes, a quien, pasmado con su vista, había dicho: 

-¿Qué te hemos hecho, oh rey, o qué te has propuesto para dejarnos a nosotros entre sospechas injustas y criminales. y a todo el pueblo en orfandad y general desconsuelo?

Y aquel le había respondido:

-Los Dioses han dispuesto, oh Proclo, que sólo hayamos permanecido este tiempo entre los hombres, siendo de allá; y que habiendo fundado una ciudad grande en imperio y en gloria, volvamos a ser habitadores del cielo; regocíjate, pues, y di a los Romanos que si ejercitan la templanza y fortaleza, llegarán al colmo del humano poder; y yo, bajo el nombre de Quirino, seré siempre para vosotros un genio tutelar. 

Pareció esta relación a los Romanos digna de crédito por la opinión del que la hacía y por el juramento; y además parece que inspiró una cosa parecida al entusiasmo, porque nadie hizo la menor oposición, y apartándose todos de sus sospechas y persecuciones, hicieron plegarias a Quirino y lo invocaron por Dios. 

Parécese esto a las fábulas que los Griegos nos cuentan, queriendo deificar contra toda razón a unos seres por naturaleza mortales, igualándolos con los Dioses. Dejémoslo, pues, ateniéndonos con Píndaro a lo cierto: que el cuerpo de todos está sujeto, a la caduca muerte; pero queda viva una imagen de la eternidad: porque ella sola es de los Dioses; de allá viene, y allá torna, no con el cuerpo, sino cuanto más se aparta y distingue de él, haciéndose del todo pura, incorpórea e inocente, porque el alma seca es la más excelente, según Heráclito, lanzándose fuera del cuerpo como el rayo de la nube. 

A Rómulo, como muy marcial o invicto, se le llamó Quirino; y hay un templo suyo en el monte que de su nombre se ha llamado Quirinal. El día en que mudó de vida se denomina la Huída del pueblo, o las Norias Capratinas, porque bajan a sacrificar junto al lago de las Cabras.

Dícese, finalmente, que Rómulo desapareció de entre los hombres a los cincuenta y cuatro años de edad, y a los treinta y ocho de su reinado. 

Tras un breve iterregno le sucedió Numa Pompilio.
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lunes, 17 de octubre de 2016

SIMPOSIO • ΣΥΜΠΌΣΙΟΝ • BANQUETE • PLATÓN (Parte 2 de 2)


Sócrates, el “protagonista” del Simposio. Rafel Sanzio. Escuela de Atenas. 
Estancia del Sello. MM Vaticanos

Yo le había dicho a Diotima -continuó Sócrates-, más o menos las mismas cosas que Agatón acaba de decirme; que el Amor era un gran dios y que era el amor de lo bello, pero ella me demostró entonces, con las mismas razones que yo le he dado a Agatón, que el Amor, no es, ni bello, como yo creía, ni bueno.
–Pero ¿qué dices, Diotima? –le contesté; ¿que el amor es feo y malo?
-Piensa bien; ¿acaso crees que todo lo que no es bello, es necesariamente feo?
-Eso creo.
-Entonces, creerás también que todo el que no es sabio, es ignorante, porque no sabes que hay un término medio entre la ciencia y la ignorancia.
-¿Cuál es?
-Es la opinión verdadera, de la cual no se puede dar razón precisa, porque no es ciencia, ya que no lo es algo de lo que no se puede dar razón, ni ignorancia, pues si por azar se posee la verdad, tampoco es ignorancia. La opinión verdadera, es como el término medio entre la ciencia y la ignorancia.
-Eso es, exacto -le dije.

-Entonces, no concluyas forzosamente, que todo lo que no es bello, es feo y que todo lo que no es bueno, es malo. Es lo mismo para el Amor. No creas, porque tú mismo consideras que no es bueno ni bello, que ha de ser necesariamente feo y malo, porque es algo intermedio entre esos dos extremos.

–A pesar de eso –dije yo–, todo el mundo reconoce que es un gran dios.
–Cuando dices todo el mundo ¿te refieres a los ignorantes, o también a los sabios?
–Me refiero a ambos.
–Dime pues –respondió ella sonriendo–, cómo pueden reconocerlo como un gran dios, aquellos que pretenden que ni siquiera es un dios?
–¿A quiénes te refieres?
–A ti, el primero –contestó rápidamente, y yo repuse:
–Pero ¿qué dices?
–Nada que no pueda probar fácilmente. Dime pues ¿Tú no crees que todos los dioses son felices y hermosos? ¿O te atreverías a defender que entre los dioses hay alguno que no sea feliz ni hermoso?
–¡No, por Zeus!
–Los felices, según tú, ¿no son aquellos que poseen las cosas buenas y bellas?
–Sin duda.
–Sin embargo, has reconocido que el amor carece de esas cosas y por eso las desea.
–Así lo he reconocido.
–¿Cómo podría ser un dios alguien que carece de lo bello y lo bueno?
–No podría serlo; creo yo.
–Entonces, para ti, el Amor no es un dios.
–¿Quieres decir entonces, que el Amor es un mortal?
–En absoluto.
–¿Entonces…?
–Pues como en otras cosas de las que acabamos de hablar, existe un término medio entre lo mortal y lo inmortal.
–Dime, entonces, a qué te refieres con eso.

–Se trata de un gran daimon, Sócrates. Y todo daimon es una especie de intermedio, tanto para los dioses como para los mortales.
–¿Y cuáles serían –le pregunté entonces–, las cualidades de un daimon?

–Interpretan y llevan a los dioses lo que procede de los hombres, y a los hombres, lo que procede de los dioses; las plegarias y los sacrificios de unos; las órdenes de los otros, y la remuneración de los sacrificios. Situados entre los unos y los otros, ocupan el espacio intermedio, de manera que sirven de unión entre las partes del gran todo. De ellos procede la adivinación y el arte de los sacerdotes relativo a los sacrificios, a la iniciaciones, a los encantamientos, y a toda la magia y la adivinación. Los dioses no se mezclan con los hombres, sino que por intermedio de un daimon, conversan y se relacionan con ellos, ya sea durante la vigilia o durante el sueño, y el hombre que sabe de estas cosas, es que está inspirado por el daimon, mientras que el que es hábil en cualquier otra cosa, arte u oficio, no es sino un artesano. Los daimon son muy numerosos y los hay de muchas clases; uno de ellos, es el Amor.

–¿Y quiénes son sus padres y madres?

–Eso es largo de explicar –dijo Diotima–, pero voy a decírtelo. Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un festín, al que asistió Poros –la Abundancia–, hijo de Metis –la Prudencia–. Terminada la cena, se presentó Penia –la Pobreza–, y se quedó junto a la puerta, esperando recibir algo de lo que había sobrado.

