domingo, 30 de junio de 2013

HOMERO


HERÓDOTO el ὁμηρικώτατος –(omirikótatos), el más homerista según Longino, en su Tratado de Lo Sublime, 12- y Padre de la HistoriaPatrem Historiae- como le llama Ciceron, en De Legibus, I.

Heródoto. Parlamento de Austria (Viena).

La Vida de Homero

I. Herodoto de Halicarnaso –Ἡρόδοτος Ἁλικαρνᾱσσεύς–, no buscando más que la verdad, compuso esta historia del nacimiento y la vida de Homero.

    Antiguamente, cuando se construyó la ciudad de Κύμη –Cumas, en Eolia, se asentaron allí hombres de distintas naciones de Grecia y, entre otros, vinieron algunos de Magnesia. Entre ellos se encontraba Melanopus, hijo de Ithagenes y nieto de Critón. Lejos de ser rico, apenas tenía para desenvolverse. Llegado a Cumas se casó con Omyretis. De este matrimonio tuvo una hija a la que llamó Creteida. Marido y mujer murieron dejando a la niña de corta edad. El padre, antes de morir, confió su tutela a Cleanacte de Argos, con el que le habían unido grandes lazos. 

Cime -Cumas-. Esmirna

II. Andando el tiempo, la muchacha tuvo una relación secreta con un hombre y se encontró encinta. La aventura fue ignorada al principio, pero Cleanacte, cuando se dio cuenta, se encolerizó y, llevándola aparte, sin testigos, le reprochó su falta y el deshonor con que se había cubierto a los ojos de sus conciudadanos. Para repararlo, este es el partido que tomó: los Cymeos construían entonces una ciudad al fondo del golfo Hermeo. Teseo, queriendo eternizar la memoria de su esposa, dio a esta ciudad el nombre de Esmirna. 

Esmirna – Izmir. Al fondo del Golfo

Él era Tesalio y uno de los personajes más distinguidos de aquella tierra. Descendía de Eumelus, hijo de Admeto y disfrutaba de una fortuna considerable. Cleanactes la llevó en secreto a aquella ciudad y se la confió a Ismedias de Beocia, uno de sus grandes amigos, al que había correspondido por suerte ir a aquella colonia. 

III. Creteida, estando ya al término de su embarazo, salió un día con otras mujeres para ir a una fiesta que se celebraba en la orilla del Meles. Los dolores del parto le sorprendieron y dio a luz a Homero, que lejos de ser ciego, tenía excelentes ojos. Ella le dio el nombre de Melesigenes, – Μελησιγένης– porque había nacido en la orilla de este río. Creteida se quedó algún tiempo con Ismedias; pero después le abandonó y, alimentándose, ella y su hijo, con el trabajo de sus manos y de lo que le procuraban algunas personas, lo crió como pudo.

IV. Había entonces en Esmirna un hombre llamado Femio, que enseñaba literatura y música. Como no estaba casado, tomó a Creteida a su servicio para que le hilara la lana que recibía de sus discípulos como pago por sus atenciones. Ella se desenvolvió con mucha soltura y se condujo con tanta sabiduría y modestia, que le gustó a él. Le propuso matrimonio y, entre otros discursos que preparó para atraerla y que creyó los más apropiados para conseguir su fin, le prometió adoptar a su hijo, haciéndose esperar que aquel niño, educado con atención e instruido por él, se convertiría un día en un hombre de mérito, pues él distinguía ya en él la prudencia y la buena disposición. Creteida, conmovida por sus ofertas, consintió en desposarse.

V. Con los cuidados y la excelente educación, secundó la feliz disposición natural del niño; Melesigenes sobrepasó muy pronto a todos sus condiscípulos y, cuando creció, no fue menos hábil que su maestro. Femio murió y le dejó todos sus bienes; su madre, Creteida no sobrevivió mucho al marido. Melesigenes, convertido en su propio maestro, presidió la escuela de Femio. Todo el mundo tenía los ojos puestos en él. Despertó la admiración, no sólo de los habitantes de Esmirna, sino también de los extranjeros a los que el comercio atraía allí en gran número, sobre todo el del trigo que llegaba abundante de los alrededores. Los extranjeros, al terminar sus negocios, frecuentaban su escuela.

