sábado, 8 de junio de 2013

SÁLICA Vs PRAGMÁTICA. FELIPE V y FERNANDO VII



Felipe V, de Jean Ranc y Fernando VII, de Vicente López. Museo del Prado.

Felipe V el primer monarca de la dinastía Borbón en España, se propuso implantar en estos reinos una ley similar a la Sálica que regía en Francia, su país de origen, según la cual solamente podrían reinar los varones. A este efecto se presentó un proyecto a las Cortes en 1713.

Aquellas Cortes, reunidas en Madrid desde el 5 de noviembre de 1712, llegaron a un acuerdo el 10 de mayo de 1713, por el que aprobaban el Auto Acordado o, Nuevo reglamento sobre la sucesión en estos Reynos; una norma sucesoria que posteriormente sería reconocida como Ley de Sucesión Fundamental. Ante las mismas Cortes, Felipe V presentó su renuncia al trono de Francia; condición imprescindible para poner fin a la Guerra de Sucesión española y para mantener su derecho al trono de España.

La ley de Felipe V no permitía reinar a las mujeres excepto en el caso de que no hubiera herederos varones en la línea principal o lateral –ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos–, que, en su caso, siempre tendrían preferencia.

Años después, a los pocos meses de acceder al trono por la muerte de Carlos III, su hijo Carlos IV convocó Cortes el 5 de mayo de 1789 para que juraran como heredero y Príncipe de Asturias a su hijo Fernando, que entonces tenía cinco años. 
Las Cortes, reunidas en San Jerónimo el Real de Madrid, en 1789.
Pintura de Luis Paret y Alcázar, 1791.

Carlos IV inauguró aquellas Cortes el 19 de septiembre, bajo la tensión causada por la Revolución Francesa y la caída de Luis XVI; un Borbón, como él mismo. Presidía las sesiones Pedro Rodríguez de Campomanes. 

Además de la jura del heredero, se trató el asunto de la sucesión; Carlos IV se proponía derogar el Reglamento sálico de Felipe V, que había sustituido la norma de sucesión tradicional castellana, vigente desde el siglo XIII por las Partidas de Alfonso X el Sabio.

A Carlos IV le preocupaba profundamente el hecho de que hubieran fallecido la mayoría de sus hijos varones, excepto Fernando, entonces con 5 años y Carlos, que tenía un año y medio en aquel momento, dándose además, el hecho de que una de sus cuatro hijas, Carlota Joaquina, estaba casada con el heredero de la Corona de Portugal; de modo que si se agotaba su descendencia masculina, el marido de Carlota podría reclamar la Corona de España. Por último temía la posibilidad de que alguien tuviera la idea de activar una condición existente en aquella ley, según la cual, el pretendiente a la Corona tenía que ser necesariamente nacido y criado en España; él había nacido en Nápoles y temía que su propia legitimidad fuera puesta en duda.

La vuelta al sistema de las Las Partidas, según la cual sólo un hermano varón podía anteceder a la mujer, fue aprobada por unanimidad, pero para que la ley entrara en vigor, debía cumplir el requisito de su publicación, que Carlos pospuso, temiendo contrariar a sus parientes, los Borbón reinantes en Francia y Nápoles y, en ambos casos, incondicionales partidarios de la Ley Sálica propiamente dicha.

Escribió Floridablanca al respecto: No pareció conveniente indisponerse con ambas Cortes -Francia y Nápoles, donde reinaban sendas ramas de los Borbones- ni acelerar la publicación de un acto que ya estaba completo en la substancia, aunque reservado.

Más adelante, los acuerdos de aquellas Cortes, quedaron nuevamente postergados al disolverse estas precipitadamente el 17 de octubre de 1789 a causa del pánico provocado por la noticia del asalto al palacio de Versalles diez días antes. Parece que Floridablanca temía que algo parecido fuera a pasar en España. El retraso en la publicación aún sufriría otros avatares que pusieron en peligro su reimplantación definitiva.