Poros, algo aturdido por el néctar –todavía no había vino–, salió al jardín de Zeus, y, se quedó dormido. Entonces Penia, impulsada por la miseria, tuvo la idea de aprovechar la oportunidad para concebir un hijo de Poros; se acostó con él y concibió al Amor, que, con el tiempo se convirtió en compañero y servidor de Afrodita, porque fue engendrado el día del nacimiento de esta diosa y porque ella es hermosa y él, por naturaleza ama lo bello.

Siendo, pues, hijo de Poros y Penia, el Amor recibió características de ambos. En primer lugar, siempre es pobre y, lejos de ser delicado y hermoso, como generalmente se piensa, es duro, seco y no tiene calzado ni casa. Nunca tiene otro lecho que la tierra, sin nada para cubrirse, duerme al aire libre, cerca de las puertas y en las calles. Heredó la indigencia de su madre y esta es su eterna compañera. Por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, siempre está sobre la pista de lo que es bello y bueno; es valiente, resuelto, ardiente, extraordinario cazador; gran artesano en maquinaciones siempre nuevas; aprendiz en la ciencia; tiene muchos recursos, se pasa la vida filosofando y es un hábil encantador, además de mago y sofista. Su naturaleza no es mortal ni inmortal, pero a lo largo del mismo día puede florecer lleno de vida, mientras está en la abundancia, como puede morir y renacer, gracias a la naturaleza de su padre. Todo lo que gana se le escapa, o lo pierde, de modo que nunca está del todo en la indigencia ni en la opulencia, y lo mismo le pasa con la ciencia y la ignorancia.

Ningún dios filosofa ni desea convertirse en un sabio, porque ya lo es, y en general, si se es sabio, no se filosofa. Los ignorantes tampoco filosofan, ni desean ser sabios, pues lo malo de la ignorancia consiste precisamente, en que, no teniendo, ni belleza, ni bondad, ni ciencia, se considera suficientemente provista de todo ello, y cuando creemos que nada nos falta, no lo deseamos. 

–Entonces le pregunté –dijo Sócrates–: ¿quién filosofa, si no lo hacen ni los sabios ni los ignorantes?

–Incluso un niño –dijo–, comprendería inmediatamente, que son los que están entre esos dos extremos y que Amor es uno de ellos. Sin duda, la ciencia se encuentra entre las cosas más bellas y el amor, es amor a las cosas bellas, por lo tanto, es preciso que sea filósofo, y si lo es, que se mantenga en el medio entre el sabio y el ignorante, y esto también es por causa de su origen; de padre sabio y opulento y madre sin ciencia ni recursos. 


Y hasta aquí, Sócrates, la naturaleza del daimon -continuó diciendo Diotima-. En cuanto a la manera en la que tú te imaginabas al Amor, tu caso no me sorprende. Imaginabas, como he podido conjeturar de tus palabras, que el Amor era el objeto amado y no el sujeto amante. Por esta razón, creo yo, te lo imaginabas tan hermoso, porque, en efecto, es amable lo que es realmente bello, delicado, perfecto y bienaventurado, pero lo que este ama tiene características completamente distintas, como te acabo de decir.

–Hay que rendirse a tus razonamiento, porque es lo justo, extranjera. Pero, si el amor es tal como acabas de decir, ¿qué beneficios ofrece a los hombres?
–Eso es exactamente lo que ahora te voy a enseñar –me dijo–. Ya conoces la naturaleza y el origen del Amor, y tú mismo reconoces que se trata del amor a las cosas bellas. Pero si nos preguntaran, ¿Por qué, Sócrates y Diotima, el Amor es amor a las cosas bellas? O bien, para decirlo con más claridad: ¿Al amar las cosas bellas, qué es lo que se ama?

–Su posesión, –dije yo.
–Esta respuesta –añadió–, nos lleva a otra pregunta, que es la siguiente: ¿Qué es lo que tendrá aquel que posea las cosas bellas?
–No puedo responder, así, de pronto, a semejante cuestión, –dije.
–Pero, si por ejemplo –repuso–, sustituyendo la palabra bello, por la palabra bueno, te preguntara: ¿Cuándo se aman las cosas buenas, qué es lo que se ama? 
–Poseerlas.
–¿Y qué conseguiría el que poseyera las cosas buenas?
–Es fácil –dije yo–, la felicidad.
–En efecto –respondió–, es en la posesión de las cosas buenas en lo que consiste el amor, y no es necesario preguntar por qué el que desea la felicidad quiere ser feliz. Creo que hemos resuelto la cuestión.
-Ciertamente. Dije yo.

-Pero, esta voluntad y este amor, son, en tu opinión, comunes a todos los hombres, y todos ellos desean poseer lo que es bueno. ¿No crees?
-Sí, creo que son comunes a todos los hombres.

-¿Por qué, entonces, Sócrates, no decimos de todos los hombres, que aman, y sí decimos que unos aman y otros no?
-Eso también me sorprende –dije-.
-Pues no te sorprendas –dijo ella-, porque hay una especie de amor particular, a la que reservamos el nombre de amor y le aplicamos el nombre del género entero, mientras que para las otras especies nos servimos de otras palabras.
-¿Por ejemplo?

-Aquí tienes uno. Tú sabes que la palabra poesía representa muchas cosas. En general se llama poesía a la causa que hace pasar algo del no ser, a la existencia, de forma que las creaciones en todas las artes, son poesías, y los artistas que las crean, son poetas.
-Ciertamente.

-Sin embargo, no se les llama poetas a todos, sino que son designados por otros nombres, y sólo a una parte separada del conjunto de la poesía; la que se refiere a la música y a la métrica, se denomina con el nombre de todo el género; sólo a esa parte se le llama poesía y a los que la cultivan, poetas.
-Ciertamente –dije yo.

-Y esto es lo que pasa con el amor. En general, el deseo del bien y la alegría, bajo todas sus formas, es para todo el mundo el grande e industrioso amor. Pero hay muchas maneras de entregarse al amor, y de los que buscan el dinero, el ejercicio físico o la filosofía, no se dice que aman y son amantes, pero hay una especie particular de amor, del que todos los adeptos y sectarios reciben los nombres de todo el género: amor, amar, amante…

-Parece que tienes razón –dije.

