viernes, 5 de diciembre de 2014

Sebastián I de Portugal




Sebastián de Portugal. REX PORTUGAL[O]RUM ET ALGARBIORUM XVI. 
Cristóvão de Morais. 1571/74. Museu Nacional de Arte Antiga
Carlos V con Perro. Tiziano, 1533. Museo del Prado

No deja de sorprender la similitud entre estos retratos, separados en el tiempo, por un lapso de alrededor de 40 años. Sebastián, el heredero de la Corona de Portugal, era nieto de Carlos I, pero estos dos personajes nunca se conocieron. El Emperador tenía otro nieto, llamado Carlos, para el cual se preveía la sucesión de don Sebastián.

Los primos, Carlos y Sebastián –el padre de Carlos, Felipe II, y la madre de Sebastián, Juana, eran hermanos–, tienen trayectorias vitales envueltas en sombras, ocultaciones, secretos y mentiras de variado calibre y por diversos motivos; los papeles relativos a don Carlos, fueron quemados por orden de su padre, y para los relativos a don Sebastián, hemos de recurrir a los archivos del reino vecino, que se ocupan más del personaje, pero que también ocultan o desfiguran, o disimulan o idealizan detalles muy trascendentes. Tampoco se conocieron entre sí, pero compartieron la admiración por sus respectivos antecesores – Carlos V Emperador y Alfonso V El Africano-, así como una muerte trágica, cuyas circunstancias, nunca se aclararon debidamente en ninguno de los dos casos.

La vida de don Sebastián, de la que vamos a ocuparnos en primer lugar, es, en definitiva, más compleja y detallada, puesto que llegó a ocupar el trono y a tomar decisiones regias, mientras que la de don Carlos, es, con diferencia, mucho más breve y reservada.


Precedieron a su nacimiento muchas señales tristes anunciadoras de desgracias: oyéronse en el aire estruendos de guerra y muchas noches sobre el palacio de Lisboa, aullidos espantosos. 

Apareciósele una de ellas a la Princesa, después de recogida, una mujer llorosa y enlutada, que dando un soplo se deshizo. Otras noches sintió que la apagaban la luz sin que se viera quien lo hacía. Estando a la ventana con sus damas, vieron todas, por dos veces salir de un corredor muchos hombres vestidos a la Morisma, y con achas encendidas, que con paso artificioso y lastimeras voces se sumergían en el Tajo, aunque en el sueño no la dejaban libre estas infaustas sombras, y así solía despertar con temores y sobresaltos. Últimamente sobre la ciudad fue vista una señal funesta en forma de tumba, que dejó a todos asombrados y confusos. 

Estos y otros pronósticos prefiguraron a este Príncipe las tempestades de su ocaso, aunque antes de amanecer a las lisonjas de su Oriente: y no se tuvo por la menor entonces haber muerto su padre pocos días antes, un Martes, que se contaron dos de Enero del año de 1554, de edad de diecisiete años no cumplidos, aun sin haber gozado la corona con que las galas y festejos que le previno el mundo en los umbrales de su vida, fueron lutos y lágrimas. Ni sea todo de la jurisdicción de los prodigios, ni todo efectos melancólicos de la preñez, decida la discreción este concurso de señales, en tanto que nosotros discurrimos por los sucesos.

Epítome de la vida y hechos de don Sebastián Décimo sexto Rey de Portugal y único de este nombre. Jornadas que hizo a las Conquistas de África y su muerte desgraciada. Con Discursos Escolásticos, Políticos, Historiales y Morales, deducidos de la misma Historia. Por el Licenciado D. Juan de Baena Parada, Presbítero, Natural de la Coronada Villa de Madrid.
El Príncipe Juan. Royal Collection Trust. GB.

De acuerdo con la página de la RCT, este retrato es una réplica contemporánea del original perdido de Antonio Moro, realizado en 1552, cuando el modelo tenía catorce años. Pertenecía a María de Hungría y fue destruido por el fuego en el palacio de El Pardo en 1604. Es una de las dos réplicas conocidas creadas en el taller de Moro, bajo la supervisión directa del artista, en Portugal.