VI. Entre aquellos extranjeros había un navegante llamado Mentes, que había venido de Levcada por el comercio del trigo. El bajel que capitaneaba era de su propiedad. Era instruido en letras y sabio para su tiempo. Mentes persuadió a Melesigenes para que abandonara la escuela y le acompañara en sus viajes. Le propuso, para que se le uniera,  que le compensaría por todo, que le daría honorarios y le hizo entender que mientras fuera joven, tenía que ver por sí mismo las ciudades y los países de los que después tendría ocasión de hablar. Tales motivos le determinaron, en mi opinión, tanto más, quizás, cuanto que en aquellos tiempos ya tenía planes de dedicarse a la poesía. Dejó su escuela y, embarcándose con Mentes, examinó por sí mismo todas las particularidades de los países en los que desembarcaba y se instruyó con gran cuidado por medio de las preguntas que hacía a unos y a otros. Es incluso natural imaginar que puso por escrito todo aquello que le pareció más digno de interés.

VII. Después de viajar por Tirrenia y por Iberia, llegaron a la isla de Ítaca. Melesigenes, que ya había estado enfermo de los ojos, se sintió entonces mucho más molesto. Mentes, que tenía prisa por llegar a Levcada, su patria, le dejó en la isla de Ítaca para que se procurara la curación, y le envió a uno de sus íntimos amigos, Mentor, hijo de Alcinius de Ítaca, rogándole que le cuidara en todo lo posible. Prometió asimismo a Melesigenes que le reembarcaría a su vuelta. Mentor le ofreció con gran celo todos los socorros imaginables. Tenía fortuna y disfrutaba eminentemente de la reputación de un hombre justo y amigo de la hospitalidad. Fue en esta ciudad donde, a través de las cuestiones que planteaba Melesigenes, se informó perfectamente de todo lo concerniente a Ulises.

Melesigenes – Homero

Los habitantes de Ítaca pretenden que se quedó ciego en su país, por mi parte, creo que allí se curó de su enfermedad ocular y que fue más tarde cuando perdió la vista en Colofón. Los Colofonenses también tienen esta sensación.

VIII. Habiendo reembarcado Mentes en Levcada, volvió a Ítaca. Encontrando a su vuelta a Melesigenes curado, lo llevó consigo a bordo e hizo con él muchos viajes de un lado a otro, llegando finalmente a Colofón. Es en esta ciudad donde Melesigenes fue de nuevo atacado por su enfermedad de los ojos; su situación empeoró y perdió la vista. Esta desgracia le determinó a abandonar Colofón y volver a Esmirna, donde se dedicó a la poesía.

IX. Algún tiempo después, el mal estado de sus asuntos le dispuso a ir a Cumas. Puesto en camino, atravesó la llanura del Hermus, y llegó a Neon-Tijos –Nueva Muralla, colonia de Cumas, fundada ocho años después que la ciudad. Se cuenta que, estando en esta ciudad, en casa de un armero, recitó estos versos; los primeros que había escrito:

¡Oh, ciudadanos de la amable hija de Cumas
que habitáis al pie del monte Sardene,
Cuya cima está sombreada de árboles
que expanden frescura
y que bebéis el agua del divino Hermus que crió a Zeus,
respetad la miseria de un extranjero
que no tiene una casa donde encontrar asilo!

El Hermus discurre cerca de Neon-Tijos, y el monte Sardene domina el uno y el otro. El armero se llamaba Tiquio-Τυχίος. Aquellos versos le gustaron tanto que decidió recibir al poeta en su casa. Lleno de conmiseración por un ciego reducido a pedir el pan, le prometió compartir con él lo que tenía. Melesigenes, habiendo entrado en su taller, tomó asiento y, en presencia de algunos ciudadanos de Neon-Tijos, les mostró parte de su poesía. Se trataba de la expedición de Amfiarao contra Tebas y los Himnos en honor de los dioses. Cada uno dijo lo que pensaba y en cuanto a Melesigenes, su juicio fue elevado y los oyentes quedaron llenos de admiración.

X. Mientras permaneció en Neon-Tijos, sus poesías le proporcionaron los medios de subsistencia. Todavía se mostraba, ya en mis tiempos, el lugar en el que acostumbraba a sentarse cuando recitaba. El lugar, que aún era muy venerado, estaba bajo la sombra de un sauce que había empezado a crecer cuando él llegó. 
Homero. Philippe-Laurent Roland. Museo del Louvre.

XI. Pero más tarde, forzado por la necesidad y encontrando apenas con qué alimentarse, resolvió ir a Cumas para ver si encontraba allí mejor fortuna. Cuando se disponía a emprender el camino recitó estos versos: ¡Ojalá los pies me llevaran inmediatamente a esta respetable ciudad cuyos habitantes no tienen menos prudencia que sagacidad! Y se puso en marcha para ir a Cumas pasando por Larissa, que era el camino más cómodo. Y fue en esta ciudad, como aseguran los Cymeos, donde hizo el epitafio de Midas, hijo de Gordius, rey de Frigia, a petición de los suegros de este príncipe. Está grabado sobre el cipo del monumento de Gordius; allí puede verse todavía.

