sábado, 15 de junio de 2013

Del amor de Carlos V

Don Carlos, alrededor de los 15 años. Van Orley

Cuando Carlos I leyó el texto de los acuerdos para su boda con la Infanta portuguesa Isabel de Avis, su prima, sólo vio una cuantiosa dote que, en breve, podría sacarle de sus agobiantes y eternos apuros económicos. Se sentó cómodamente, tomó papel y pluma y trató de calcular cómo podría hacer frente a sus más acuciantes deudas. Sus ejércitos acuartelados en Italia, por ejemplo, llevaban mucho tiempo sin recibir paga alguna, por lo que se hallaban en estado de extrema necesidad.

Don Carlos se animó un poco pensando que un pequeño anticipo sobre las pagas atrasadas, mejoraría algo la decaída moral de aquellos hombres que, en cierto modo, constituían los pilares de su poder. 

Después, dejó la pluma en el tintero y pensó en sí mismo. Se acercaba a la madurez y no había realizado todavía ninguna hazaña famosa; preocupante aspecto que, al parecer, le mantuvo todavía un buen rato en el mundo de la contemplación. En suma, tenía muchas posibilidades por delante, pero no disponía de medios para hacerlas realidad. Todo era demasiado complicado y el futuro se presentaba muy turbio.

De un golpe alejó de sí la copia del acuerdo y empezó a deprimirse.

Sólo un detalle había quedado fuera de su panorámica: la novia con la que iba a comprometerse. En ninguno de sus proyectos aparecía el menor interés hacia su persona; al fin y al cabo, la boda no era más que un acto de Estado del que la joven infanta portuguesa era el instrumento, además, por entonces, él tenía en curso otros asuntos amorosos muy interesantes y aquella boda no constituiría sino un lapso en sus desenfadadas relaciones con otras damas.

Pero, cuando al fin vio a la novia, recuperó el ánimo y las graves preocupaciones sobre las necesidades de sus ejércitos, dejaron de inquietarle momentáneamente. La infanta le pareció muy hermosa y, como no tenía necesidad de cortejarla, expresó y cumplió su deseo hacia ella de inmediato. Evidentemente, no hubo objeciones, ya que Isabel mostró, entonces y siempre, una excelente disposición a satisfacer a su esposo. Y así, tras unos meses de luna de miel en el bellísimo palacio de la Alhambra de Granada, rodeados de artistas, poetas y flores, se produjo la esperada buena nueva; la reina había quedado embarazada.


El palacio en la Alhambra

El evento obligaba a realizar algunos cambios. Por un lado, la salud de la madre se convertía en una cuestión prioritaria y, por otra parte, había que seleccionar cuidadosamente el lugar donde el fruto de aquellos esplendorosos amores debía nacer; estamos hablando del posible heredero de un gran imperio.

La elección recayó en Valladolid; una de las ciudades protagonistas del levantamiento Comunero, se convertiría temporalmente en sede de la Corte castellana. 

El viaje era largo y hacía frío, de modo que, para evitar molestias y dificultades a la joven y delicada madre, se decidió afrontarlo de modo que ningún esfuerzo extraordinario pudiera afectar a la criatura o a ella. Y así, la última semana de febrero, entraba en la ciudad del Pisuerga el enorme séquito. Doña Isabel llegó descansada; había hecho el viaje en una litera, a hombros de recios porteadores. La casa palacio de los Pimentel sirvió de cobijo a la familia real, pues, aunque cueste creerlo, no tenían residencia propia. 

Había llovido durante toda la noche y continuaba haciéndolo a las cuatro de la tarde del día 21 de mayo de 1527, cuando al fin llegaba al mundo el príncipe de España tras un laborioso viaje emprendido la madrugada anterior. Durante las dieciséis horas que duró el alumbramiento, la reina no expresó la menor queja, aunque las lágrimas fluyeran silenciosas a causa del sufrimiento y la fatiga y, aunque las comadronas le repitieran que un buen grito relajaría la tensión de sus agarrotados músculos. Prefería morir antes que escandalizar con semejante ordinariez a los múltiples y nobles testigos del trascendental y doloroso evento. En todo caso, había sido educada en la necesidad de que nada de lo que pasara por su conciencia tuviera reflejo en el rostro, ya fuera un evento triste o alegre, trascendente, o menudo. Esta facultad la heredó don Felipe; no es de extrañar, pues, que un visitante francés dijera que la rigidez de su rostro en las audiencias, era tal, que, no se alteraría ni aunque se le metiese un gato en las bragas.