Pese a ello es muy parecido al original perdido, y tiene una historia notable. Se cree que es la réplica creada para enviar a Juana de Austria por la Reina de Portugal, durante las negociaciones de matrimonio. Después de la muerte de Juana de Austria en 1573 este retrato pasó a la colección de su hermano, Felipe II. Al morir Felipe fue cedido a su hermana, la emperatriz María, y colgado en el palacio próximo al convento de las Descalzas Reales de Madrid. Probablemente pasó a la propia colección del convento y, en la década de 1830, entró a formar parte de la colección de “H. du Blaisel” que lo vendió al barón Taylor para la colección de Luis Felipe I de Francia. A partir de entonces, se mostró en la “Galería Española” de Luis Felipe, en el Louvre.

La RCT dispone de trece residencias reales en las que presenta sus colecciones, entre ellas, Hampton Court, que es donde se encuentra este retrato del Príncipe Juan.

A pesar del identificador que aparece en el marco: WORKSHOP OF ANTHONIS MOR VAN DASHORST JOHN, PRINCE OF PORTUGAL, la autora de El Cuaderno de Sofonisba, basándose en estudios de la especialista María Kusche, propone la atribución al flamenco Jorge de la Rúa, en realidad, llamado Joris van der Straeten.

***

Juan, Príncipe de Brasil, nacido en Évora el 3 de junio de 1537, fallecía en Lisboa el dos de enero de 1554, a los 16 años, morto de amores por su esposa Juana de Austria, con quien había sido casado a los 15. Así pues, no llegó a conocer a su hijo Sebastián, que nació el día 20 del mismo mes. Parece ser que también murió de diabetes; en todo caso, era el último hijo que quedaba con vida a Catalina de Austria, que se ocuparía de le regencia y de la formación de su nieto, ya que Juana, por obligación y, tal vez por personal deseo, abandonó Portugal casi inmediatamente después del parto, dejando allí a su hijo, al que nunca había de tornar a ver. 

Doña Juana, que solía llevar encima la imagen de su hermano, tenía por norma, no ya obedecer sus órdenes, sino adelantarse a sus deseos, si podía, igual que lo habían hecho las hermanas de su padre.

Fragmento de un retrato de Juana realizado por Sánchez Coello.

El hecho es que también dejaba pocos amigos, tal vez porque no se adaptó a aquella corte, que, a su vez, la consideraba altiva y distante. Se dice que Juana tenía el mismo temperamento que su hermano, Felipe II y la misma tendencia a aislarse y poner distancias, en parte, por su carácter, y, en parte a causa del protocolo borgoñón.

Las cláusulas del acuerdo matrimonial entre Juan y Juana, especificaban que, en caso de enviudar, ella volvería a España, donde, precisamente en aquel momento era necesaria, porque don Felipe se preparaba para viajar a Inglaterra, donde ya se había acordado su segundo matrimonio con la reina María Tudor, su tía, cuyo nombre dinástico no debe confundirnos, ya que también era nieta de los Reyes Católicos, por ser hija de Catalina de Aragón, la hija menor de estos, casada con Enrique VIII, quien posteriormente la repudió.

Catalina de Aragón 1485–1536 a los 40 años (L. Hornebolte) y Enrique VIII 1491–1547,a los 49 años. (Hans Holbein El Joven, 1540. Galleria Nazionale d'Arte Antica. Roma). Casados el 11 junio ede 1509

María no dejó por ello de ser hija del monarca inglés, y le había llegado la hora de acceder al trono, después de la ejecución de la jovencísima Jane Grey –16 años–, tras un reinado de nueve días.

Ejecución de Jane Grey en la Torre de Londres en 1554. Paul Delaroche, 1833. 
Nat. Gall. Londres.