Virgen de bronce soy, sobre el monumento de Midas;
mientras veáis correr el agua por las llanuras y los árboles florecer,
mientras el sol alegre a los humanos con su salida, 
y a la luna ilumine la noche;
mientras los ríos sigan su rápido curso 
y el mar cubra la orilla con sus olas,
anunciaré a los viajeros que Midas yace aquí.

XII. Mientras Melesigenes estuvo en Cumas fue a las asambleas de ancianos y les recitó sus versos. Encantados por su belleza, se llenaron de admiración. Feliz por la acogida que los Cymeos hacían a sus poemas y por la agradable costumbre que habían adquirido de oírselos recitar, les testimonió un día que si aceptaban mantenerle de las arcas públicas, él daría la ciudad de Cumas una gran celebridad.

Sus oyentes aprobaron la demanda y le animaron a presentarse ante el Senado prometiéndole su apoyo. Melesigenes, movido por sus consejos, fue al Senado un día de audiencia y, dirigiéndose al encargado de admitir las demandas, le pidió que le introdujera. El oficial lo hizo en cuanto tuvo ocasión. En cuanto fue admitido, Melesigenes dirigió al Senado la misma petición que había presentado ante la Asamblea de Ancianos. Terminado su discurso, se retiró mientras los senadores deliberaban sobre la respuesta que debían darle. 

XIII. El que le había introducido, y todos aquellos de entre los senadores que habían asistido a las asambleas en las que recitaba sus versos, apoyaron la demanda. Parece que hubo uno que se opuso, y que entre otras cosas, dijo que si eran de la opinión de que había que alimentar a los homeros, se encontrarían superados por una multitud de personas improductivos. Fue a partir de ahí, quiero decir, de la desgracia que tuvo Melesigenes por haber perdido la vista, por lo que el nombre de Homero prevaleció, pues los Cymeos llamaban en su dialecto, homeros, a los ciegos. Los extranjeros no dejaron de utilizar este nombre siempre que tenían ocasión de hablar del poeta.

Homero y su lazarillo. William-Adolphe Bouguereau (1874).

XIV. El Arconte concluyó, al terminar su discurso, que no había que mantener al homero. Esta sentencia hizo cambiar a los otros senadores y prevaleció. El oficial que le había introducido, le informó de las diferente opiniones sobre su demanda y del decreto del senado sobre el asunto. Deplorando entonces su desgracia, él pronuncio estos versos:

¡Ah, de qué triste destino, el padre Zeus ha permitido que yo sea la presa, yo, que fui delicadamente alimentado sobre las rodillas de una madre respetable en el tiempo en que los pueblos del Fricio, hábiles para domar caballos y no respirando otra cosa que la guerra, elevaron sobre la orilla del mar, por orden de Zeus, la ciudad eolia, la respetable Esmirna, que atraviesan las sagradas aguas del Melés! las ilustres hijas de Zeus querían, partiendo de aquellos lugares, inmortalizar por mis versos esta ciudad bendita; pero, sordos a mi voz, sus habitantes insensatos, desdeñaron mis cantos armoniosos. No, no, no será así: todos aquellos que en su locura han acumulado ultrajes sobre mi cabeza, no lo habrán hecho impunemente. Soportaré valerosamente la suerte a la que el dios me ha condenado desde mi nacimiento. Está decidido; no seguiré viviendo en Cymea. Mis pies arden ya por el deseo de partir y el corazón me apresura a viajar a una tierra extranjera y a instalarme en cualquier otro lugar por pequeño que sea.

XV. Saliendo de Cumas para retirarse a Focea hizo esta imprecación; que no naciera jamás en Cumas un poeta que pudiera hacerla célebre y hacerla brillar. Llegado a Focea vivió de la misma manera que lo había hecho antes; frecuentaba asiduamente las asambleas en las que recitaba sus versos. Había en aquel tiempo, allí, en Focea, uno que se llamaba Testórides que instruía a los muchachos en las letras; este hombre no era honrado. Habiendo reconocido el talento de Homero para la poesía le ofreció mantenerle y cuidarle si quería permitirle escribir sus versos y si le llevaba todos los que compusiera en adelante. Homero, que necesitaba de la ayuda de alguien para las cosas más necesarias de la vida, aceptó la oferta.