-Se dice a veces –continuó ella-, que buscar la otra mitad de uno mismo, es amar, pero yo digo, querido, que amar, no es buscar la mitad ni aun el todo de uno mismo, si esa mirad y ese todo no son buenos, puesto que los hombres consienten en dejarse cortar los pies o las manos, cuando estas partes les parecen enfermos; porque según yo creo, no nos unimos a lo que nos pertenece, a menos que tenga el bien como una cosa que le es propia y forma parte de sí mismo, y el mal como algo extraño, pues los hombres solo aman el bien, ¿no crees?
-Sí, ¡por Zeus! –contesté.
-Entonces, continuó ella, ¿se puede decir sencillamente, que los hombres aman el bien?
-Sin duda.
-¿Y no habría que añadir, que lo que aman es que el bien les pertenezca?
-Hay que añadirlo. 
-Y no sólo que les pertenezca –añadió ella-, sino que les pertenezca para siempre.
-Sí; también.
-El amor, en suma, sería el deseo de poseer el bien siempre.
-Completamente exacto –dije.

-Si el amor es, en general, el amor al bien, ¿cómo y en qué casos se aplicará el nombre de amor a la pasión y al ardor de los que persiguen la posesión del bien? ¿Qué es exactamente esta especial acción? ¿Podrías decírmelo?

-Si lo supiera, Diotima –le dije-, no admiraría tanto tu ciencia, ni frecuentaría tu casa para instruirme, precisamente, en estas materias.

-Está bien, te lo diré. Es hacer nacer la belleza, según el cuerpo y según el espíritu.

-Habría que ser divino, dije, para captar lo que dices y yo no lo entiendo.

-Muy bien –dijo ella-, hablaré con más claridad. Todos los hombres –añadió-, son fecundos, Sócrates, según el cuerpo y según el espíritu. Cuando estamos en edad, nuestra naturaleza siente el deseo de engendrar, pero no puede engendrar en la fealdad, sino en lo bello y, en efecto, la unión del hombre y de la mujer, es creativa. Se trata de una obra divina, y el ser mortal participa de la inmortalidad a través de la fecundación y la generación, pero esto no es posible entre discordantes; así, lo feo nunca estará de acuerdo con lo divino, pero sí lo bello.

La belleza es, pues, para la generación, una Moira –Hado- y una Ilicía –Lucina-, el alumbramiento. Así, cuando el ser con necesidad de procrear se aproxima a lo bello, es feliz, y en su alegría, se ensancha y crea y reproduce. Cuando, al contrario, se acerca a lo feo, rudo y triste, se encierra en sí mismo, se da la vuelta, se repliega y no engendra, sino que conserva su germen y sufre. De ahí viene, para el ser fecundo y lleno de savia, el gozo que siente en presencia de la belleza, porque ella le libera del gran sufrimiento del deseo, pues el amor –añadió-, no es el amor de lo bello, Sócrates, como tú crees.

-¿Qué es entonces?
-Es la generación y el nacimiento de la belleza.
-Así tengo que admitirlo.

-Nada es más cierto –continuó ella. pero ¿por qué la generación? Porque para un mortal es algo inmortal y eterno y el deseo de inmortalidad es inseparable del deseo del bien, tal como hemos acordado, puesto que el amor es el deseo de la posesión perpetua del bien, de ello se sigue necesariamente que el amor es también el amor a la inmortalidad.


-Todo lo que he dicho hasta ahora, –aclaró Sócrates-, lo escuché de su boca, cuando hablaba del amor. Un día, me preguntó: -¿Cual es, en tu opinión, la causa de este amor y de este deseo, Sócrates? ¿No has observado la extraña crisis que sufren los animales, tanto los que vuelan como los que andan, cuando se encuentran sometidos al deseo de procrear, como si estuvieran enfermos y trabajados por el amor, antes de emparejarse, y después, cuando han de mantener a su progenie, cómo están dispuestos a defenderla, incluso los más débiles contra los más fuertes, y a morir por ella; cómo se dejan torturar ellos mismos por el hambre para sustentarla y cómo están dispuestos a todos los sacrificios en su favor? Con respecto a los humanos, se podría decir que es la reflexión la que los hace actuar así, pero para los animales ¿cuál es la causa de estas disposiciones tan amorosas? ¿Podrías decirlo?

-Confesé, una vez más, que lo ignoraba. Ella repuso:
-¿Y crees que alguna vez llegarás a ser conocedor del amor, ignorando algo como esto?
-Por eso, Diotima, te lo repito, me dirijo a ti, porque sé que necesito aprender. Así pues, dime la causa de estos fenómenos y de otros efectos del amor.

-Verás; si crees que el objeto natural del amor es aquel sobre el cual hemos estado de acuerdo en varias ocasiones, abandona ese aire sorprendido, porque también ahora, como antes, es el mismo principio el de que la naturaleza mortal busca siempre, mientras puede, la perpetuidad y la inmortalidad, pero sólo puede hacerlo mediante la generación, dejando siempre un individuo más joven en el lugar de uno más viejo. 

En realidad, incluso en el tiempo en el que cada individuo pasa para convertirse en un ser vivo e idéntico a sí mismo, durante el tiempo, por ejemplo, que pasa desde la infancia a la vejez, aunque se diga que es el mismo, ya no tiene en sí las mismas cosas, pues sin cesar rejuvenece y se despoja de su cabellos, de su carne, de sus huesos, de su sangre, de todo su cuerpo, y no sólo de su cuerpo, sino también de su alma: costumbres, carácter, opiniones, pasiones, placeres, temores, penas; nunca ninguna de estas cosas sigue siendo la misma en cada uno de nosotros; unas nacen y otras mueren. 

Pero he aquí algo mucho más extraño todavía; nuestro conocimiento, también nace y muere con nosotros, y tampoco somos idénticos a nosotros mismos en este sentido; e incluso cada conocimiento aislado está sujeto al cambio. Lo que llamamos reflexionar, no es sino un conocimiento que se nos escapa; el olvido es la huida del conocimiento, y la reflexión, al suscitar un recuerdo nuevo en lugar del que se va, mantiene el conocimiento, de manera que parece ser el mismo. Es así como todo lo que es mortal se conserva, no permaneciendo siempre exactamente igual a sí mismo, como el que es divino, sino que el individuo que se va y envejece, deja a otro en su lugar; un joven que se le parece. Es por este medio, Sócrates –añadió-, por el que lo que es mortal, el cuerpo y lo demás, participa de la inmortalidad; lo que es inmortal, lo es de otra manera. No te sorprendas más, pues, si todo ser tiene en tal estima su descendencia, pues cada uno recibe este celo y este amor, de la propia necesidad de ser inmortal.

-Tras escuchar este discurso, le dije con admiración: Esto está muy bien, sabia Diotima, pero ¿las cosas ocurren en realidad tal como tú las cuentas? Y ella, con un tono de sofista consumada, respondió:

-No lo dudes, Sócrates, y del mismo modo, si quieres considerar la ambición de los hombres, te sorprenderás de lo absurdo de su proceder, a menos que tengas presente en el espíritu lo que te he dicho, no observarás el singular estado en que les pone el deseo de hacerse famosos y de adquirir una gloria eterna. Es este deseo, más aún que el amor a los hijos, lo que les hace tan valientes ante los peligros; poner en peligro su fortuna; resistir todas las fatigas y sacrificar su vida. 