María Tudor 1516–1558. Antonio Moro, 1554. Museo del Prado

Así las cosas, Luis Venegas de Córdoba, fue encargado de organizar la vuelta de doña Juana, a pesar de la reticencia mostrada por la Corte Portuguesa, que se negó a costear su viaje Valladolid. Don Luis explicó que la princesa permanecería a disposición del reino de Portugal y de su hijo, el heredero de la Corona, y que no permanecería fuera por más tiempo del que el Emperador o el Príncipe estuviesen ausentes de aquellos reinos; algo que nadie pensaba cumplir.

Juana abandonó Portugal el día 15 de mayo de 1554. Mientras la Corona portuguesa quedaba en manos de doña Catalina y del Cardenal Enrique, Juana debía asumir la gobernación en Castilla, por deseo expreso y poderes otorgados por don Carlos, que, tras de disponer aquella boda inglesa –para Felipe no tenía ningún atractivo, pues María era once años mayor que él, entre otras cosas, y, de acuerdo con el Príncipe de Éboli, casarse con ella, constituía un verdadero sacrificio–, había nombrado seis Consejeros para que asistieran a doña Juana; entre ellos el Presidente del Consejo de Castilla; el Arzobispo de Sevilla, Luis Hurtado de Mendoza; el Marqués de Modéjar o don García de Toledo, además de un Secretario, con los cuales debía reunirse la princesa en Valladolid, en el Palacio del Conde de Benavente, a donde también acudiría don Carlos, el hijo de Felipe II que, para entonces, tenía diez u once años.

Felipe acudió a Alcántara a recibir a su hermana, a la que halló en un estado penoso, tanto por su aspecto, como por su ánimo. Juana, que siempre dio muestras de carácter y energía, cayó más de una vez en lo que podríamos calificar como depresiones. Badoaro, el embajador veneciano, aseguraba que tenía un carácter excesivamente enérgico, que mostraba incluso sentimiento por no haber nacido varón y que su parecido físico con don Juan de Austria era notable. Con todo, aseguraba que doña Juana era la mujer más bella de su tiempo.

Doña Juana de Austria, Princesa de Portugal. Sánchez Coello. 1557
Museo Bellas Artes de Bilbao

La reina doña Juana I, abuela de Juana y Felipe, falleció en Tordesillas el 12 de abril de 1555, a los 76 años. Por alguna razón, don Carlos, que reinaba en su nombre –puesto que ella nunca abdicó, ni fue destronada–, sintió, tal vez, que también había llegado su hora y, entre octubre de 1555 y febrero de 1557, fecha en la que hizo su entrada en Yuste, cedió todos los poderes a su hijo, exceptuando la herencia Imperial, pero incluyendo el Maestrazgo del Toisón y el Ducado de Borgoña con la soberanía de los Países Bajos.

Camino de su retiro de Yuste, Carlos V conoció en Valladolid a su nieto Carlos, el primogénito de Felipe II, que no le causó buena impresión, por lo que a pesar de los ruegos de su hija Juana –S.M. no puede imaginar hasta qué punto se hace necesario que a todos nos otorgue esta gracia–, se negó, no sólo a permitir que viviera a su lado, sino también a que viviera en Cuacos, donde vivían Luis Quijada y Martín de Gaztelu, y desde donde a diario le visitaban. Contrariamente, aunque de forma humanamente comprensible, don Carlos se complacía en ver crecer a don Juan de Austria.

Nos queda la duda de saber a qué se refería exactamente su hija, al decir a don Carlos no podía imaginar hasta qué punto era necesario que asumiera la custodia de su nieto.

Después de la victoria de San Quintín el 10 de agosto de 1557 –día de San Lorenzo–, con la entrada en la ciudad de las tropas de contrato mandadas por Filiberto de Saboya, celebérrima, más que nada, por el Monasterio de El Escorial, Felipe recibía una carta de su hermana, fechada en Valladolid el 11 de octubre de 1558, en la que le comunicaba el fallecimiento del Emperador el 21 de septiembre anterior, y le explicaba todos los detalles del evento, a pesar de que, –y esto es tremendamente curioso–, ella no había asistido al mismo, y no sólo eso, sino que ni siquiera había visitado a don Carlos en su retiro, por deseo expreso del mismo. 

