sábado, 22 de junio de 2013

Adelbert von Chamisso: EL HOMBRE SIN SOMBRA

Adelbert von Chamisso

Entre las principales composiciones de Robert Schumann –si no lo son todas–, destaca un conjunto de Lieder para voz y piano, titulado Frauenliebe und lebenAmor y Vida de una Mujer. Se trata de un ciclo basado en los poemas del mismo título, de Adelbert von Chamisso (1781–1838). Tal vez hoy resulten algo triviales aquellos versos –no así la música, que, sin embargo, ha trascendido su época–, pero en su día y, precisamente, popularizados por Schumann, gozaron de un éxito indiscutible, quizás muy propio del romanticismo alemán.

El poemario contenía otras obras, como Lágrimas; Canciones y cuadros de la vida, o incluso, Don Quijote, ninguna de las cuales ha podido gozar del mismo hálito de eternidad con que las emotivas notas de Schumann, dotaron a los ocho poemas del Frauenliebe… Op. 42.

SeitSeit ich gesehen (Desde que le vi).
Er, der Herrlichste von allen (Él, el mejor de todos)
Ich kann’a nciht fassen (No puedo comprenderlo, ni creerlo)
Du Ring an meinem Finger (Tú, anillo de mi dedo)
Helft mir, ihr Scwestern (Ayudadme, hermanas)
Süber Freund, du blickest mich verwundert an (Dulce amigo, me miras confuso)
An meinem Herzen, an meiner Brust (A mi corazón, a mi pecho)
Nun hast du mir den ersten Schmerz getan. (Ahora me has causado el primer dolor.)

Se trata de la emoción que despierta la llegada del amor a la vida de una muchacha, hasta que este la abandona en brazos de la muerte; el primer dolor, dentro del más definido tono de la poesía del romanticismo en la Alemania del siglo XVIII, considerada la cuna de este movimiento literario y artístico.

Sin embargo, von Chamisso no puede ser definido como poeta alemán; primero porque no es sólo poeta y después, porque no es sólo alemán. Para empezar, ni siquiera se llamaba Adelbert von Chamisso, sino Louis Charles Adélaïde de Chamissot de Boncourt; había nacido en Francia –en el Château de Boncourt, en Ante, próximo a Châlons–en–Champagne. –Châlons sur Marne, hasta hace muy pocos años–.

Claustro de Notre–Dame–en–Vaux, Châlons en Champagne; románico del siglo XII. Destruido en el XVIII –en la época de Chamisso–, ha sido reconstruido en parte, a base de fragmentos recuperados.

Por último, además de poeta y narrador de gran éxito -o, por atenernos mejor a la realidad de sus dotes-, más que poeta, Chamisso fue un extraordinario Botánico, a quien la ciencia debe una clasificación, entonces exhaustiva, de la vegetación de buena parte del mundo. 

Tal vez la imagen literaria que mejor habla del carácter romántico del poeta y de su vida, finalmente identificada con el territorio y la poesía alemana, la constituye su poema Das Schloß Boncourt, El Castillo de Boncourt, de 1827, inspirado en un viaje a Francia para visitar las antiguas tierras familiares que ya creía olvidadas desde su partida, en 1792 –a los once años–, aunque la propiedad había desaparecido después de la Revolución.

                    Ich träum als Kind mich zurücke,
                    Und schüttle mein greises Haupt;
                    Wie sucht ihr mich heim, ihr Bilder,
                    Die lang ich vergessen geglaubt?

          Vuelvo como en un sueño infantil
          e inclino mi cabeza encanecida;
          ¿qué buscáis en mí, imágenes
          que ya creía olvidadas?

          Un luminoso castillo se eleva
          por encima de los sombríos campos.
          reconozco las torres, las almenas,
          el puente de piedra, el portón…

          Los leones del blasón me acogen
          con miradas familiares;
          saludo a estos viejos conocidos
          y entro deprisa en el patio.

          Ahí está la esfinge de la fuente, 
          allí reverdece la higuera
          y tras esas ventanas
          soñé mi primer sueño.

          Entro en la capilla
          y busco la tumba de mis antepasados.
          Ahí está; sus viejas armas
          cuelgan de la gran columna.

          Pero los ojos, entre lágrimas
          aún no pueden leer sus epitafios,
          aunque una gran claridad
          traspasa los vitrales de colores.

          Así, castillo de mis mayores,
          permaneces en mí, piadosamente,
          aunque hayas abandonado esta tierra
          que ahora surca el arado.

          Para volver a encontrarme, iré
          con el laúd en la mano,
          a recorrer países lejanos
          cantando, de una tierra a otra.

Nacido en 1781, Chamisso se vio forzado a salir de Francia junto con su familia, que, perteneciente a la nobleza, trataba así de evitar los peligros inherentes a la Francia Revolucionaria. En busca de alguna fortuna, los Chamissot recorren sucesivamente los Países Bajos, Holanda y Alemania, donde ya con quince años, Adélaïde encuentra un trabajo como paje de la esposa de Federico Guillermo II, Federica Luisa de Hesse-Darmstadt, en Berlín.