El 10 de diciembre de 1829 Fernando VII, que después de tres matrimonios no había tenido descendencia, se casó con María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, su cuarta y última esposa, que muy pronto quedó embarazada. El 29 de marzo de 1830 se publicó la Pragmática de 1789, en previsión de que el rey tuviera una hija, como efectivamente sucedió el día 10 de octubre, cuando llegó al mundo la que sería Isabel II

La Pragmática publicada en 1830, explicaba los motivos por los que no había entrado en vigor durante el reinado de Carlos IV, y cumplía entonces el trámite de publicación que legitimaba el texto aprobado en 1789. Este acto rebeló a Carlos María Isidro, el hermano menor de Fernando VII, heredero, de hecho, hasta el día de la publicación del texto en La Gaceta.

Los que a partir de entonces se llamarían Carlistas, lograron que estando el monarca gravemente enfermo y seguramente no en pleno uso de sus facultades, en el verano de 1832, derogara la Pragmática, pero sorprendentemente Fernando se recuperó y anuló aquella derogación. 

Madrazo. La enfermedad de Fernando VII, 1833

Sorprendido mi real ánimo, en los momentos de agonía, a que me condujo la grave enfermedad, de que me ha salvado prodigiosamente la divina misericordia, firmé un decreto derogando la pragmática sanción de 29 de marzo de 1.830, decretada por mi augusto padre a petición de las Cortes de 1.789, para restablecer la sucesión regular en la corona de España. 

Instruido ahora de la falsedad con que se calumnió la lealtad de mis amados españoles, fieles siempre a las descendencia de sus reyes; […] sancionada por la Ley, afianzada por las ilustres heroínas que me precedieron en el trono, y solicitada por el voto unánime de los reinos; y libre en este día de la influencia y coacción de aquellas funestas circunstancias;

DECLARO
solemnemente de plena voluntad y propio movimiento que el decreto firmado de Mi por sorpresa, que fue un efecto de los falsos terrores con que sobrecogieron mi ánimo; y que es nulo y de ningún valor siendo opuesto a las leyes fundamentales de la monarquía, y las obligaciones que, como Rey y como padre, debo a mi augusta descendencia.

En el palacio de Madrid, a 31 de Diciembre de 1.832. 
Gaceta de Madrid a 1 de Enero de 1.833

Los que ya se denominaban carlistas, no aceptaron la decisión; su negativa desembocaría en las Guerras Carlistas.

Gaceta de Madrid, sábado, 3 de abril de 1830.

Pragmática-sanción en fuerza de ley decretada por el señor Rey Don Carlos IV a petición de las Cortes del año de 1789, y mandada publicar por S.M. reinante para la observancia perpetua de la ley 2.ª título 15, partida 2.ª que establece la sucesión regular en la corona de España.

Don Fernando VII por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, etc. Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, &c. A los Infantes, Prelados, Duques, Marqueses, etc. y a cada uno y cualquiera de vos, 

SABED:
Que en las Cortes que se celebraron en mi palacio de Buen Retiro el año de 1789 se trató a propuesta del rey mi augusto Padre, que está en gloria, de la necesidad y conveniencia de hacer observar el método regular establecido por las leyes del reino, y por la costumbre inmemorial de suceder en la corona de España con preferencia de mayor a menor y de varón a hembra, dentro de las respectivas líneas por su orden; y teniendo presentes los inmensos bienes que de su observancia por más de 700 años había reportado esta monarquía, […] se observase y guardase perpetuamente en la sucesión de la monarquía dicha costumbre inmemorial, atestiguada en la citada ley, como siempre se había observado y guardado, publicándose pragmática-sanción como ley hecha y formada en Cortes, por la cual constase esta resolución y la derogación de dicho auto acordado. A esta petición se dignó el Rey mi augusto Padre resolver, […] pero mandando que por entonces se guardase el mayor secreto por convenir así a su servicio

Las turbaciones que agitaron la Europa en aquellos años, y las que experimentó después la Península, no permitieron la ejecución de estos importantes designios, […]cuyo tenor es el siguiente:

"Mayoría en nascer primero, […] heredasen siempre aquellos, que viniesen por liña derecha, et por ende establecieron que si fijo varón hi non hobiese, la fija mayor heredase el regno, et aun mandaron que si el fijo mayor moriese antes que heredase, si dejase fijo o fija que hobiese de su mujer legítima, etc. […] et por ende cualquier que contra esto feciese, farie traición conoscida et debe haber tal pena como desuso et dicha de aquellos que desconoscen señoría al rey.»