(Bragas: En singular o plural, pantalón de hombre. M. Moliner).

El día 5 de junio, cuando la reina aún guardaba cama, un brillante cortejo acompañó al Condestable de Castilla que, ayudado por el Duque de Alba, llevaba en brazos al niño hacia la pila bautismal, a cuyo efecto y, en previsión de más lluvias, se construyó un gran pasadizo de madera que unía la casa de los Pimentel con la Iglesia de San Pablo, donde esperaba el arzobispo de Toledo.

El duque de Alba, siempre acorde con su belicoso temperamento, montó en cólera cuando, sorprendido, supo que el niño iba a ser bautizado con el nombre de Felipe. Allí mismo, junto a la pila bautismal, expresó su disgusto, pues creía, como todo el mundo, que debía llamarse Fernando, en honor al abuelo paterno, el Católico por excelencia. Pero de nada sirvió su reclamación, don Carlos había decidido que su padre el Hermoso, también por excelencia, era quien merecía el homenaje. Al fin y al cabo, Felipe el Hermoso, también había sido rey en España.

Alba pensó, ¿cómo vamos a comparar...?- pero se limitó a torcer el gesto y aguantar, porque ni él, por noble y tenaz que fuera, podía llevar la contraria al orgulloso padre. Con el tiempo, todo el reino terminó por acostumbrarse a tan novedoso nombre. 

Finalmente, Alonso de Fonseca, el arzobispo de Toledo, derramó el agua bautismal sobre la ilustre cabeza del nuevo Príncipe de España, a quien amadrinaba doña Leonor, la hermana de don Carlos. Después empezaron las fiestas.

Fue entonces cuando llegó a aquel Valladolid sumergido en el jolgorio y rebosante de gentes nativas y forasteras, la sorprendente noticia: Roma había sido tomada al asalto y saqueada por aquellos soldados sin paga que don Carlos tenía tan olvidados. En el corazón de la cristiandad, se habían sucedido robos, asesinatos y violaciones sin número, y sin que nadie acudiera en su defensa. El mismo pontífice se vio forzado a abandonar su habitual residencia para convertirse en rehén de las furibundas tropas asaltantes. 

La noticia tenía su doble aspecto para don Carlos, pues por una parte, el enérgico florentino Clemente VIIHijo natural del Magnífico Juliano de Médici nacido por parte de madre de muchacha que no tenía marido, Fioretta, hija de Antonio– no hacía sino traicionar sus intereses, pero, por otra, era el Vicario de Cristo en la tierra, de modo que, don Carlos suspendió las fiestas, pero retrasó la orden de liberar al pontífice hasta obtener de él la seguridad de una mejor colaboración y la promesa de que, un día, pondría la corona del Imperio sobre su cabeza. El asunto causó una gravísima preocupación a la reina y alteró mucho su estado de ánimo, lo que repercutió visiblemente en su delicada salud; su respeto hacia el Papa le impedía aceptar en su esposo una actitud a la vez impasible y ofensiva contra el jefe de la Iglesia.

Clemente VII, de Sebastiao dei Piombo. Museo Capodimonte

Una castellana, María de Sarmiento y dos portuguesas, Leonor de Mascarenhas e Inés Manrique, fueron las encargadas de colaborar con la madre en la crianza del futuro rey, lo que, en opinión de algunos, hizo que el príncipe fuera en el futuro muy portugués en ciertos aspectos de su personalidad. 

En conjunto, simplificaríamos su ascendencia del siguiente modo: media parte castellano; la más dominante, mientras que la otra mitad, se repartiría por igual la herencia flamenca -de donde procederían el pelo claro y los ojos tirando a azules- y, la portuguesa, muy semejante a la castellana, que, al fin, la reina era de la familia. Andando el tiempo, fueron la herencia y el carácter materno los que se impusieron, al menos, aparentemente. Y así, aunque don Felipe soñó siempre con emular a su padre algo que, como sabemos, no fue posible , sintió y actuó como su madre. Se suele decir que la fuerte impronta que esta dejó en su personalidad, marcó algunas de sus decisiones políticas y personales más transcendentes. 

De doña Isabel se habló siempre como de una mujer hermosa y ciegamente leal al emperador, pero muy severa, siempre triste y muy religiosa; beata, en realidad. Sometida al protocolo impuesto por los gustos borgoñones de su esposo, tan extraños y desagradables a los ojos de los españoles, mostraba siempre un rostro hierático en el que nunca la sonrisa y, mucho menos, la risa, pudieron marcar huellas.