Homeros; el Ciego. Museo Capitolino. Roma

XVI. Durante su estancia en Focea, en casa de Testórides, compuso la Pequeña Ilíada; he aquí sus primeros versos:

Canto a Ilión y a Dardania abundante en excelentes caballos, 
y los males que han sufrido en los campos griegos los servidores de Marte.

Compuso allí la Focaida, que es el sentimiento de los Focios. Cuando Testórides escribió este poema y todos los que tenía de Homero, se olvidó de su cuidado y, resuelto a apropiarse de sus obras, abandonó Focea. Homero le dedicó estos versos:

Testórides, de las mil cosas que se esconden a los mortales, 
la más impenetrable es el espíritu humano.

Al abandonar Focea, Testórides se dirigió a Quíos, donde fundó una escuela de literatura. Habiendo recitado los versos de Homero como si fuera él el autor, le dieron grandes alabanzas y obtuvo de ello un provecho considerable. En cuanto a Homero, siguió con el mismo género de vida y sus versos le procuraron el medio de subsistencia.

XVII. Poco tiempo después, unos mercaderes llegaron de Quíos a Focea y asistieron a las asambleas en las que se encontraba Homero. Sorprendidos al oírle recitar los poemas que a menudo habían oído declamar a Testórides en la isla de Quíos, le advirtieron que había en Quíos un profesor de literatura que se atraía grandes aplausos cantando los mismos poemas. Homero comprendió enseguida que se trataba de Testórides y se apresuró a viajar a Quíos. Llegado al puerto no había navío preparado para poner vela hacia esta isla, pero encontró uno que se aparejaba para ir a buscar madera en Eritrea. Como esta ciudad le parecía cómoda para pasar a Quíos, abordó amablemente a los marinos y les pidió que le recibieran entre sus compañeros de navegación y, para convencerlos les dedicó las frases más halagadoras. Aceptaron su petición y le pidieron que se embarcara en su nave. Homero lo hizo y después de dedicarles grandes alabanzas, una vez sentado, les cantó estos versos:
Homero canta para los marineros.

Sé favorable a mis deseos, divino Poseidón, que reinas en los vastos campos de Helice; envíanos un viento favorable y un feliz retorno, a estos marineros, mis compañeros de viaje y al capitán de la nave. Que pueda yo abordar al pie del agradable Mimas y encontrar hombres piadosos y respetables! Que pueda vengarme de ese hombre que por sus engaños ha irritado contra él a Zeus, que representa la hospitalidad, porque, admitiéndome a su mesa, violó en mi persona esa hospitalidad.

XVIII. Llegados Eritrea con viento favorable, Homero permaneció el resto del día en la nave, pero al día siguiente pidió a los marineros que le designaran a uno de ellos para conducirlo a la ciudad. Se le concedió la petición y se puso en camino, y habiendo llegado a Eritrea, situada sobre un terreno árido y montañoso, recitó estos versos:

Sagrada tierra que dispensas a los hombres tus riquezas; pródiga con los que favoreces, sólo entregas un terreno árido a aquellos contra los cuales estás irritada.

Apenas llegó a la ciudad se informó de la navegación hacia Quíos. Uno que le había visto en Focea le abordó y le abrazó; Homero le rogó que le buscara un bajel que pudiera llevarle a Quíos.

XIX. Al no encontrar nada en el puerto, fue al lugar donde se guardaban los barcos de los pescadores, y, por azar encontró algunos preparados para darse a la vela e ir a Quíos. El guía de Homero les rogó que lo admitieran a bordo, pero, sin molestarse en poner atención a su ruego, levaron el ancla. Homero escribió entonces estos versos:

Marineros que atravesáis el mar siempre sometidos a tristes desgracias, y que tímidamente obtenéis una penosa subsistencia de este elemento, respetad al augusto Zeus Hospitalario que reina sobre nosotros. Su venganza es terrible; temedlo si la descarga sobre la cabeza de los que le ofenden.

Habiendo levado el ancla, los pescadores fueron contrariados por los vientos y se vieron forzados a volver al puerto del que habían partido. Homero estaba todavía sentado en la orilla. Al conocer su retorno, les dijo: Habéis sido contrariados por los vientos; recibidme a bordo y os serán favorables. Los pescadores, conmovidos por su error, le animaron a viajar en su navío prometiéndole no abandonarlo.