Y por tanto os mando a todos y a cada uno de vos en vuestros distritos, jurisdicciones y partidos, guardéis, cumpláis y ejecutéis, y hagáis guardar, cumplir y ejecutar esta mi Ley y Pragmática-sanción […] desde el día que se publique en Madrid y en las ciudades, villas y lugares de estos mis reinos y señoríos en la forma acostumbrada, […].
Dada en Palacio a 29 de marzo de 1830.
YO EL REY.
Firmado
Publicación
En la villa de Madrid a 31 de marzo de 1830 ante las puertas del Real Palacio, frente del balcón principal del Rey nuestro Señor, y en la puerta de Guadalajara, donde está el público trato y comercio de los mercaderes y oficiales, […] se publicó la Real Pragmática-sanción antecedente con trompetas y timbales por voz de pregonero público, hallándose presentes diferentes alguaciles de dicha Real casa y corte y otras muchas personas; de que certifico yo D. Manuel Eugenio Sánchez, de Escariche, del consejo de S.M., su secretario, escribano de cámara de los que en él residen.

Hasta aquí el aspecto legislativo del asunto, no poco trascendente, por supuesto; todo el mundo recuerda aquello del magnífico Calomarde, melodramático e impertérrito –estas grandes acciones sólo se pueden expresar con esdrújulas–: Manos blancas no ofenden, hermosa frase que pronunciaría junto al lecho de enfermo de Fernando VII, cuando se supone que aprovechó su estado de semiinconsciencia para que firmara la anulación de la Pragmática y después de recibir una bofetada de la hermana de la reina Cristina, la Infanta napolitana Luisa Carlota de Borbón. Una frase así vale por toda una época histórica y es lo que finalmente se recuerda, dejando memoria imperecedera de su autor, aunque luego le costara el destierro y aunque nunca hubiera sido pronunciada.

D. Francisco Tadeo Calomarde de Retascón y Arriá. 
Obra de Luis de la Cruz y Ríos copia de otro de Vicente López.

De la mejor pasta de servil que podía hallarse por aquellos tiempos, en definición de B. P. Galdós en los Episodios Nacionales.

Felipe V que anuló la ley tradicional de sucesión española, y Fernando VII, que la repuso, son como dos grandes paréntesis en el devenir histórico, marcados por sendas guerras. Felipe viene detrás de la de Sucesión, a causa de la muerte sin herederos de Carlos II de Austria, mientras que Fernando VII murió dejando en marcha las Guerras Carlistas por legar a su hija el trono que su hermano Carlos María Isidro llevaba esperando toda la vida.

Felipe V, era nieto del Sol de Francia, Luis XIV, que elevado sobre sus altos tacones fue el que vio más lejos, en este caso, por encima de los Pirineos. Se lo jugó todo a la carta del sacrificio de su nieto –en sus dominios todo era du roi, excepto sus hijos, que eran de France–, en un intento de conducir a la gloria a la pequeña península Ibérica, que apenas ofrecía más interés que sus colonias y otras posesiones en Europa. Y no significa esto que Luis fuera diferente de los demás reyes, en absoluto; todos solían defender intereses dinásticos; no olvidemos que Felipe II esgrimió razones similares a las suyas para poner en el trono de Francia a su hija Isabel Clara Eugenia, a pesar de que su madre, Isabel de Valois había renunciado explícita y legalmente a la herencia francesa. Lo que ocurre, es que unos eran más listos que otros e incluso podían lucir piernas dignas de Praxiteles.