¿Crees acaso –añadió-, que Alcestes hubiera muerto por Admeto, que Aquiles se hubiera entregado a ella por vengar a Patroclo, o que vuestro Codro habría corrido hacia la muerte para conservar el trono de sus hijos, si no estuvieran pensando en dejar el inmortal recuerdo de su valor, que hasta hoy conservamos?

Ni mucho menos –añadió-, y no creo equivocarme si digo que es con vistas a la alabanza inmortal y a un renombre como el suyo, por lo que todos los hombres se someten a los sacrificios, y más voluntad ponen en ello los mejores, pues es la inmortalidad lo que desean. 

En cuanto a los que son fecundos físicamente, se vuelven más hacia las mujeres y en su manera de amar, procrean hijos para asegurar la inmortalidad y la supervivencia de su memoria; la felicidad, en un porvenir que se imaginan eterno. Pero los que son fecundos en el espíritu… pues los hay –dijo-, que son más fecundos de espíritu que de cuerpo, con respecto a las cosas que al alma conviene concebir y reproducir; y ¿qué es lo que al espíritu corresponde reproducir?

La sabiduría y otras virtudes que tienen por padres, precisamente, a todos los poetas y a otros artistas que tienen el genio de la invención. Pero la parte más importante y más bella de la sabiduría –siguió diciendo-, es la que concierne al gobierno de los Estados y de las familias y que llamamos Prudencia y Justicia.

Cuando un hombre lleva en su alma, desde la infancia, el germen de estas virtudes, y siente el deseo, llegada la edad, de engendrar y reproducirse, él también va buscando por todas partes lo bello, porque en lo feo no engendraría nunca. Movido por este deseo, prefiere los cuerpos bellos, y si encuentra un alma bella, generosa y bien nacida, esta doble belleza le seduce completamente. En presencia de tal hombre, inmediatamente siente fluir las palabras sobre la virtud, sobre los deberes y las ocupaciones de un hombre de bien y se propone instruirlo; y, en efecto, a través del contacto y la frecuentación de lo bello, engendra y reproduce aquello de lo que su alma estaba llena desde hacía mucho tiempo; presente o ausente, piensa en él y nutre en común con él, el fruto de su unión. De tales uniones entran en comunión más íntima y se ligan entre sí por una amistad más fuerte  que lo que le une al padre o a la madre, porque tienen en común hijos más hermosos y más inmortales. No hay nadie que no prefiera verse con tales hijos, que con los que se tienen según la carne si piensa en Homero, Hesíodo y otros grandes poetas, a los que envidia por haber dejado tras de sí, brotes inmortales que les aseguran una gloria y un recuerdo inmortales también; o incluso –añadió-, cuando recuerdan qué hijos dejó Licurgo en Lacedemonia, para gloria de esta ciudad, y aún podríamos decir, que de toda Grecia.

Solón disfruta entre vosotros de la misma gloria, por haber dado nacimiento a vuestras leyes, y muchos otros también la tienen en otros países, griegos o bárbaros, por haber producido muchas obras brillantes y por haber engendrado virtudes de todo género. Muchos templos les han sido consagrados a causa de estos hijos espirituales; algo que nadie ha obtenido a través de los hijos engendrados y nacidos de una mujer.

Hasta ahora, podría, quizás, lisonjearme, por haberte iniciado, también a ti, Sócrates, en estos misterios del amor. Sin embargo, en lo que se refiere al último grado, la contemplación, que es la meta a la que se llega por este buen camino, no sé si tu capacidad llega tan lejos. Aun así, no voy a abandonar mi empeño, por tanto, continuaré, y en cuanto a ti, trata de seguirme, si puedes. 

Aquel que desee –continuó Diotima–, lograr estos fines por el verdadero camino, debe empezar en su juventud buscando los cuerpos bellos. En primer lugar, si se está bien dirigido, no se debe amar más que uno y engendrar en él hermosos discursos. Después observará que la belleza de un cuerpo cualquiera, es hermana de la belleza de otro, porque, si en efecto conviene buscar la belleza de la forma, habría que ser muy torpe para no darse cuenta de que la belleza de todos los cuerpos es una e idéntica. Cuando esté convencido de esta verdad, debe convertirse en amante de todos los bellos cuerpos, y relajarse del amor violento hacia uno solo, como si fuera algo de bajo precio, que no merece sino desdén. 

Acto seguido, debe considerar la belleza de las almas, como más preciada que la de los cuerpos, de modo que un alma bella, incluso en un cuerpo medianamente atractivo, le baste para atraer su amor y sus cuidados; hacerle concebir hermosos discursos y tratar de que sirvan para mejorar sus años de juventud.

Partiendo de esto, se verá conducido a contemplar la belleza que hay en las acciones y en las leyes y deducir que aquella es igual a sí misma en todos los casos. Consecuentemente, mirará la belleza del cuerpo como algo sin importancia.

De las acciones humanas, pasará a las ciencias, y en ellas también reconocerá la belleza, y así, llegado a una visión más amplia de la belleza, no se atará a la de un solo objeto, y dejará de amar, con estrechos y mezquinos sentimientos, a cualquier hombre o acción. Orientado a partir de entonces, hacia el océano de la belleza, y contemplando sus múltiples aspectos, concebirá sin descanso, hermosos y magníficos discursos y los pensamientos brotarán en abundancia, de su amor a la sabiduría, hasta que finalmente su espíritu, fortalecido y ensanchado, se dé cuenta  de que hay una única ciencia, la de lo bello, que es a la que me voy a referir ahora.

Trata pues, de prestarme la mayor atención que te sea posible. Todo el que haya sido guiado hasta este punto por el camino del amor, después de haber contemplado las cosas bellas en una gradación regular, llegando al término supremo, súbitamente verá una belleza de naturaleza maravillosa; la misma, Sócrates, que se hallaba en el principio de todos sus trabajos anteriores. Una belleza eterna, que no conoce el nacimiento ni la muerte, que no sufre crecimiento ni disminución; belleza que no es hermosa por un lado y fea por otro, o en un tiempo sí y en otro no, o dependiendo del punto de vista; bella aquí y fea allí; o para unos sí y para otros no. Tampoco se presentará a la vista como un rostro, ni como unas manos, ni como una forma corporal, ni como un razonamiento, ni como una ciencia, ni como una cosa que exista fuera de nosotros, como, por ejemplo, en un animal, en la tierra, en el cielo o en cualquier otra cosa. Una belleza que, bien al contrario, existe en sí misma y por sí misma; sencilla y eterna, de la cual participan todas las cosas bellas, de tal manera, que su nacimiento o su muerte, no la aumenta ni la disminuye, ni la altera en modo alguno. 