XX. Le reciben en sus bajeles, levan anclas y llegan a puerto. Enseguida se ponen manos a la obra. Homero pasó la noche a la orilla del mar. Pero apenas empezó el día se puso en camino, y como iba errante de un lado a otro, llegó a un lugar llamado Pitys, donde pasó la noche. Mientras descansaba, una piña le cayó encima; unos la llaman strobilus, y otros, cone. Homero escribió estos versos:

Sobre las cumbres del Ida, siempre agitado por los vientos, hay una especie de pino diferente, cuyos frutos son muy agradables. Del seno de esta montaña saldrá el hierro consagrado al dios de la guerra cuando sea ocupada por los Cebrenios.

Los Cymeos se disponían entonces a construir Cebrenios al pie del monte Ida, el lugar del que se saca el hierro.

XXI. Homero abandonó estos lugares y se puso en camino hacia un rebaño de cabras, cuyos sonidos le atrajeron. Los perros, al verle aproximarse, le ladraron y él gritó. Glauco, que era el nombre del pastor, al oír los gritos, acude diligentemente, llama a los perros y los aparta con amenazas. Sorprendido de que un ciego hubiera llegado solo hasta aquellos lugares, e ignorando qué motivo le llevaba allí, pasó mucho tiempo sorprendido. Después le abordó y le preguntó cómo había llegado hasta aquellos lugares deshabitados, para los que no hay senderos, y de qué guía se había servido, Homero le contó sus desgracias. Glauco tenía el corazón sensible y se conmovió. Le llevó a su cabaña, encendió fuego, preparó comida y cuando la hubo servido, le invitó a comer.

XXII. Los perros, en lugar de comer, no dejaban, según su costumbre, de ladrar a Homero, que se dirigió a Glauco:

Glauco, pastor de este rebaño, guarda en tu mente lo que voy a decirte. Da de comer a tus perros ante la puerta. Este consejo te resultará ventajoso. Oirán más fácilmente cuando se aproxime un hombre, o a un animal, que dirija su paso hacia el cercado donde guardas tu rebaño.

A Glauco le gustó el consejo, lo alabó, y no hizo sino aumentar su veneración hacía el que se lo había dado. Cuando terminaron de comer, la conversación se animó por ambas partes. Homero le contó las aventuras que había tenido en sus viajes y las ciudades que había recorrido. Glauco estaba radiante de admiración, pero como era hora de acostarse, se fue a descansar.

XXIII. Al día siguiente, Glauco fue de la opinión de ir a dar cuenta a su señor del feliz encuentro que había tenido. Habiendo confiado su rebaño a un compañero de esclavitud, y dejado a Homero en la cabaña, le aseguró, al marcharse, que no tardaría en volver. Habiendo llegado a Bolissos, pequeño burgo no muy alejado de la granja, contó a su señor todo lo que sabía de Homero; le habló de su llegada como de algo sorprendente y le preguntó cuáles eran sus órdenes al respecto. Al amo no le gustó mucho el discurso, e incluso riñó a Glauco y lo trató de insensato por dar hospitalidad y admitir ciegos a su mesa. Sin embargo, le ordenó que lo llevara a su presencia.

XXIV. Glauco, a su vuelta, contó a Homero la conversación que acababa de tener con su señor y le rogó que le siguiera, asegurándole que de ello dependía su fortuna y su felicidad. Homero aceptó. Glauco lo presentó y el hombre de Quíos, encontrando que tenía genio y muchos conocimientos, le propuso quedarse en su casa y le encargó la educación de sus hijos, que estaban en la primera juventud. Homero aceptó sus condiciones y fue en Bolissos y en casa de este ciudadano de Quíos fue donde compuso los Cércopes, la Batracomiomaquia, los Epiciclides, y todos aquellos otros poemas de entretenimiento que le dieron una gran reputación. Testórides, apenas supo que Homero estaba en aquellos lugares, abandonó la isla de Quíos.
Homero recita ante los jóvenes. Auguste Leloir

XXV. Algún tiempo después, Homero, habiendo pedido al ciudadano de Quíos que le llevara a la ciudad de aquel nombre, estableció allí una escuela donde enseñaba a la juventud las reglas de la poesía. Se desenvolvió con tanta habilidad a juicio de los habitantes, que la mayor parte le tuvieron en gran veneración. Adquirió por este medio una fortuna honesta, se casó y tuvo dos hijas; una murió antes de casarse y la otra se casó con un hombre de Quíos.