¿Queréis saber cómo toma sus comidas? Acompasada, temblando de frío, sola y silenciosa, mientras todos la miran fijamente; cuatro circunstancias de las que una sola basta para quitarme el apetito , escribía el obispo Guevara al marqués de los Vélez. Además, como la servidumbre todavía no había asumido aún el estricto protocolo, mientras la reina comía en silencio, las criadas y los camareros charlaban alegremente en su presencia, igual que lo harían delante de una estatua.

Desde el principio, don Felipe precisó constantes cuidados médicos y fue objeto de una vigilancia obsesiva por parte de la atribulada madre, que hubo de  afrontar, sin tregua, los riesgos que amenazaban la débil salud del heredero, quien, a pesar de su aparente fragilidad, alcanzó una edad muy superior a la de ella y a la de su esposo.

Un brote de cólera obligó a la corte a abandonar Valladolid a toda prisa; una vez más, la muerte aceleraba el paso de las carretas. Desde mediados de octubre, la familia se instaló en Burgos mientras esperaban la llegada de la primavera para trasladarse a Madrid, ciudad donde las Cortes habían de jurar al heredero el 19 de abril de 1528. Tras la ceremonia, don Carlos se fue solo a  presidir nuevas Cortes, esta vez en Monzón.

A pesar de que se aplicaban rigurosamente todas las medidas higiénicas propias de la época -casi siempre las más impropias-, con frecuencia aparecían en la piel del niño príncipe eccemas y erupciones reacias a todo tratamiento. La reina afrontaba a solas el trascendente quehacer, ya que la ausencia del padre fue la tónica habitual durante su matrimonio. Don Carlos siempre estaba fuera de España, aunque enviaba numerosas instrucciones o cartas y utilizaba diversos intermediarios. Doña Isabel sufrió y lloró muchas veces de angustia, desamparo y soledad, pero su esposo era sordo a aquellos lamentos a pesar del amor que le profesaba. Don Felipe, en consecuencia, careció de un afecto que no podía percibir a través de la correspondencia oficial. El hecho no era excepcional; la crianza y educación de los niños se entendía como tarea exclusivamente femenina.

Dos meses después de la jura, el 21 de junio de 1528 nació en el alcázar de Madrid una niña, María, mientras don Carlos peleaba con los representantes aragoneses en Monzón. Doña Isabel salió del parto muy debilitada y sufriendo graves fiebres que, milagrosamente remitieron cuando bebió agua de la fuente de San Isidro, en cuyo honor se construyó la famosa Ermita del Santo en la pradera del Manzanares, en Madrid.

María. A. Moro

Apenas había cumplido Felipe su primer aniversario, cuando su padre emprendía un nuevo viaje. Esta vez la ausencia fue larga; se embarcó en Barcelona el 21 de julio de 1528 para no volver al mismo puerto hasta el 22 de abril de 1533, de modo que no llegó ni a conocer a su segundo hijo varón, nacido en octubre y que sólo vivió seis meses. 

D. Carlos con su perro favorito, Samperé. Tiziano, 1532

Lo más probable es que la madre hubiera perdido a este niño de todos modos, pues don Carlos había prometido regalarlo a su señora tía, doña Margarita de Austria, única hermana de su padre, a quien conocemos como el Hermoso, porque la Archiduquesa había sido una verdadera madre para él y no tenía hijos. Doña Isabel no se mostró dispuesta a cumplir palabra tan ligeramente dada por su marido, por lo que Margarita había intentado imponer su voluntad velando sus amenazas con curiosas promesas: Así, os ruego, señora, que no me queráis contradecir. Yo solicitaré a Su Majestad, cuando lo vea, que os vaya a ver y comience otro.

Nuestro heredero, cuidadosamente rodeado de una corte de más de cincuenta damas, siempre dispuestas a atender sus menores caprichos, aprendió a cazar con una pequeña ballesta, regalo de su madre, y se entretenía en combates caballerescos usando cirios como espadas. Entre tanto, recorrió diversas ciudades españolas que doña Isabel debía visitar con frecuencia en su calidad de regente. Hasta que se produjo el deseado retorno del padre.