Cuando nos elevamos desde las cosas sensibles, a través de un amor bien entendido hacia la juventud, hasta esta otra belleza, de la que empezamos a ser conscientes, estamos muy cerca de alcanzar nuestro objeto, porque la verdadera vía del amor se encuentra en nosotros mismos y hay que dejarse guiar por ella a través de la belleza sensible y ascender siempre hacia la belleza sobrenatural, a través de la escala de un solo cuerpo, a la de dos y de ahí a todos; de los cuerpos bellos a las acciones bellas y de éstas, a las bellas ciencias, para pasar desde las ciencias a otra que no es sino la de la belleza absoluta, para conocer, finalmente, lo bello, tal como es en sí mismo.

Si alguna vez la vida vale la pena de ser vivida, querido Sócrates –me dijo la extranjera de Mantinea–, es cuando el hombre contempla la belleza en sí mismo. Si llegas a contemplarla algún día, nada te parecerán a su lado, el oro, los ornamentos, los niños hermosos y la gente joven cuya vista hoy te trastorna, a ti y a muchos otros, hasta tal punto que, por sentiros amados y vivir con vuestro amor, sin dejarlo ni un momento, si fuera posible, consentiríais en privaros de comer y de beber, sin más deseo que verlo y permanecer a su lado.

Piensa, pues –añadió–, qué alegría sería para un hombre , si pudiera contemplar la belleza misma, sencilla, pura, sin mezcla, y contemplar, en lugar de una belleza envuelta en un cuerpo, en colores y en otras cien superfluidades perecederas, la belleza divina misma, bajo su forma única. ¡Crees que sería banal la vida de un hombre que, elevando su mirada a las alturas, contemplara la belleza con el órgano apropiado y viviera inmerso en su trato? ¿No crees –añadió aún–, que al contemplar así la belleza a través del único órgano por el cual es visible, será el único que podrá engendrar, no fantasmas de virtud, puesto que no depende de fantasmas, sino virtudes auténticas, puesto que ha alcanzado la verdad?

Pues es a éste que crea y alimenta la virtud verdadera a quien corresponde ser amado por los dioses, y si fuera posible al hombre ser inmortal, él lo sería.

–Hasta aquí, Fedro y todos los que me escucháis, todo lo que me dijo Diotima. Ella me convenció, y a mi vez, intento persuadir a otros de que, para adquirir semejante bien, la naturaleza humana encontraría difícilmente mejor auxiliar que el Amor. Esta es la razón por la que proclamo que todo hombre debe honrar al Amor y por qué lo honro yo mismo y me he entregado particularmente a su culto, y la razón por la que lo recomiendo a los demás, y por la que ahora, como siempre, alabo el poder y la fortaleza del amor, tanto como soy capaz de hacerlo. 

–Tú puedes, si quieres –añadió Sócrates mirando a Fedro–, ver en este discurso un elogio al Amor, pero si no es así, llámalo como prefieras.

Cuando terminó de hablar, todo el mundo le felicitó, excepto Aristófanes que se disponía a replicar -porque Sócrates en su discurso había hecho alusión a un pasaje del suyo-, cuando de pronto, en la puerta exterior del patio, resonaron, como los redobles de un cortejo de bebedores, y se oyó sonar una alegre flauta.

–¡Esclavos! –gritó Agatón–; id a ver, y si es alguno de nuestros amigos, invitadle, pero si no, decid que ya hemos terminado de beber y que estamos descansando.

Se oyó en el patio la voz de Alcibíades, que, aparentemente muy ebrio, gritaba a pleno pulmón.

–¿Dónde está Agatón? ¡Llevadme junto a Agatón!

Entonces la flautista y algunos de los invitados, cogiéndole por debajo de los brazos, lo llevaron a donde estábamos reunidos. Se detuvo en la puerta, coronado con una gruesa guirnalda de yedra y violetas y la cabeza cubierta de cintitas.

-¡Saludos, amigos!. ¿Queréis admitir a beber con vosotros a un hombre que ya ha bebido mucho? ¿O tendremos que irnos después de coronar a Agatón, que es a lo que hemos venido? Ayer –añadió-, no me fue posible venir pero aquí me tenéis hoy, con cintas en la cabeza para coronar al hombre al que proclamo el más sabio y el más bello. 

¿Os burlaréis de mí porque estoy borracho? Reíd, si lo deseáis, pues sé bien que sólo diré la verdad. Pero decidme ya si puedo entrar, o no, con la condición que he dicho. ¿Queréis, si o no, beber conmigo?

Anselm Feuerbach, el Simposio de Platón, segunda versión, 1873, Berlín, Alte Nationalgalerie

Todos le aclamaron y le rogaron que entrara y se acomodara junto a la mesa. Cuando el mismo Agatón le llamó, Alcibíades entró, ayudado por sus compañeros, y se quitó las cintas para coronar al abfitrión. Aunque lo tenía delante, no vio a Sócrates, y se sentó al lado de Agatón, entre él y el propio Sócrates, que se había separado para hacerle sitio en cuanto lo vio. Una vez sentado, abrazó a Agatón y le puso la corona.

-¡Esclavos!, dijo Agatón: descalzadle para que se acomode en trío con nosotros.
-Me complace –dijo Alcibíades-, pero ¿quién ese tercero?

En aquel instante se volvió y vio a Sócrates; se sobresaltó y dijo:

-¡Por Hércules! ¿Qué es esto? ¿Sócrates aquí? -Y añadió dirigiéndose a él-: Una vez más, esperándome emboscado según tu costumbre de aparecer, de repente, donde menos esperaba encontrarte. Y ¿qué has venido a hacer aquí? ¿Por qué estás justo en este sitio, y no al lado de Aristófanes, o de cualquier otro bromista, o que quiera serlo? Pero te las has arreglado para sentarte junto al mejor.

-Agatón –dijo Sócrates bromeando-, mira si me puedes ayudar. El amor que profeso a este hombre, no es un problema menor; no soporta que mire ni hable a nadie porque es celoso y envidioso; me monta escenas, me insulta y a duras penas se contiene para no golpearme, si se pone violento; mira si puedes defenderme de su afecto y de su furia.

Alcibíades. Copia romana de un busto griego del siglo IV a.C.
Museos Capitolinos, Roma

-¡No! –Dijo Alcibíades-, no hay paz posible entre tú y yo, pero ya me vengaré de tu ataque en otra ocasión. Entre tanto, Agatón, devuélveme algunas cintas, para que pueda coronar también la cabeza maravillosa de este hombre, y que no pueda reprocharme el haberte coronado a ti olvidándome de él; él, que con sus discursos es vencedor de todo el mundo; no como tú anteayer, sino en todos los debates.