Entre tanto, sólo unos días antes de San Quintín, Juan III fallecía en Portugal, repentinamente, tras haber sufrido, en palabras del embajador Juan Hurtado de Mendoza, varios ataques de melancolía. Había sido don Juan, en opinión del mismo embajador, expresada por carta a la princesa regente, Juana: desdichado en los sucesos de su tiempo, ni de decir que flojo, costoso e irresoluto, y que las más de las cosas que le aconsejaban, erraba, y de las que hacía sin consejo y por su cabeza, era lo mismo.

Don Carlos, que aún vivía para la fecha de la muerte del rey portugués, hacía pesar sus decisiones sobre el reino vecino a través de su hermana Catalina, y, sobre esta, a través de Francisco de Borja, que tiempo atrás, había pasado tres años en Tordesillas, en vida de doña Juana la Loca y, por lo tanto, había tratado a Catalina desde la niñez. 

…y lo que se debe a la reina, mi hermana, que he hallado en todo lo que se ha ofrecido muy aficionada a mí y a todas mis cosas. (18.1.1548)

Por esta vía hizo llegar algunas instrucciones secretas a la reina viuda: que asumiera la regencia durante la menor edad de Sebastián; que asegurara la sucesión de su nieto Carlos en caso de fallecimiento de Sebastián y que auspiciara la renuncia formal del Infante Cardenal don Enrique, hermano del fallecido Juan III.

En aquel momento decisivo, integraban la Casa Real portuguesa varios curiosos personajes: Catalina y Sebastián, por supuesto, pero también Isabel de Bragança, viuda de Duarte, el hermano menor de Juan III, y María, la casi olvidada hija de Leonor, la hermana mayor del emperador, tercera y última esposa de Manuel I El Afortunado, por entonces ya de 36 años y a quien Leonor había tenido que abandonar, a su pesar, también para convertirse en rehén de la política de don Carlos, que la casó con su archienemigo Francisco I rey de Francia. 

Cuando Leonor, ya viuda, pudo volver de Francia, expresó reiteradamente el deseo de recuperar a aquella hija, a quien, para su gran pena, sólo vio en una ocasión –propiciado el encuentro por don Carlos, cuando ya estaba en Yuste–, en un punto medio del camino entre las residencias de ambas. Para entonces, María ya no quería vivir con su madre. Leonor falleció poco después, dejándole una fortuna, al parecer, inmensa, de acuerdo con diversos testimonios que documentan a María como la Princesa mais opulenta de Europa, o la mais rica da christiandade. 

María, la hija de Leonor de Austria. 1521–1577. Duquesa de Viseu. 
Antonio Moro, c. 1550. Descalzas Reales. Madrid.

Al parecer, en tiempos de Juan III habían pensado en casarla con el hermano menor de Carlos V, o já caduco Fernando d’Austria que ia occupar o throno allemáo, propuesta a la que doña María había respondido francamente ante la Corte: Quando se ofrecían negocios que tratar, que parecían buenos, andava Vuestra Alteza en dilaciones y de feria en feria, sin quererlos concluir, y agora que no hay ninguno, ¿me sale con esso? Pues aunque fuese monarca del mundo, no lo haré, ni se ha de pensar tal cosa de mi.

La educación de Sebastián fue encomendada por el cardenal Enrique al jesuita Luis Gonçalvez de la Cámara, y a otros dos elegidos por él, Amador Rebelo y Gaspar Mauricio, quedaron encargados de enseñarle Gramática y protocolo respectivamente; algo que no gustó a Catalina, con la que surgían continuos roces, hasta que hizo saber al cardenal que un maestro del heredero debía hacer su trabajo sin haber de pasar de aquello que le tocaba, no hacerse censor de su vida y costumbres, por ser materia que toca a su ayos y no a los maestros de gramática.