Ya estaban en Toledo, ciudad en la que don Carlos se disponía a disfrutar de un breve período de descanso, cuando hizo un lamentable descubrimiento. Doña Isabel, obsesionada por la salud del niño, había olvidado un deber fundamental; Felipe estaba a punto de cumplir siete años y todavía no sabía leer ni escribir. Para ser justos, habría que decir que no tenía por qué haberse sorprendido tanto, porque, en esto sí se parecían padre e hijo, aunque sólo en esto; a ninguno de los dos le atrajo el estudio en su infancia y no parece que hubiera nadie con la autoridad suficiente para convencerles de lo contrario. 

Martínez Silíceo, el futuro cardenal, recibió el encargo de paliar tan grave carencia, si bien con escasos resultados culturalmente hablando, si hemos de creer en la opinión de don Carlos. Silíceo, con la aquiescencia de la madre, se preocupó de buena fe por la formación religiosa del muchacho, y a ella se dedicó con tanto y tan buen empeño, que el príncipe, ya desde muy pequeño, fue llamativamente piadoso, pero terminó escribiendo con faltas y mala letra; lo atestiguan con toda certeza algunos escritos de su mano, cuando no tenía o no quería la ayuda de un secretario. Más adelante, se mostró incapaz para aprender el idioma de ninguno de sus futuros dominios; un poco de italiano, alemán, francés o hasta el flamenco paterno, le hubiera atraído las simpatías de aquellos súbditos, pero no fue así. Parece que comprendía el francés y el portugués, pero que era rotundamente incapaz de hablar el primero y raramente se le oyó expresarse en el segundo.

Felipe II. Anónimo, Taller de Tiziano. 1449
Museo del Prado

Lo cierto es que, dada la importancia que el hecho tendría en el futuro, hay que preguntarse, si lo que impidió la instrucción de don Felipe fue la imprevisión de sus maestros, su propia pereza, o la ineptitud. En ningún sitio está escrito que, porque uno vaya a ser rey, haya de nacer con mejor disposición que los demás para los estudios, aunque, precisamente por ello, su formación requiere una atención especial, de la que él careció en buena parte. Su padre abandonó sus obligaciones en este aspecto, a causa de su dedicación exclusiva al imperio y, la madre, como se ha visto, tenía otras prioridades. El resultado fue que el niño, desde los tres años sabía cabalgar y manejar armas, pero en la actualidad, no sabía leer.

Para marzo de 1535, a punto de cumplir ocho años, se le puso Casa, es decir: doscientas personas a su servicio bajo la mayordomía mayor del duque de Alba, quien también debía iniciarlo en las tareas de gobierno y regimiento mientras su padre se ausentaba de nuevo, esta vez, hacia Túnez, donde halló la gloria de las armas al tomar La Goleta.

El 24 de junio llegaba al mundo otra criatura, una niña, otra vez en casa privada y prestada, porque el Alcázar de Madrid ya era la residencia oficial de Felipe. La niña recibió el nombre de Juana, en honor a la abuela Loca de Tordesillas a quien doña Isabel parecía profesar verdadero afecto.

Juana. A. Moro

Doña Juana recibió la noticia en su encierro, con gran alegría, según su guardián, el marqués de Denia, al que no sabemos si dar mucho crédito, pues escribía lo que sus señores querían leer. Y no porque no creamos que la reina Juana no se mereciera alguna pequeña alegría, o no fuera capaz de percibirla, sino porque no parece que a aquellas alturas, la felicidad de la longeva reina fuera el principal cuidado de sus guardianes.

En la Casa del príncipe todo funcionaba ordenadamente bajo la dirección de don Juan de Zúñiga, que dormía en la misma habitación que su señor, para que tenga con quien hablar si se despierta. Su esposa, Estefanía Requeséns, era amiga de la reina y protegía a don Felipe, cuando, ocasionalmente, la austera madre pretendía darle un azote, provocando con ello la pena y hasta el llanto de sus maternales damas. 

El primo de don Felipe, Maximiliano, que se educaba en España; el hijo de Zúñiga, apellidado Requeséns, como su madre, familiarmente conocido como Luisito, y Ruy Gómez de Silva, por entonces paje portugués de doña Isabel, fueron sus compañeros de juegos y estudios. Juegos y estudios que frecuentemente se veían interrumpidos por intoxicaciones, fiebres, viruelas, y otros achaques del heredero, cuya salud nunca dio tregua a su madre.