XXVI. Testimonió en sus poemas su reconocimiento a aquellos a los que estaba obligado; primero a Mentor de Ítaca en la Odisea, por haber cuidado de él durante su enfermedad de los ojos. Incluyó su nombre en el poema y lo puso entre los compañeros de Ulises, y contó que este príncipe, a su partida hacia Troya, lo dejó al cuidado de su casa y de sus bienes, mirándole como el hombre de bien más justo que hubo en Ítaca. Homero hace frecuentemente honrosa mención en otros lugares de su poema, y cuando introduce a Atenea hablando con alguien, le da la figura de Mentor.

Testimonió asimismo su reconocimiento a Femio, quien, no contento con instruirle en las buenas letras, le alimentó a sus expensas, lo que se puede ver, sobre todo, en estos versos:

Un heraldo pone una soberbia lira en las manos de Femio, el más hábil de los alumnos de Apolo; él la toma a su pesar, constreñido a cantar entre aquellos amantes. Recorriendo la lira con sus ligeros dedos, preludiaba felices acordes y sorprendía con cantos melodiosos.

Celebró también al patrón del navío con el que había recorrido tantas ciudades y países. aquel patrón se llamaba Mentes, y estos son los versos en los que se refiere a él:

Mi nombre es Mentes, nacido de Anchiales, ilustre por su valor; reino sobre los Tafios que se honran con el remo.

Testimonió asimismo su reconocimiento hacia el armero Tiquio, que le había dado hospitalidad en Neon-Tijos cuando él se presentó en su taller. Fue en la Ilíada donde puso los versos que escribió en su honor:

Ya el hijo de Telamón le apremia de cerca, llevando un escudo enorme, parecido a una torre. Tiquio, que vivía en Hylé, y al que ningún armero igualaba en su industria, le hizo aquel escudo en el que resplandecía su arte con los despojos de siete toros vigorosos, que recubrió después con una fuerte capa de bronce.

XXVII. Estas poesías hicieron a Homero célebre en Jonia, y su reputación empezó ya a extenderse por toda Grecia; le atrajo un gran número de visitas durante su estancia en Quíos, y se le aconsejó que fuera a Grecia. El consejo fue tan de su gusto, que deseó ir allí ardientemente.

Escuchando a Homero. Alma Tadema

XXVIII. Había hecho en muchos lugares grandes elogios de la ciudad de Argos, pero habiendo reconocido que no había dicho nada de la de Atenas, incluyó sus alabanzas en la gran Ilíada, y habló de Erecteo en los términos más halagadores y magníficos; está en el catálogo de las naves.

La ciudad del generoso Erecteo, de la tierra fecunda que levantó la hija de Zeus, Atenea.

Hizo después el gran elogio de Menesteo. Era excelente –dice- ordenando en batalla los carros y la gente de a pie. Lo hace en los siguientes versos:

El hijo de Peteo, Menesteo, condujo estas tropas. Entre todos los mortales que crió la tierra, ninguno igualó a este maestro en el arte de formar en orden de batalla a los carros y a los combatientes.

Sitúa cerca de Atenas a Ayax, hijo de Telamón, que comandaba a los de Salamina. Es en estos versos:

Ayax, hijo de Telamón, mandó doce naves de Salamina y las colocó junto a las falanges de Atenas.

Finalmente, en la Odisea, fingió que Atenea, después de la entrevista que tuvo con Ulises, se volvía a Atenas, a la que honraba más que a cualquier otra ciudad.

Emprendiendo el vuelo hacia las llanuras de Maratón, volvió a la soberbia ciudad de Atenas, famosa estancia de la antigua Erecteo.

XXIX. Después de haber insertado estos versos en su poema y de haberse preparado para su viaje, se dirigió a Samos con la intención de pasar a Grecia. Los Samios celebraban la fiesta de las Apaturias. Un habitante de Samos, que había visto a Homero en Quíos, habiéndole reconocido al bajar del barco, corrió diligente a informar a sus compatriotas de la llegada del poeta, del que hizo grandes elogios. Los Samios le pidieron que se lo presentara. Inmediatamente volvió sobre sus pasos, y, al encontrarlo le dijo: Huésped mío, los samios celebran este día la fiesta de las Apaturias; nuestros ciudadanos te invitan a celebrarla con ellos. Homero aceptó y se puso en camino con el que le había invitado.

XXX. Encontró en su camino mujeres que en un cruce ofrecían un sacrificio a Courotrofos. La sacerdotisa, al verlo, le dijo con aire afligido: Hombre, aléjate de nuestros sacrificios. Homero, habiendo reflexionado sobre estas palabras, preguntó a su guía quien era el que se las dirigió y a qué dios sacrificaba. El samio le respondió que era una mujer quien ofrecía el sacrificio a Courotrofos. Sobre aquello hizo estos versos:

Satisface mis deseos, Courotrofos; que pueda esta mujer tener horror de las caricias de la amable juventud! Que no se complazca sino con los viejos encanecidos por la edad, cuyo corazón arde y cuyos sentidos están debilitados. 