Catalina simpatizaba más con el estilo y la doctrina del dominico Fray Luis de Granada, y sabía imponer su criterio, lo que le atrajo la antipatía permanente de don Enrique, que parece ser que dedicó sus energías a desacreditar a la regente, sin conseguirlo, sino que, buen al contrario, por la época de la que nos ocupamos, Catalina se ocupó de organizar la defensa de la fortaleza de Mazagán, en un momento en que la mayor parte de los presidios africanos se estaban perdiendo o siendo abandonados: la hazaña le ganó a Catalina las simpatías populares.

Cisterna de la época manuelina. Mazagán.

Por otra parte, Catalina tuvo siempre gran fortaleza de ánimo, cimentada, como sabemos durante su solitaria infancia en Tordesillas, hasta que su hermano, don Carlos, se la arrebató a su madre con malas artes, aunque tuvo que devolverla y explicar a doña Juana que había decidido la boda de Catalina con el príncipe portugués, a lo que Juana accedió, con gran pena, pero sin quejas. Recordemos asimismo que Catalina había nacido después de la muerte de su padre y constituyó la única compañía de doña Juana durante los primeros años de su encierro. 

Catalina, pues, educada por doña Juana, no sólo estaba preparada para luchar contra las adversidades, como demostró siempre, sino que también, ya en su tiempo se decía que era la princesa más inteligente de la Casa de Austria y que su fortaleza de ánimo y la firmeza de sus meditadas decisiones, recordaban mucho a la reina Isabel, su abuela.

El 23 de diciembre de 1562 terminaba la regencia de doña Catalina, pero mantuvo las riendas de la tutela del don Sebastián. Para la ocasión se aprobó en Cortes una serie de medias de las que algunas son más bien sorprendentes.

–Que don Sebastián, en cuanto cumpla 9 años, se quite de entre mujeres y se entregue a los hombres.

–Que se case, aunque no tenga edad; que sea en Francia y que la mujer elegida para él se críe en Portugal.

–Que se legisle para que no se otorguen oficios ni prelaturas a extranjeros.

–Que se suspendan los Estudios de Coimbra por ser perjudiciales al reino; la renta ahorrada, se aplique para la guerra –en África– y, literalmente: quien quisiera aprender vaya a Salamanca o a París, para que no haya tanto letrado sobrante, ni tantas demandas.

Para entonces tuvo lugar, por fin, la última sesión del Concilio de Trento, cuya bula de confirmación se publicó solemnemente en la Catedral de Lisboa, ante el arzobispo Enrique, su titular, siendo Portugal el único reino católico que no presentó ninguna alegación ni preguntas sobre lo establecido en sus conclusiones. 

La formación del joven monarca seguía adelante. Escribió Queiroz de Velloso que los documentos legados a la historia por Sebastián, revelan, variedad de conocimientos, pero confusión de ideas y oscuridad de pensamiento, lo que convierte parte de sus escritos en verdaderos enigmas, que por último y, fatalmente, reflejan una gran vanidad.

El embajador español Silva escribió al respecto a Zayas, el Secretario de la corona española en mayo de 1576:

Es tan grande la adulación que le rodea, que le osaron decir que es el más alto hombre de cuerpo que hay en Portugal, o el mayor músico, o cosa semejante. Él tiene ingenio agudo y confuso. Concibe imaginaciones sutiles, pero no las puede digerir y así nacen monstruos. Y aún le dirán que excede a Tulio. Tiene muchas virtudes, pero su educación es tan bárbara que no se han descubierto. Escribe oscuro, pero es tanta la adulación que le alaban el estilo como excelente.