Después coronó a Sócrates y se acodó en el triclinio.

-Veamos, compañeros; me parecéis demasiado sobrios y es algo que no dejaré pasar; hay que beber, porque es una de nuestras convenciones. Así pues, me elijo a mí mismo como rey del festín, hasta que hayáis bebido lo suficiente.

Se hizo llenar una jarra y la vació rápidamente. Después la hizo llenar de nuevo y se la ofreció a Sócrates diciendo:

-Con Sócrates no hay que tener cuidado; beberá cuanto quiera sin riesgo de aturdirse nunca.

El esclavo llenó la jarra y Sócrates bebió. Entonces Erixímaco tomó la palabra y dijo:

-¿Qué hacemos ahora, Alcibíades? ¿Vamos a quedarnos así, sin hablar ni cantar, después de beber? ¿Vamos a beber tontamente, sin más,?

-Erixímaco –le respondió Alcibíades-, excelente hijo del mejor, con mucho, de todos los padres; ¡salud!

-¡Salud también a ti! –dijo Erixímaco-, pero ¿qué vamos a hacer?

-Lo que tú mandes, porque hay que obedecerte. Un médico, vale por sí mismo lo que muchos hombres (1). Manda, pues, lo que desees.

-Escucha –dijo Erixímaco-; antes de que llegaras, habíamos decidido que cada uno hablara del Amor e hiciera el discurso más bello posible en su alabanza. Ya hemos hablado todos, pero ya que tú no has dicho nada, es justo que tomes la palabra, después de lo cual, preguntarás a Sócrates lo que desees; Sócrates al que está a su derecha y así sucesivamente.

-¡Muy bien dicho. Erixímaco! –Respondió Alcibíades-, pero querer igualar el discurso de un hombre ebrio y el de otro que no ha bebido, no me parece justo. De todas formas, yo no alabaré a otro que no sea Sócrates, estando él presente.

-¡Eh, amigo! –dijo Sócrates-. ¿Pretendes hacer un elogio burlón? ¿Qué oiensas hacer?
-Decir la verdad, si me das permiso.

-¿La verdad? Te lo permito y te exhorto a que la digas.

-Pues bien, entonces te intimo a que si me oyes decir algo que no sea cierto, me quites la palabra, sin tardar y digas que estoy mintiendo. Ahora bien, si ves que hablo sin orden, al azar de mis recuerdos, no te sorprendas; no es fácil, en el estado en que me encuentro, describir con detalle y ordenadamente aquello en que consiste tu originalidad.

Después se dirigió a todos los demás.

-Haré una comparación para alabar a Sócrates y no será para burla, sino para exponer la verdad. Se parece a esas estatuillas de flautistas, que se abren por la mitad, y dentro esconden la imagen de algún dios. Y también se parece al sátiro Marsias. Que te pareces a este semidiós en la cara –dijo mirando a Sócrates–, lo podrás discutir, pero que te pareces en todo lo demás, es lo que voy a probar. Dirás que tú no eres flautista, pero lo eres, y más maravilloso que el propio Marsias, porque él hechizaba con los sonidos de su flauta, mientras que tú lo haces sin necesidad de instrumentos; sólo con tus palabras. Cuando tú hablas, todos, mujeres, hombres, muchachos; todos, nos sentimos atrapados y hechizados. 

En cuanto a mí, amigos, si no creyera que os parecería demasiado ebrio, pondría a los dioses por testigos de la impresión que sus discursos han producido y producen siempre en mí. Cuando lo escucho, mi corazón late con más fuerza; me hace derramar lágrimas y he visto a mucha gente a la que causa la misma emoción. Oyendo a Pericles y a otros grandes oradores, he pensado a menudo que hablaban bien, pero yo no sentía la misma emoción; mi corazón no se alteraba y no me indignaba al sentir que tenía alma de esclavo, pero muchas veces, este hombre me ha puesto en tal disposición, que he llegado a sentir que la vida que llevaba era insoportable. 

No dirás Sócrates, que esto no es cierto; aún ahora, soy consciente de que si prestara oídos tus discursos, tampoco lo resistiría; sentiría las mismas emociones, porque me obligas a confesar que soy muy imperfecto y que me descuido a mí mismo al ocuparme de los asuntos de los atenienses.

También debo decir que tengo que taparme los oídos –como con las sirenas (2)–, para dejarle y escapar, si no quiero verme sentado a su lado hasta la vejez.

Me provoca asimismo un sentimiento que nadie creería encontrar en mí, el de sentir vergüenza frente a alguien, porque él es el único que me hace enrojecer. 

Soy consciente de la imposibilidad de discutir que hay que hacer lo que él ordena, pero cuando me alejo de él, siento también que vuelve la ambición de los honores populares. Le rehuyo, como un esclavo fugitivo, y cuando vuelvo a verlo me avergüenzo por mis contradicciones. A veces desearía que no estuviera en el mundo, pero si así fuera, sé muy bien que, en ese caso, todavía sería más desgraciado, así pues, no sé qué hacer con este hombre. 

Tal es el efecto que los sonidos de la flauta de este sátiro han producido sobre mí y sobre muchos otros, pero voy a daros más pruebas de su parecido con las divinidades con las que le he comparado y de las maravillosas cualidades que posee, pues, debéis saberlo: ninguno de vosotros conoce a Sócrates, así que yo mismo os lo voy a mostrar, ya que he empezado.

Alcibíades en la obra de A. Feuerbach

Aparentemente, a Sócrates le gusta la juventud y suele andar en su entorno con ojos chispeantes. Por otra parte, lo ignora todo y no sabe nada de nada, al menos aparentemente, pero en esto también es como las estatuillas, porque, si lo abrís, queridos amigos ¡qué sabiduría hallaréis en su interior! Debéis saber que la belleza de esos jóvenes es su menor cuidado; la desdeña hasta tal punto que no os lo podéis imaginar, al igual que desdeña la riqueza y otras ventajas que el vulgo estima.

Él considera que todos esos bienes carecen de valor y los mira como nada, os lo aseguro. Se pasa la vida burlándose y bromeando con la gente, pero cuando está serio y se abre, yo no sé si alguno ha visto la belleza que hay en él, pero yo la he visto y me parece tan divina, tan luminosa, tan bella, que no hay forma de resistirse a su voluntad.

Creyéndole seriamente atraído por mí, me sentí afortunado y con una suerte extraordinaria y pensé que si le complacía, me enseñaría todo lo que sabe y, el dios es testigo de que yo me sentía orgulloso de mis ventajas. Creyendo esto, y para quedarme solo con él, despedí a mi preceptor, que siempre estaba presente cuando yo veía a Sócrates… pero es preciso que os diga toda la verdad; prestadme atención, y tú, Sócrates, si miento, repréndeme. 