XXXI. Cuando fue al lugar donde la Fratria tenía la costumbre de tomar sus comidas, se detuvo en el quicio de la puerta y, mientras encendían el fuego en la sala, les recitó estos versos, aunque otros dicen que no se encendió el fuego sino después de que los recitara:

Un hombre se enorgullece de sus hijos; 
una ciudad de sus murallas; 
un campo, de sus caballos; 
el mar, de los bajeles que lo cubren; 
las riquezas son el ornamento de una casa 
y los respetables magistrados, 
sentados en el tribunal, 
conforman un espectáculo admirable; 
pero el más hermoso espectáculo, en mi opinión, 
es el del fuego que brilla en una casa, 
un día de invierno, 
cuando el hijo de Saturno 
extiende sobre la tierra la nieve y las brumas.

Entró y, hallándose a la mesa con los de la Fratria, le testimoniaron gran consideración y mucho respeto. Pasó la noche en aquellos lugares.

XXXII. Al día siguiente salió. Unos alfareros habiéndole visto mientras hacían calentar el horno, le invitaron a entrar en su casa, con tanta más voluntad, cuanto que no ignoraban que estaba lleno de talento. Le rogaron que les cantara algunas de sus poesías y le prometieron reconocer su complacencia haciéndole presente de algunas de sus vasijas, o de cualquier otra cosa que estuviera en su poder. Les cantó, pues, estos versos que llamó El Horno:

Alfareros, si me dais la recompensa prometida, os cantaré estos versos. Apresuraos a verme; Palas, protege este horno. Que todas las fuentes se cubran de un hermoso color negro y se cuezan correctamente, y reporten a su maestro un precio considerable. Que se venda mucho en el mercado, mucho en las calles; que el provecho sea grande. Concédeme, diosa, que yo crezca igual en sabiduría. Pero si, sin pudor buscáis engañarme, invoco sobre vuestro horno todas las pestes: 

Suntrips, Smaragos, Asbetos, Abactos y 0modamos, que dan a este arte los golpes más funestos: Que el horno, que la casa, sean presa de las llamas, y que, en el desorden ocasionado por el incendio, no se oigan más que los gemidos y los lamentos de los alfareros. Como el lamento del caballo, tal sea el del horno cuando los vasos salten en pedazos. Hija del sol, Circe, célebre por tus encantamientos, extiende tus venenos sobre los alfareros y sus obras. Y tú también, Quirón, lleva contigo gran número de Centauros, y los que han escapado a los golpes de Hércules, y los que murieron combatiendo contra él; que destrocen todas sus obras. Que caiga el horno bajo vuestros golpes, y los alfareros, lamentándose, sean testigos de este angustioso espectáculo! Me alegraré de su terrible desgracia. Cualquiera que se detenga a considerar de más cerca este incendio, que vea su rostro marcado por las llamas, a fin de que todo el mundo aprenda a no cometer injusticias.

XXXIII. Pasó el invierno en Samos. En las Neomenias, o lunas nuevas, iba a las casas de los ricos, donde cantaba los versos que se titulan Eirisione –se celebra con una rama de olivo y, a veces, de laurel, envuelta en bandas de lana entrelazadas, a las que se atan higos, pan miel, vino y aceite–, y de los que obtenía alguna recompensa. En aquellas visitas estaba siempre acompañado por hijos de los más ilustres habitantes del país.

Eirisione

Hemos dirigido nuestros pasos hacia la morada de un hombre poderosamente rico, cuya casa rebosa de bienes. Puertas, abrid vuestros batientes! Pluto se presenta acompañado de la alegría y de la dulce paz. Que los vasos no se vacíen, que el fuego esté siempre encendido en el hogar y la mesa cargada de pan! Que la esposa del hijo de la casa venga a veros traída sobre un carro tirado por mulas! Que esta mujer, sentada en un sillón adornado de ámbar, trabaje su telar! Yo volveré, sí, volveré todos los años, como la golondrina. Estoy de pie aquí, a vuestra puerta. Tanto si me hacéis un regalo, como si me rechazáis, no me quedaré aquí; no he venido con la intención de permanecer entre vosotros.

Los hijos cantaban en Samos estos versos todas las veces que hacían la plegaria en honor de Apolo. Este uso subsistió mucho tiempo en aquella ciudad.