Maximiliano II de William Scrots,  Luisito Requeséns y  Ruy Gómez

A finales de 1536 llegaron cartas de don Carlos en las que anunciaba su inminente retorno y pedía a su esposa que se trasladara con los niños a Tordesillas, donde vivía -o moría-, la solitaria y ya casi olvidada abuela doña Juana, junto a la cual tenía previsto pasar las Navidades. Un breve espacio de sosiego y ocasión para que los niños se familiarizaran algo con su padre, antes de que los abandonara una vez más, en agosto de 1537, dejando a su esposa embarazada y sumida en una gran congoja.

La soledad, las pesadas responsabilidades de la regencia y, el nacimiento de otro hijo en Valladolid, en octubre, que también moría a los pocos meses, sin que su padre llegara a conocerlo, minaron de forma irreversible la salud y la moral de la madre, quien, a pesar de sus continuas reclamaciones, no consiguió que don Carlos volviera hasta octubre de 1538 y eso, porque debía presidir Cortes en Toledo, las últimas, por cierto, a las que convocó la nobleza, ya que él necesitaba dinero y aquellos sólo le daban consejos, como que dejara de exponer su vida con tanto viaje y se tomara un tiempo para atender a los asuntos relativos a su Corona española.

En la ciudad del Tajo disfrutó doña Isabel de unos pocos meses de tranquilidad junto a su esposo, quien, a pesar de todo, se encontraba cazando en Aranjuez, en compañía del príncipe, cuando el 21 de abril de 1539, se produjo el parto prematuro de un niño al que, en un precipitado bautismo de socorro, se le impuso –ahora sí-, el nombre de Fernando. 

La madre salió gravemente dañada del evento y, aunque don Carlos apresuró la vuelta al recibir la noticia, cuando llegó a Toledo, ya era demasiado tarde. 

Infinitas veces se le oyó decir que jamás se perdonaría el hecho de no haber estado presente en las últimas horas de su esposa.

El físico Villalobos le había mantenido constantemente informado del riesgo de aquel embarazo y de su probable desenlace. Temía que si se cumplían las fatales previsiones de su diagnóstico, le echarían las culpas, al puto de su abuelo. Ya se sabe que todo error –real o supuesto , achacable a un descendiente de converso, es responsabilidad del abuelo que, en su día, optó por convertirse al cristianismo para poder seguir viviendo en estos reinos

De todos modos, la melancólica reina Isabel había rechazado la intervención de los médicos, declarando que si Dios deseaba conservarle la vida, lo haría sin la ayuda de éstos, y que si había decidido lo contrario, tampoco podrían hacer nada para evitarlo. Sea como fuere, expiraba el primer día de mayo, afirmando su confianza en la decisión divina y su desconfianza en la capacidad de los físicos encargados de mantener una existencia a la que ella parecía haber perdido el apego.

Terriblemente abatido, don Carlos se encerró en el monasterio de Sisla, en Toledo, evitando todo trato humano, razón por la cual caía sobre su primogénito, Felipe, la tarea de presidir el cortejo fúnebre que debía acompañar el féretro de la reina hasta Granada. 

Estaba este por cumplir los doce años, lo que explicaría su infantil desamparo y copioso llanto. Se dice que, apenas iniciaba el séquito la marcha, la aflicción, fiel precursora de quebrantos físicos, le obligó a regresar a Toledo. Otros afirman que ya entonces había aprendido a ocultar sus sentimientos y que no se le vio derramar una sola lágrima, actitud supuestamente heredada de su señora madre y perfeccionada por los desvelos de Zúñiga, que don Felipe llegó a dominar como maestro. El hecho, no del todo seguro, es que abandonó el cortejo. Afortunadamente para él, sin duda, ya que, gracias a ello se vio libre de la obligación de reconocer los corrompidos restos de su madre cuando llegaron a su destino definitivo. 

La reina había expresado su deseo de que nadie, bajo ningún pretexto, pusiera las manos en su cuerpo, de modo que no fue embalsamada. También se dice que, cuando el duque de Gandía, don Francisco de Borja, hubo de atestiguar, ya en Granada, la identidad de aquel cuerpo, tan bello dos semanas antes, decidió que nunca más serviría a un señor que pudiera morir, proyecto que cumplió con el tiempo y que, finalmente, lo llevó a los altares. 

Pasado el luto, don Carlos se dio cuenta de que no tenía ningún retrato con la difunta Emperatriz, por lo que encargó uno a Tiziano, en el que apareciera el matrimonio, basándose en una imagen anterior de doña Isabel.


Rubens ejecutó esta composición sobre un original de Tiziano

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