Me quedé, en efecto, a solas con él y mis amigos pensaban que me iba a decir las cosas que el amante dice al amado y que yo ya estaba disfrutando de antemano. Pero él no hizo absolutamente nada, excepto charlar conmigo, como de costumbre. Al final del día, se fue. Enseguida la invité a compartir el gimnasio y traté de lucirme ante él creyendo que iba a adelantar algo. Algunas veces hicimos ejercicio y luchamos juntos, sin testigos, y ¿qué puedo deciros?, que tampoco adelanté nada. Cuando me di cuenta de que por aquel camino no llegaría a ningún sitio, pensé que tendría que atacarle a la fuerza. Le invité a cenar conmigo para ver si caía en la trampa, y aunque al principio no puso ningún interés, terminó por ceder. Ya sabéis el dicho: los borrachos y los niños dicen la verdad.

Fui picado y mordido en el corazón –o en el alma; llamadlo como queráis–, por los discursos de la filosofía, que penetran más cruelmente que un dardo cuando se encuentran ante un alma joven y bien nacida.

Y como os veo, por otra parte, a mi alrededor, a un Fedro, un Agatón, un Erixímaco, un Pausanias, un Aristodemo, sin hablar ya de Sócrates y de otros, todos sometidos, como yo, a la locura y a la furia filosófica, no dudaré en continuar con mi relato, porque sé que lo comprenderéis. En cuanto a los servidores, a los profanos, y a los ignorantes, que pongan ante sus orejas gruesas puertas.

Pues bien, cuando finalmente se apagó la luz y los esclavos se fueron, pensé que no había razón para andar con rodeos, así que le toqué y le dije:
–¿Estás dormido?
–No. –Respondió.
–¿Sabes lo que pienso?
–Explícate.
–Pienso –dije–, que tú eres el único amante digno de mí y creo que dudas en declararte. Por mi parte, creo que sería poco razonable no complacerte. Además, lo único que deseo es perfeccionarme lo más posible y para ello no creo poder encontrar ayuda más eficaz que la tuya.

A estas palabras, Sócrates respondió con la habitual ironía que le caracteriza.

–Mi querido Alcibíades. Si realmente tienes razón y crees que todo lo que dices es cierto, y si yo poseo el poder de hacerte mejor, es que has visto en mi una inconcebible belleza, muy superior a la tuya, y si después de semejante descubrimiento, intentas relacionarte conmigo para intercambiar una belleza por otra, creo que quieres hacer un cambio en verdad ventajoso para ti, puesto que pretendes obtener bellezas reales a cambio de bellezas imaginarias y en realidad, intentas cambiar cobre por oro (3). Pero, mi buen amigo, mira más atentamente, y ten cuidado con tus ilusiones acerca de mi pobre valor. Los ojos del espíritu sólo se agudizan cuando los del cuerpo decaen, y tú estás aún lejos de eso.

–Pues esa es mi opinión –le dije–, yo te he hablado de mis sentimientos y todo lo que he dicho, lo creo. Piensa tú en lo que sea más indicado, tanto para ti como para mí.
–¡Bien dicho! Hablaremos más adelante para tomar una decisión favorable a los dos, tanto sobre esto, como para todo lo demás.

–Yo que creía haber dado en el blanco, sólo pude coger mi manto, cubrirle con él, porque hacía frío, y echarme al lado de este ser verdaderamente divino y maravilloso. Y así pasé la noche entera. No me desmentirás, Sócrates, si digo a todos, que lejos de dejarte vencer por mi belleza, no mostraste sino desdén hacia ella, que tanto valor tenía a mis ojos.

–Juzgad, pues, la soberbia de este hombre; me levanté de su lado tras haber pasado la noche igual que si hubiera dormido con mi padre, o con mi hermano mayor. A partir de entonces, ya podéis imaginar que me sentí despreciado, a pesar de que seguía admirando su carácter, su continencia y la fortaleza de su alma; había encontrado a un hombre único a mis ojos, por su sabiduría y su firmeza. En tal situación, no podía enfurecerme con él, ni tampoco renunciar a su compañía, y sin medios de conquistarlo, sabiéndole invulnerable al dinero, como Ayax lo era al hierro, y que el único bien por el que esperaba atraerlo, no me había servido, con todo, me quedé ligado a este hombre como nadie lo estuvo nunca. 

Os diré lo que pasó después, durante la batalla de Potidea, en la que los dos tomamos parte y durante la cual, siempre comíamos juntos. 

Para empezar, en los trabajos de la guerra, Sócrates siempre se mostró superior, no sólo a mí, sino a todos los demás. Por ejemplo, cuando nos cortaron los avituallamientos, como ocurre a veces en la guerra, y nos hallábamos reducidos a ayunar, nadie lo soportaba mejor que él. Por el contrario, cuando había abundancia, disfrutaba mejor que nadie, y si había que beber, aunque no tenía especial gusto en hacerlo, bebía más que nadie. Y lo que es más sorprendente, nunca nadie le vio ebrio; pero ya lo habéis comprobado vosotros mismos, según creo. 

Para soportar el frío, puesto que los inviernos son terribles en aquellas tierras, era aún más sorprendente. Un día hubo la helada más fuerte que se puede imaginar, y cuando nadie se atrevía a salir fuera si no era bien abrigado, bien calzado, con los pies envueltos en fieltro y pieles de cordero, le vimos salir con la misma capa que llevaba siempre y con los pies descalzos, caminando sobre el hielo con más facilidad que los que iban calzados, hasta el punto de que algunos soldados le miraban mal, pensando que les hacia un desprecio. 

Y esto es lo que tenía que decir sobre su resistencia, pero lo que hizo y soportó este valiente allí, en plena guerra, aún tenéis que oírlo, pues vale la pena.

En otra ocasión, se puso a meditar, y estaba de pie, en el mismo sitio, desde el amanecer. Perseguía una idea, y como no lograba resolverla, permaneció de pie, obstinadamente sujeto a su búsqueda. A media día, los soldados le observaban diciéndose unos a otros con sorpresa: Sócrates sigue ahí, de pie, desde que amaneció. Ya al atardecer, algunos jonios, después de haber cenado, sacaron fuera sus camas de campaña, para dormir al fresco, porque estábamos en verano, y miraban a Sócrates para ver si permanecería así el resto de la noche, y él siguió, en efecto, en la misma postura hasta la aurora. Al final, se fue tras hacer su plegaria al sol.