XXXV. Al principio de la primavera, Homero quiso abandonar Samos para volver a Atenas. Se hizo a la vela con algunos Samios, y abordó la isla de Íos. No desembarcaron en la ciudad, sino en la playa. Homero, viéndose atacado por una grave enfermedad se hizo llevar a tierra. Los vientos contrarios no permitían continuar la navegación y permanecieron algunos días al ancla. Homero recibió la visita de algunos habitantes de Íos que aún no le habían oído hablar y que fueron presa de la admiración.

XXXV. Mientras los marineros y algunos habitantes de la ciudad se entretenían con Homero, los hijos de los pescadores abordaron en aquellos lugares; y habiendo bajado a la playa, le dirigieron estas palabras:

-Escuchadnos, extranjeros; explicad, si podéis, lo que vamos a proponeros.
Entonces, uno de los presentes los animó a hablar. 
-Dejamos –dijeron- lo que tomamos, y nos llevamos lo que no tomamos. 
Nadie comprendía este enigma y los hijos de los pescadores lo explicaron. 
–Si nuestra pesca ha sido desgraciada –dijeron-, la dejamos en aquellos lugares y nos sentamos en la orilla; y cuando nos atormentan los parásitos, llevamos a casa lo que no hemos tomado. 

Homero les dedicó este verso: Hijos, vuestros padres no poseen ni grandes patrimonios, ni rebaños numerosos.

XXXVI. Homero murió de aquella enfermedad en Íos, y no de pena por no haber podido comprender el enigma de los muchachos, como algunos autores han escrito. Fue enterrado a la orilla del mar por sus compañeros de viaje y por los habitantes de Íos que le habían frecuentado durante su enfermedad. Mucho tiempo después, y cuando sus poemas, hechos públicos, fueron admirados por todo el mundo, los habitantes de Íos inscribieron en su tumba estos versos elegíacos, que ciertamente, no son de Homero:

La tierra oculta aquí, en su seno, la sagrada cabeza del divino Homero,
cuya poesía ilustró a los héroes.

La tumba de Homero en la isla de Íos

XXXVII. Se ha visto, por lo que acabo de decir, que Homero no era, ni Dorio, ni de la isla de Íos, sino Eolio. Se puede aún conjeturar sobre lo que tan gran poeta no dijo en sus poemas; de las más bellas costumbres, las de su patria. Podréis juzgar por estos versos:

Elevan la cabeza de los toros hacia el cielo, los matan y los despojan; separan los muslos, los cubren dos veces de grasa y de fragmentos de todas las partes de la víctima.

No dice nada de los riñones en estos versos, porque los Eolios son los únicos entre los Griegos, que no los queman. Homero hace ver también en  los versos siguientes, que siendo Eolio, sigue los usos de su país.

El anciano hace quemar la víctima sobre la leña del altar, y vierte encima libaciones de vino. Personas jóvenes a su lado, sostienen los hierros en cinco filas.

Los Eolios son los únicos pueblos de Grecia que hacen asar las entrañas de las víctimas con brochetas en cinco filas; los demás griegos solo usan tres. Los Eolios dicen también πέμπε (pempe), en lugar de πέντε (pente); cinco.

XXXVIII. He contado lo que se refiere al nacimiento, la vida y la muerte de Homero. Me queda hablar del tiempo en que vivió. Será más cómodo de determinar con exactitud y sin temor a equivocarse, si se examina de esta manera. La isla de Lesbos aún no tenía ciudades; se fundaron allí treinta años después de la expedición de Troya, donde mandaban Agamenón y Menelao

Cumas, ciudad eolia, llamada también Friconis, fue fundada veinte años después que Lesbos; y dieciocho años después, lo fue Esmirna por los Cymeos. Fue en aquel tiempo cuando Homero vino al mundo. Desde el nacimiento de este beocio hasta el paso de Jerjes a Grecia, hay 622 años. Es fácil calcular el transcurso del tiempo por los arcontes. Está pues, probado, que Homero nació 168 años después de la toma de Troya.

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Parece que este último pasaje demuestra que Herodoto no fue el autor de la presente Vida de Homero, el cual, según el mismo Herodoto, había nacido 400 años antes que él; el historiador nació en el 484 aC. y Homero debió nacer en 884 aC. Según el autor de esta Vida, Homero, nació en el 1102 aC., lo que da una diferencia de 218 años. Resulta evidente que el mismo autor no pudo dar las dos fechas. Esta es la razón por la que a esta Vida, se le llama pseudo Herodoto. Hasta la fecha, su autoría no está del todo resuelta.


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