Federico Guillermo II y Federica Luisa de Hesse-Darmstadt

Antes de cumplir los 18, ingresa en el ejército como abanderado de un regimiento de Infantería en Berlín, donde alcanza el grado de Teniente en 1801. Cuando sus padres vuelven a Francia, Chamisso, que ya ha dado sus primeros pasos en la poesía, opta por permanecer en Prusia, donde consigue fondos para lanzar el Musenalmanach Almanaque de las Musas- con el apoyo del filósofo Fichte, a la vez que estudia Latín, Griego y otras lenguas contemporáneas, hasta que la guerra, en la que participa como oficial, viene a interrumpir su vida, al  ser hecho  prisionero en Hamelin, tras la capitulación del ejército prusiano. Una vez liberado, vuelve a Francia, pero sus padres han fallecido.

En otoño de 1807, cuando finalmente puede volver a Berlín, atraviesa un período inactivo y solitario, hasta que en Francia –Napoléonville, hoy La Roche-sur-Yon-, le ofrecen un puesto como profesor de Liceo, que acepta, pero ya no le atrae la vida en aquel reino y mantiene el trabajo muy poco tiempo. Sin embargo, encuentra la oportunidad de integrarse en el restringido círculo literario de Madame de Staël -Baronesa de Staël Holstein, suiza afincada en Francia, e hija de Necker, el famoso Ministro de  Finanzas de Luis XVI-, a la que Chamisso admira por enfrentarse a Napoleón. Con ella viaja a Suiza.

Mme. de Staël

Chamisso era muy alto, de largo cabello rubio, amables modales, noble apariencia y tenía gran facilidad para comprender el mundo de los niños.


En 1812 se encuentra de nuevo en Berlín, donde continúa los estudios de Ciencias Naturales, que había empezado en Francia y al año siguiente escribe la novela sobre Peter Schlemihl, un hombre sin sombra y sin destino, de la que vamos a ocuparnos.

Chamisso no podía nacionalizarse alemán, pero ya tampoco se sentía francés y de nuevo la desesperación por la inactividad empezó a hacer mella en su ánimo, cuando casualmente, leyó en un periódico que se preparaba una expedición al Polo Norte, que dirigiría Otto von Kotzebue, -О́тто Евста́фьевич Коцебу́- hijo también de un poeta alemán, aunque nacido en Rusia. A última hora, Chamisso  sustituyó al botánico de la expedición, que había abandonado el proyecto que se desarrollaría a lo largo de tres años, hasta 1818, y durante el cual, el poeta recibió la base de los conocimientos que conformaron su trabajo científico y su manera de escribir en el futuro. 

Dos libros fueron el resultado de su experiencia: un diario: Viaje alrededor del Mundo,  en el que relata su navegación a través del Pacífico y el Mar de Bering, durante el cual observó y describió un gran número de especies vegetales hasta entonces desconocidas y, Observaciones y opiniones sobre una exploración al mando de Kotzebue

La abreviatura Cham. se emplea todavía para referirse a Chamisso como autor de la descripción científica de los vegetales que clasificó.

Muy al estilo de Rousseau, admiraba profundamente la personalidad simple e inteligente de personas no contaminadas por la civilización occidental; en los mares del Sur conoció a un nativo llamado Kadú, que fue su criado, al que definió como: una de las más atractivas personalidades que he encontrado en la vida y una de las personas que más he amado.

A la vuelta, Chamisso llega a una conclusión con respecto a su identificación originaria; después de muchos años de duda y dificultades, concluye que es y se siente esencialmente alemán y escribe un poema en el que expresa su deseo de descansar un día en aquella tierra.

Federico Guillermo de Prusia, siempre admirador suyo, le nombra conservador del Jardín Botánico, y director del Herbario Real, con un sueldo notable, que le ayuda a decidirse al matrimonio y a adquirir, por fin su propia casa. 

Para entonces, su prestigio se había extendido notablemente. Heine dijo de él que el trabajo le rejuvenecía de manera esplendorosa, refiriéndose a la brillante energía que irradiaba.

Sueño y despertar, escrito en 1837, fue una mirada sobre su historia, gravada ya por cierta melancolía, a causa de una enfermedad pulmonar, que acabó con su vida el verano siguiente. Su obra literaria ya era sobradamente conocida en toda Europa bajo el nombre de Adelbert von Chamisso.

Aunque hoy sea problemático acercarse a su mentalidad, en la que se une un perfecto vocabulario con las situaciones más extremas que pueden darse en el ser humano, Chamisso es considerado, entre otras cosas, como el creador de los mejores tercetos escritos en alemán; unos versos aparentemente muy sencillos en los que apenas insinúa, pero que están llenos de sensibilidad y a la vez  son drásticamente audaces en su expresión.

Pero lo que le aportó a Chamisso la fama y el ascenso al Olimpo literario, no fue la poesía, sino un librito fantástico en prosa, que todavía resulta intenso y vital de principio a fin, tal vez porque se trata de un calco de su vida, trasladado a una historia inventada, pero con muchos reflejos biográficos.

Se trata de La maravillosa historia de Peter Schlemihl, escrita en 1813.