Luis XIV, de Hyacinthe Rigaud. 1701

Pues bien, este nieto fracés, Philippe, Duque de Anjou, llamado El Animoso –no se sabe exactamente por qué–, era el indicado para llevar a cabo sus grandes planes; al final, permaneció en el trono más de 45 años; desde el 16 de noviembre de 1700 –a los 17 años–, hasta su muerte en 1746, exceptuando sólo los meses comprendidos entre enero y septiembre de 1724, período durante el cual, fue rey su hijo, Luis I, por abdicación del padre. 

Su segunda esposa observó con horror que propio su hijo tenía pocas esperanzas de heredar habiendo hijos del anterior matrimonio, así que indujo a su marido a abdicar prematuramente en el mayor, para que este a su vez, nombrara heredero al pequeño, y este a su hijo, adelantando así el ritmo de la vida y de la muerte, que a ella le parecía muy lento ante sus aspiraciones en pro de la Corona y en beneficio del reino.

Pues bien, nuestro Duque de Anjou, segundo hijo del Gran Delfín y, por tanto, más bien con poco futuro en cuanto a llevar corona, tenía a su favor el hecho de que su gran abuelo se hubiera casado con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, de donde sus pretensiones al trono de España –aunque hay más parentesco, nos ahorramos por ahora ese embrollo genealógico–, y ello a pesar de que la Infanta había renunciado explícita y legalmente a la herencia española.

Felipe, como decíamos, en principio no tenía mucho futuro, ni en su país, ni por supuesto, en España, ya que los representantes de otras Casas europeas, considerándose igual, o mejor emparentadas con la española, y viendo que el reino quedaba huérfano a la muerte de Carlos II, pactaron la sucesión en la persona de José Fernando de Baviera, muy bien avalado por su bisabuela Mariana de Austria –segunda esposa de Felipe IV y madre de Carlos II–, cuya designación se compensaría regalando a Francia, Guipúzcoa, Nápoles y Sicilia, y a Austria, el Milanesado.

José Fernando de Baviera (1692–1699). 
Obra de José Vivien, 1698. Palacio Real de Berchtesgaden.

La reina viuda Mariana de Austria (1634–1696), bisabuela y promotora de José Fernando, de Claudio Coello.
A la derecha, la misma, en imagen más familiar, realizada por Velázquez en 1656

Se dice que en su época de casada, Mariana tenía mal genio, que insultaba a la servidumbre en alemán y, en ocasiones, les tiraba platos.

Pero José Fernando fallece sin salir de la infancia, lo que llevó a los protectores de la monarquía hispánica a pactar, por su cuenta, un nuevo reparto en 1700, en esta ocasión, a favor del Archiduque Carlos, adjudicándose los mediadores algunos territorios, algo que desagradó al padre del pretendiente, el Emperador, Leopoldo I, a quien no parecía en absoluto conveniente ceder nada de una herencia que tenía por suya.
  
Leopoldo I (1658–1705) y el Archiduque Carlos – Kaiser Karl VI–, séptimo hijo, habido en su tercer matrimonio.

Pero tanto José Fernando, de la mano de su abuela, como Carlos, de la de su augusto padre, recibieron con disgusto el testamento definitivo de Carlos II, por el que designaba heredero al Duque de Anjou, Felipe V, que aceptó gustoso por boca de su Grand Père, el excelso rey Sol.

-Messieurs, voici le roi d'Espagne!
Versalles, 16 Nov. 1700. Pintura de Gerard David.

Luis XIV anunció a la Corte que aceptaba el testamento de su primo, cuñado y sobrino, Carlos II:

Primo: la madre de Luis XIV, Ana de Austria y el padre de Carlos II, Felipe IV eran hermanos
Cuñado: María Teresa, hermana de Carlos II, estaba casada con Luis XIV, y 
Sobrino: Carlos II se casó en primeras nupcias con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, por ser hija de su hermano Felipe de Orleans.

Felipe V tiene apenas 17 años cuando su abuelo lo presenta ante la Corte en Versalles, diciendo: Messieurs, voici le roi d'Espagne! –Señores, aquí tienen al Rey de España!- y lo señala discretamente con la mano derecha, a la vez que este ofrece la suya a un noble –parece español– que le rinde pleito.