Impresiones que compartía el citado Queiroz Velloso, recalcando que la vanidad era el rasgo más sobresaliente de la personalidad del pequeño monarca. Conviene recordar todo esto, porque no fue siglos después, sino en aquel momento, cuando la extremada suficiencia de don Sebastián y decisiones como la de cerrar la Universidad para destinar los recursos a la guerra en África, se saldaron con un alto precio, tan alto como la ruina y la destrucción de un reino que hasta entonces, disfrutaba de gran abundancia de recursos.

Sebastián de Portugal. Cristóvão de Morais, 1572. 
Óleo/lienzo 183x100 cm. Museo del Prado

Es de carnes blancas como el mismísimo ampo de nieve, de cabellos más rubios que el oro, con la piel más fina que la seda y los ojos más azules que el amor. De amplia frente, de nariz finísima, de manos señoriales y boca pequeñita y roja como la buena fresa. Álvaro de las Casas,

Tenía entonces once años y se admiraban de su tez tan blanca como la leche, con pecas tan bien hechas que parecían pintadas, sus ojos, azules. Suzanne Chantal.

Dedos estrechos, aguzados y largos, parecían de mujer y Dignidad de maneras y control de sus gestos. A. Danvila.

La mayoría de los autores coinciden en su apreciación de que Sebastián había heredado, no sólo los rasgos físicos, sino también caracterológicos de su madre, la princesa Juana, presentándolo a la vez, como tímido y violento, piadoso y obsesivo. Don Sebastián, por último, y en palabras de Francisco de Sales Mascarenhas: Se fez rei antes de saber qué cousa era ser homen.


Tres años antes de declararse su mayoría de edad, don Sebastián presentaba desconcertantes síntomas fisiológicos, que anunciaban dificultades con respecto a la herencia de la Corona. Su abuela Catalina se preocupaba obsesivamente por su salud y ejercía la tutela con mano firmeza, algo que el joven heredero no estaba dispuesto a soportar, asumiendo una actitud de rechazo muy dolorosa para ella, que la interpretaba como una muestra de desamor difícil de sobrellevar, por lo que envió a Francisco de Borja una carta desesperada, pidiendo su ayuda: Yo estoy tan reducida a tan triste estado que tengo infinita necesidad de vuestras oraciones. Este reino está tan perdido por las razones que os he dicho, que si vuestra salud lo permite, sería utilísimo para el servicio de Dios que vinieseis aquí a hacer una visita; veréis vos mismo la verdad de lo que os digo y podréis poner remedio. Dios me dé a mí el socorro que sabe necesita mi alma en medio de tantas aflicciones.

A pesar de los lamentos de Catalina, a Filipe II, que nela –Catalina– tinha o seu melhor agente em Portugal, não convinha que D. Catarina abandonasse êste país, moveu por isso as suas influênças conseguindo que o própio Papa escrevesse a D. Sebastião.

El 18 de enero de 1568, exactamente dos días antes de la proclamación de Sebastião, el príncipe Carlos era encerrado por orden de su padre, para siempre, en el Alcázar de Madrid. Felipe II mandó cartas a todo el mundo para comunicarles su decisión, pero a nadie dijo exactamente por qué lo había hecho, o cual fue el delito de su hijo, pero jamás se permitió la menor muestra de clemencia, a pesar de que se lo rogaron, la propia Catalina, la reina Isabel de Valois, su esposa, y doña Juana, la tía del ilustre preso. Tenía don Carlos 22 años y don Sebastián, 14. Don Carlos era el heredero indiscutido de la Corona portuguesa en caso de fallecimiento de don Sebastián. Uno y otro constituyeron el prólogo de una extraña partida, cuyo desenlace se produciría con la temprana muerte de ambos.

Don Carlos. BBAA Oviedo. Sofonisba Anguissola o  Sánchez Coello según original de Anguissola.

Pero volvamos a la corte portuguesa.

Lo más importante en aquel momento era casar al jovencísimo monarca, porque la sucesión es uno de los fundamentos de la realeza, pero, en este sentido, don Sebastián planteaba muchos problemas que se trataron con la mayor discreción posible, a pesar de que, como veremos, el asunto se debatía en las tabernas.