Chamisso trabajaba en estudios sobre botánica en las tierras de la familia Itzenplitz. Según él mismo contó, empezó a escribir su cuento para entretener a los hijos de su amigo Eduard Hitzig, aunque otros elementos influyeron en la gestación del argumento.

Durante un viaje perdí el sombrero, la manta de viaje, los guantes, el pañuelo de bolsillo, y todo lo que llevaba. Fouqué me preguntó si no había perdido también la sombra, y ambos nos representamos una desgracia semejante. En otra ocasión hojeé un libro de Lafontaine en el que un hombre complaciente, en medio de un grupo de personas, saca de su bolsa todos los objetos que le van pidiendo. Se me ocurrió que quizá si se le pedía de la forma conveniente, aquel hombre sería capaz de sacar de su bolsa un carruaje con sus caballos. Así quedó listo el Peter Schlemihl, y me puse a escribirlo en el campo, cuando el aburrimiento y el ocio me lo permitieron.

Wilhelm Rauischenbusch, otro amigo del poeta, que además publicó sus obras, explicó que a la creación de la fábula había contribuído decisivamente un paseo que Chamisso dio, también con Fouqué, por Nennhausen, una finca propiedad de este último.

El Sol proyectaba largas sombras, de modo que el bajito Fouqué, parecía casi tan alto como el alto Chamisso. 

-Oye, Fouqué, -dice Chamisso-, ¿qué pasaría si ahora enrollase tu sombra y tuvieras que caminar sin ella junto a mí? 

A Fouqué la pregunta le pareció fastidiosa, pero la idea animó a Chamisso a seguir alargando, con ánimo de broma, el asunto de la falta de sombra.

El resultado, una creación literaria inmortal, traducida en todo el mundo. Se dice que Hoffmann, no salía de su asombro y admiración mientras se la leían.

A pesar de su apariencia infantil, el cuento tiene demasiada profundidad como para considerarlo simplemente una fantasía y encierra, sin duda, algo de la profunda inquietud que ensombreció durante años la vida de su autor.

Un viajero cuya descripción encaja exactamente con la del propio Chamisso, le entrega a este un manuscrito en el que relata su terrible historia: no tiene sombra y esa carencia le está llevando a la desesperación, a pesar de que dispone de todos los bienes materiales que un ser humano puede desear. 

Otro hombre cuya apariencia no podía ser más común, finalmente reconocido como el diablo, tenía un bolsillo del que, como en la obra de Lafontaine, podía salir toda clase de objetos imposibles, había ofrecido al protagonista una bolsa sin fin, de la que se podía sacar todo lo que se deseara, sólo a cambio de su sombra. Schlemihl había aceptado sin apenas dudarlo, y el hombre se llevó su sombra guardada en el bolsillo sin fondo, después de despegarla del suelo y enrollarla cuidadosamente. 

El protagonista pronto se da cuenta de que todo el mundo le rechaza horrorizado en cuanto comprueba que no tiene sombra, algo que tiene, incluso cualquier perro y el fenómeno le lleva a vivir situaciones extremadamente angustiosas de las que sólo se verá libre, entregando su alma a cambio de la sombra que tan ligeramente había entregado.
Sobre el pergamino estaba escrito: Por esta firma doy mi alma al poseedor de este documento, después de su natural separación de mi cuerpo.

El hecho más interesante de la narración, probablemente en el que reside su genialidad, es que el autor nos hace creer angustiosamente de principio a fin en la realidad del caso; y en la forma en que la falta de sombra convierte de la vida del protagonista en una tragedia insoportable. 

Tal vez la maravilla consista en el ingenioso arte de trasladar a la historia, como causa de rechazo, un motivo tan absurdo, que quizás no lo es tanto si pensamos en otros motivos de rechazo entre los seres humanos, como, por ejemplo, en el caso de Chamisso, la carencia -involuntaria- de una nacionalidad definida, por cuya causa, en realidad no era francés en Francia, ni alemán en Alemania. La inestable línea fronteriza entre ambos reinos provocaría, con el tiempo, dramáticas situaciones a diversos personajes históricos.

Botánica, música, fantasía y poesía, conforman a uno de los autores más complejos e interesantes del romanticismo alemán, al que todavía podemos leer con interés y satisfacción.

A mi viejo amigo Peter Schlemihl

            Quisiera saber lo que es una sombra.
            ¡Cuántas veces me lo he preguntado! 
            ¿Es tan enormemente inapreciable,
            que el malvado Mundo no puede pasarse sin ella? 
            Esto es lo que sé
            después de haber pasado diecinueve mil días sobre mí
            acumulando sabiduría:
            los que hemos concedido un ser a la sombra,
            vemos ahora a la sombra disfrazarse de ser.

            Démonos la mano por encima de todo,
            Schlemihl.
            Sigamos avanzando
            y dejemos las cosas como están,
            por nada del Mundo
            nos preocupemos por tenerlas bien sujetas.
            Nos deslizamos ya cerca del fin.
            Que rían y cambien unos y otros; 
            nosotros,
            después de la tempestad,
            dormiremos tranquilos un sano sueño en el puerto.

                           Adelbert von Chamisso. Berlín, Agosto de 1834


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