Acto seguido se dirige al querido nieto y le aconseja: Sed buen español, que ahora es vuestro primer deber, pero recordad que habéis nacido francés para mantener la unidad entre nuestras dos naciones; ese será el medio por el que las haréis felices y conservaréis la paz en Europa. 

Parece que el Embajador de España, el Marqués de Castell dos Rius añadió entonces, otra de esas grandes sentencias: Il n'y a plus de Pyrénées, Ya no hay Pirineos. Aunque no hay certidumbre sobre esto, así lo publicó el Mercure de France.

Aquello de nuestras dos naciones y lo de la desaparición de los Pirineos, llenaron de alarma a las demás Cortes europeas, ya que la energía desbordante de Luis XIV, con los territorios de la Corona de España, constituía una gran amenaza para ellos.

Y así fue como Felipe V llegó a España para tomar posesión de su nuevo trono, el día 22 de enero de 1701 sin saber ni una palabra en español.

Jean Ranc, 1723. Museo del Prado

Felipe V tomaba toda poción que alguien considerara beneficiosa para su actividad sexual, tan imprescindible a diferentes horas del mismo día, tanto, que llegó a preocupar a la corte. El embajador francés en Madrid comunicó a la corte francesa que el monarca estaba agotado, al borde de la consunción por el uso demasiado frecuente que hace de la reina y su médico francés le advirtió que aquellos excesos eran muy peligrosos, pero, he aquí que su esposa, Isabel de Farnesio, sabiendo que si desaparecía aquella dependencia, desaparecería asimismo su imperio personal, expulsó al médico de la corte.

Felipe V fue empeorando, cayó en la hipocondría y, prácticamente, perdió la razón. Un día, en 1717 salió por la mañana temprano a dar un paseo a caballo y, de pronto, creyó que el sol le perseguía. A partir de entonces y, hasta donde sabemos, dio en no cortarse el pelo ni las uñas de las manos, ni de los pies, llegando a caminar con mucha dificultad, porque le parecía que aquellos recortes le restarían energías.

En ocasiones, pensaba que estaba muerto y se comportaba como tal, preguntando a todos la razón por la que no había sido enterrado; esto se denomina Síndrome de Cotard, desde 1880, pero entonces, se buscaron explicaciones más accesibles, llegándose a la conclusión de que no había encargado suficientes misas por el alma de su primera esposa, Luisa Gabriela de Saboya, de modo que se ordenaron doscientas mil. También dio en la manía de no cambiarse la ropa hasta que se le cayera del cuerpo por sí misma.

Después de la boda de su hijo mayor, Luis, ya en 1721, entró en una fase de mortal abatimiento que le alejó por completo de sus obligaciones, yendo a refugiarse en el palacio de La Granja de San Ildefonso en compañía de su esposa. Dice Saint Simon que su aspecto causaba lástima y que la sensación era peor cuando intentaba hablar, porque no coordinaba bien, ni las ideas ni su expresión y que su aspecto exterior, a los cuarenta, parecía ser del doble.

No es el momento ahora de afrontar el largo reinado de Felipe V en su totalidad, pero hay que decir, al menos, que tomó posesión de un estado arruinado por las camarillas que rodearon al infeliz Carlos II y que con el tesoro vacío tuvo que afrontar la Guerra de Sucesión, a raíz de la cual, entendió que el ejército precisaba reformas que acometió con gran interés. Sustituyó los viejos Tercios, introduciendo la organización en Brigadas, Regimientos, Batallones, Compañías y Escuadrones, más acordes con los tiempos, e instauró el uso de fusiles y bayonetas, así como la uniformidad en la vestimenta de las tropas. Reconstruyó asimismo, la Marina, dotándola de naves nuevas y bien equipadas, creando la moderna Armada Española, en 1717, para lo que siguió el modelo de las instituciones francesas y el consejo de José Patiño Morales, Intendente general de la Real Armada Española, Primer ministro y Secretario de Hacienda, Marina e Indias. El seis de junio del de 1717, firmó la Real Orden por la que la Marina se transformaba en  la Real Armada.