El día 24 de julio de 1568 se produjo un suceso que conmocionó a todo el espacio europeo sobre el que se hacía sentir el peso de la Monarquía Hispánica. 

El heredero de la Corona de España, don Carlos, moría en su encierro del Alcázar de Madrid. Nuevamente, su padre informó a las diferentes cancillerías, así como a su familia y al Papa, sin ofrecer explicaciones, tampoco en esta ocasión. ¿Cómo era que el Príncipe, del que nadie había oído que estuviera enfermo, solo sobreviviera seis meses a su encierro?

Donde únicamente se experimentó sensación de alivio, casi de satisfacción, fue en Portugal, que desde el nacimiento del hijo de la Infanta doña María de Portugal –la primera esposa de Felipe II–, vivía en la incertidumbre del futuro, pensando que si llegara a faltar don Sebastián, era su primo castellano el heredero indiscutible de la corona lusitana.

Pero este drama de la Corte de Madrid no solucionaba las dificultades de la portuguesa, con respecto a la sucesión; o primeiro deles é misoginia estimulada pela educaçao excessivamente religiosa recibida pelo Rey.

A finales de enero de 1562, cuando Felipe II intercambiaba correspondencia con Maximiliano sobre la boda de una hija de este con el heredero portugués –a quien él mismo había descartado radicalmente como marido de su hija mayor–, recibió una carta de Luis de Venegas, a quien había enviado a Lisboa en busca de informaciones fidedignas: El Rey don Sebastián siempre mostró invencible repugnancia a contraer matrimonio, y aunque no se negara a tratar del mismo, procuró invariablemente dilatarlo hasta terminar apartándose de él, cosa que no constituía un secreto para nadie. Por otra parte, la intervención de su tío don Felipe, como jefe de la familia, le molesta profundamente, juzgándose humillado por ello y menoscabada su autoridad soberana.

Ya en 1565, doña Juana de Austria había mandado a Cristóbal de Moura a Lisboa ante los primeros rumores, pero este informó de que el estado del heredero había sufrido un tropiezo en su salud, pero que ya se había repuesto, a pesar de lo cual, solo un mes más tarde, Alonso de Tovar escribía a Felipe II: Tengo entendido que estos físicos que más saben, están harto temerosos de lo que toca a tener hijos y en lo demás no muy seguros, si esto va adelante, como parece que va.

En el mismo sentido escribía Carrillo de Mendoza al Rey en diciembre de 1569: No dejan de estar algunos sospechosos por lo que ven y la enfermedad que tuvo: y de un médico castellano que ayudó a curarle de ella, le vi decir que en aquello no podía hablar, por lo que se podrá también inferir algo de esta sospecha, no habiéndole visto hasta ahora mirar a una mujer.

La reina Catalina, su abuela, tras serle denegada su petición de volver a Castilla, escribía asimismo al Consejo de Estado: Que S.A. se disponga a tratar del reposo y conservación de su salud y manifieste los defectos de ella a los médicos, cuyo parecer debe seguir. Porque en esta parte tiene más necesidad de tener cuenta consigo de lo que él piensa; así para  conservación de su vida como para bien y consolación de sus reinos, como también para tener la disposición necesaria para el efecto de su casamiento.

Este último informe llegó a conocimiento de don Sebastián quien reaccionó violentamente ante su abuela, que en aquellos momentos no tenía más apoyo que el del Embajador Borja, quien, tras oír el informe de Rodríguez de Guevara, Profesor de Anatomía de la Universidad de Coimbra, que para entonces era médico de palacio, le dijo: –Dudo mucho que el Rey sane y mucho más que tenga hijos, aunque se case sanando–, y afirmó abiertamente que en todas las tabernas de Lisboa se discute la enfermedad del Rey.