¿Queréis saber cómo era en combate? Pues aquí también hay que hacerle justicia. En la batalla por la que me concedieron el premio al valor, no me salvé por mí mismo. Estaba herido; él no quiso abandonarme y me salvó junto con mis armas.

Tú lo sabes, Sócrates; entonces yo mismo pedí a los estrategos que el premio fuera para ti. Pero querían dármelo, por mi rango y además tú mismo insististe más que ellos mismos, para que me la dieran a mí. 

Y todavía, señores, hay una ocasión en la que la conducta de Sócrates merece vuestra atención. Fue cuando se produjo la retirada del ejército tras la derrota de Delio. El azar me puso a su lado, pero yo iba a caballo y él a pie, como hoplita, es decir, cargado con armas muy pesadas. Los soldados escapaban por todas partes y él también se retiraba, junto con Laques. Los encontré casualmente, como dije, e inmediatamente traté de levantarles el ánimo, asegurándoles que no los abandonaría. En aquella ocasión pude observar a Sócrates mejor que en Potidea, porque yendo a caballo, estaba más seguro. Pronto me di cuenta de que era superior a Laques en sangre fría, pues noté que allí, igual que lo hacía en las calles de Atenas, avanzaba, según tus propias palabras, Aristófanes (4), pavoneándose y mirando de lado; observaba fríamente a amigos y enemigos, aunque saltaba a la vista, incluso de lejos, que si se le atacaba, se defendería valientemente. Así pues, se alejó sin ser molestado, junto con su compañero. Ya sabéis –amigos-, que en la guerra generalmente no se ataca a los hombres que muestran tal disposición, sino que se persigue más bien a los que huyen en desbandada.

Podría citar muchos rasgos admirables en alabanza de Sócrates, porque si en lo que concierne a su conducta en general, tal vez se podría decir lo mismo de otros, aún queda algo completamente extraordinario, y es que él no se parece a ningún hombre del pasado, ni del presente. Aquiles tiene sus pares; se le puede comparar con Brasidas (5) y otros; Pericles, los suyos, por ejemplo, Néstor, Antenor y otros más; en fin, a todos los grandes hombres se le pueden encontrar pares en todos los géneros, pero a un hombre tan original como este y con un discurso como el suyo, se le puede buscar, pero no se hallará a nadie parecido, ni en el pasado, ni en el presente, a menos que se le compare como dije, con un semidiós, porque él y sus discursos no admiten comparación con nadie.

Hay, sin embargo, algo que he omitido decir al principio; que sus discursos también se parecen a las estatuillas de que hablé antes en otro detalle. Si nos ponemos a escuchar sus discursos, al principio parecen grotescos; son tales los giros y palabras en que envuelve sus pensamientos, que parecen sátiras. Habla de asnos ignorantes, de herreros, zapateros, etc. y parece que siempre dice lo mismo y en los mismos términos, de forma que no hay un necio o ignorante que no tenga la tentación de reírse; pero hay que abrir esos discursos y meterse en su interior, y se hallará, primero, que encierran un sentido que nadie más tiene; que además son los más divinos y más ricos en imágenes de virtud, y en fin, que encierran todo cuanto conviene tener a la vista para convertirse en un hombre honesto.

He aquí, señores, lo que yo encuentro para alabar a Sócrates, aunque he mezclado algún reproche por la injuria que me hizo. Y no soy el único a quien ha tratado así, hizo lo mismo a Cármides, hijo de Glaucón; a Eutidemo, hijo de Diocles y a muchos más, a los que engaña ofreciéndose como amante, cuando está asumiendo el papel de amado. 

Te lo advierto también a ti, Agatón, para que no te dejes engañar por este hombre, y para que aprendas de nuestra experiencia, te pongas en guardia e imites al insensato que, según el proverbio, es aprehendido por aprender.

Cuando Alcibíades terminó e hablar, todos se rieron de su franqueza, y porque aún parecía haber sido aprehendido por Sócrates.

-Nadie diría que has bebido, Alcibíades –dijo Sócrates-; nunca procediste por giros tan sutiles en torno a tu tema, para intentar encubrir su verdadero objetivo, pues no has hablado de ello sino al final y como de algo accesorio, como si solo hubieras tomado la palabra, sin más objeto que enredar a Agatón contra mí, pretendiendo que yo debería amarte sólo a ti y que Agatón debe ser amado por ti y sólo por ti. Pero no nos has engañado: hemos visto claramente en tu drama satírico y en tus estatuillas. Pero actuemos, Agatón, de modo que Alcibíades no gane este juego y arréglatelas para no permitirle que nos separe. 

-Bien podrías tener razón, Sócrates, dijo Agatón. Y lo creo por el simple hecho de que ha ido a colocarse entre tú y yo para separarnos; pero no ganará nada, porque ahora voy a volver a tu lado. 

-¡Eso es! –dijo Sócrates-, ven a sentarte a mi derecha.
-¡Oh, Zeus! –exclamó Alcibíades, -¿cuánto me queda por sufrir de este hombre que siempre pretende imponerme su ley?

Después llegó otro grupo de jóvenes bulliciosos; y todos volvieron a beber.

Entonces, Erixímaco, Fedro y otros –según dijo Aristodemo-, se retiraron. En cuanto a él mismo, cediendo al sueño, durmió mucho tiempo, pues las noches eran largas, pero los gallos cantaban ya y el día nacía cuando se despertó. Al abrir los ojos, observó que los demás dormían o se habían ido, y que sólo Agatón, Aristófanes y Sócrates estaban aún despiertos y bebían en una ancha copa que circulaba de izquierda a derecha. Sócrates charlaba con ellos, pero Aristodemo ya no sabía qué asuntos estaban tratando, porque no los había seguido desde el principio, ya que se había dormido, pero dijo que en resumen, Sócrates los había llevado a reconocer que un hombre debe saber ser a la vez cómico y trágico, y que cuando se es poeta trágico según las reglas del arte, se es también cómico. 

Después, cuando todos se quedaron dormidos, Sócrates se levantó y se fue. Aristodemo le siguió, como tenía por costumbre. Sócrates volvió al Liceo, y después de bañarse, pasó el resto del día en sus ocupaciones ordinarias; finalmente, volvió a su casa para descansar.

Platón, el “Cronista”. Rafael Sanzio. Escuela de Atenas. 
MM. Vaticanos. Estancia del Sello

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NOTAS
1 Iliada, 1. XIV, v. 514.
2  Odisea 1. XII, V. 47.
3 Locución proverbial que hace alusión al cambio de armas entre Diomedes .y Glauco en la Ilíada, 1. VI, v. 236
4 Expresiones aplicadas a Sócrates en el coro de Las Nubes de Aristófanes, v. 361.
5 General lacedemonio, muerto en Antípolis en la guerra del Peloponeso.— Tucídides, V, 6.
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