Por otra parte, es igualmente destacable su labor en el terreno de las artes y la cultura. A él se debe la construcción del Palacio real de la Granja de San Ildefonso, para cuya decoración adquirió la colección de esculturas de Cristina de Suecia así como el de Aranjuez, y reconstruyó el Palacio Real sobre las cenizas del viejo Alcázar de Madrid, cuyo estilo es neta e indiscutiblemente borbón.

En 1714 fundó la Real Academia de la Lengua así como la de la Historia, en 1735, cuyo cometido era: fijar la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia, conduciendo al conocimiento de muchas cosas que oscureció la antigüedad o tiene sepultado el descuido.

Portada de la primera edición de Fundación y estatutos de la Real Academia Española (1715).
Real Cédula de 17 de junio de 1738, aprobando los primeros estatutos de la Real Academia de la Historia.

Y hasta aquí unos retazos de la historia del monarca que quiso sustituir la vieja Ley de Sucesión española, de Alfonso El Sabio, por la de los Francos Salios, que a él le parecía más beneficiosa para los reinos. A partir de aquí unas cuantas pinceladas del otro rey, Fernando VII, que, recuperó la norma tradicional después de múltiples avatares, marcando sus respectivos reinados el principio y el final de la época comprendida entre 1700, año en que fallece Carlos II, y 1833 año en que muere Fernando VII.
Es difícil saber por cual de sus sobrenombres recordar a este monarca; podría ser El Deseado, que lo fue, y mucho, o El Felón, que también. Lo primero porque su padre deseaba un heredero, y después porque se ansiaba su regreso a España tras el exilio francés impuesto por Napoleón. Lo segundo le cuadra más porque era así su carácter.

Fernando VII, de Vicente López

Nació en San Lorenzo de El Escorial, el 14 de octubre de 1784, cuando aún vivía su abuelo, Carlos III. Su madre, María Luisa de Borbón Parma, tuvo veinticuatro embarazos, de los que catorce salieron adelante, aunque solo siete superaron la infancia. Fernando fue el noveno de los nacidos.

En 1807 por la Conjura de El Escorial,  Fernando, que tenía entonces sólo 23 años, se proponía arrebatar el trono a su padre, Carlos IV, pero fracasó y tomó la valerosa decisión de acusar y delatar a sus cómplices, haciéndose pasar casi por una víctima de ellos. En contra de la sentencia judicial, incomprensiblemente, Carlos IV los desterró a todos, máxime cuando sabía que su hijo le profesaba un desprecio absoluto, tanto a él como a la reina y a Godoy, sentimiento sabiamente administrado por su preceptor, Escóiquiz. 

El 18 de marzo del año siguiente se produjo el Motín de Aranjuez, cuando Godoy fue hecho prisionero y Carlos IV forzado finalmente a abdicar en Fernando. Era la primera vez que un hecho así se producía en la historia, dando al traste con todas las reglas morales de la realeza.

Poco después, hallándose la familia real en Bayona por orden de Napoleón, este obligó a Fernando a devolver la corona a su padre. Fernando obedeció y, acto seguido, Napoleón, que la víspera había obtenido la renuncia de Carlos IV, se la entregó a su hermano José - 6 de mayo de 1808-, de modo que se burló de aquellos dos, que tantas veces habían solicitado su ayuda, cada uno para luchar contra el otro. Más tarde y, con el fin de poner a Fernando en evidencia, Napoleón publicaría en Le Moniteur las cartas que le había enviado, para que se supiera que siempre le había facilitado las cosas y que no era el antinapoleónico que los españoles creían. 

Me escribía espontáneamente para cumplimentarme siempre que yo conseguía alguna victoria; expidió proclamas a los españoles para que se sometiesen, y reconoció a José, lo que quizás se habrá considerado hijo de la fuerza, sin serlo; pero además me pidió su gran banda, me ofreció a su hermano don Carlos para mandar los regimientos españoles que iban a Rusia, cosas todas que yo de ningún modo tenía necesidad de hacer. En fin, me instó vivamente para que le dejase ir a mi Corte de París. 

Lejos de avergonzarse, el aludido declaró sentirse halagado por el hecho de que el Emperador hiciera público el amor que le profesaba. En todo caso, estos hechos dieron lugar a los trágicos acontecimientos del 2 de Mayo. Retenido en Valençay, Fernando supo que había estallado la Guerra de la Independencia de la que se mantuvo al margen, hasta la caída de Napoleón en 1814, año en se vio de nuevo rey de España, lo que no le impidió mantener el secuestro de sus padres que murieron en Roma, sin haber regresado jamás a España.

Cuando el pueblo gritó aquello de ¡Vivan las caenas!- Fernando volvió aparentando aceptar la Constitución, algo que incumplió sin el menor escrúpulo, procediendo a vengarse de todos aquellos a quienes consideraba enemigos de su persona que, en definitiva, fue lo único que le dio algún cuidado a lo largo de su real existencia.

En realidad, según escribe Modesto Lafuente, a pesar de su apariencia conciliadora, sus intenciones estaban muy bien definidas:

Mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos. 
4 de mayo de 1814

Cuando finalmente cayó Napoleón y, a pesar de la significativa lucha de los españoles contra él -en la península sufrió algunos de sus primeros reveses frente a la guerrilla-, la Europa del Congreso de Viena ignoró a Fernando VII, a quien el pueblo, sin embargo, seguía amando con incomprensible fidelidad. Paulatinamente, pero siguiendo los planteamientos citados, reinstauró el absolutismo, derogó la Constitución de Cádiz y persiguió a cuantos la habían promovido.

Es justo citar aquí, algo muy bueno, extraordinariamente bueno, que debemos a este rey. Apoyado por su segunda esposa, Isabel de Braganza, Fernando VII recuperó la idea de José I de crear un Museo Real de Pinturas, a cuyo efecto hizo adaptar el edificio que Juan de Villanueva había diseñado para Gabinete de Historia Natural, que se convirtió así en el Museo del Prado, que Fernando inauguró, ya acompañado por su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, el 19 de noviembre de 1819.


En 1820 se produjo un pronunciamiento militar, el de Riego, que dio acceso al período conocido como Trienio Liberal durante el cual se reinstauró la Constitución del 12. Fernando, mientras aparentaba simpatizar –Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional–, organizó una petición de socorro a Francia, que le envió el ejército conocido como los Cien Mil hijos de San Luis, que en 1823, le ayudaron a volver al antiguo sistema recuperando las fórmulas absolutistas.

Durante la Década Ominosa que siguió, a pesar de que promovió una persecución sin cuartel contra los llamados exaltados, provocó el malestar entre los absolutistas, a quienes pareció que el monarca se había vuelto un poco liberal, situación que aprovecharon para enarbolar la bandera del Infante Carlos María Isidro, con su pretensión al trono. La situación creada estallaría ferozmente tras la muerte de Fernando VII, al producirse la sucesión de su hija Isabel II por aquella Pragmática que Carlos María jamás aceptó.

Para terminar, una breve mención –sin entrar en detalles, que los hay, pródigos y muy penosos en su mayoría–, a las cuatro esposas de Fernando VII, el rey de la Pragmática Sanción. 

1802 –18 años– se casa con su prima María Antonia de Nápoles, –18 años– (1784–1806) hija de Fernando IV de Nápoles y María Carolina de Austria.

1816 –32 años– con su sobrina Isabel de Bragança –19 años–, (1797–1818) Infanta de Portugal, hija de su hermana Carlota Joaquina, casada con Juan VI de Portugal.
1819 –35 años– María Josefa Amalia de Sajonia –16 años– (1803–1829). Hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Borbón–Parma.

1829 –45 años– con su sobrina María Cristina de las Dos Sicilias –23 años– (1806–1878), hija de su hermana pequeña María Isabel de Borbón, casada con Francisco I Dos Sicilias. Dos hijas: 

      Isabel II (1830–1904)
      Luisa Fernanda (1832–1897) que casaría con el duque de Montpensier.


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