Antes de que don Felipe se encargara personalmente de la boda de Sebastián con Elisabeth, la hija de Maximiliano, se habían cruzado embajadores para propiciar un matrimonio con Francia, al que el monarca se opuso moviendo todas sus piezas, pero más tarde, agotadas casi todas las posibilidades, volvió a considerar la idea, pidiendo a Sebastián que le enviara poderes para actuar en su nombre ante la corte francesa, a los que este contestó en carta de septiembre de 1569: Espántome mucho de V.A. persuadirme tanto que envíe los poderes para tratarse de mi casamiento en Francia, habiendo de antes trabajado tanto para estorbarlo.

Para cerrar este asunto, transcribo una copia de la carta de 24 de enero de 1570, enviada por Borja a Felipe II, en la que muestra una actitud serena y equilibrada, aunque no exenta de dudas: 

Yo no acabo de determinarme qué cosa sea esta de no querer casarse el Rey; por una parte veo que el mayor inconveniente que todos los que tratan de este negocio ponen, es la poca gana que el rey tiene de casarse y que esto no sé de qué procede, porque en su edad ni les suele faltar estas ganas a los mozos, si no son viciosos –como no lo es el Rey–. Por otra parte, díjome la reina que el rey estaba muy sano y muy bueno y que había sanado muy bien de aquella su indisposición. Por estotra parte, háceme sospechar mal en esta materia lo que el Maestro me dijo hablando de casarse el Rey, diciendo que si alguna cosa le podía hacer mudar de idea que ahora tiene, sería como sentir en sí pasiones que le pusieran en peligro de ofender a Dios, porque era tan buen cristiano y temeroso de Dios que, por salir de este peligro, se casaría. De esto infiero que el no tener pasiones en esta edad no es de tener por muy sano, porque la virtud no consiste en no tenerlas, sino em vencerlas.

Contóme también extremos de su honestidad, que diz, que es tanta, que no se sufre tratar delante de él plática de mujeres, aunque sea tan honesto que la traten religiosos.

Tiene también este extremo que nadie le ve a la mañana hasta que él sólo ha tomado la camisa y vestídose en calzas y en jubón. A mí todo esto me acrecienta la sospecha que de ahí traía.

Incluso el Papa, Pío V, había escrito a la Corte, dando prisa a la boda con Francia, para evitar allí la entrada de un no católico. Pío V conocía con exactitud los problemas que a todos preocupaban, pero los zanjó anunciando que a pesar de ello convenía la unión no siendo imprescindible la convivencia marital inicial. No obstante esto, escribió también a Francisco de Borja para que pidiera explicaciones al P. Cámara, confesor del Príncipe, el cual se defendía ante su Orden: Quien dice al Pontífice que yo tengo en mi mano el corazón del monarca, pudiendo inclinarlo a mi voluntad, no conoce a don Sebastián. Lo que el Rey quiere, lo quiere decididamente, sobre todo en asuntos como este, que tantas veces discutió, saliendo vencedor.

Porque estamos tratando de la historia de don Sebastián de Portugal, apenas podemos detenernos en los múltiples y gravísimos sucesos en torno a la Corona de España, pero hay que decir, sin embargo, que doña Juana, la madre de Sebastián, había caído enferma en 1571, manifestando sólo fugaces mejoras, hasta alcanzar un estado crítico en agosto de 1573, que la impulsó a hacer testamento, en el que expresaba su confianza absoluta en la persona de Cristóbal de Moura, quien la había acompañado desde su vuelta de Portugal; Moura, hombre que pasa bastante desapercibido, llegaría a representar, no obstante un importante papel en la Corte de Felipe II, especialmente, en lo relativo a los planes tras la desaparición de don Sebastián. 


Dona Juana (1535-1573), Prinzessin von Portugal, ganzfiguriges Bildnis im Alter von 22 Jahren mit einer Dogge
Alonso Sánchez Coello, 1557. Kunsthistorisches Museum. Viena. Exp. Scloss Ambras.

En los primeros meses de 1573, considerando tal vez la enfermedad de Juana, doña Catalina propuso un encuentro entre madre e hijo, que debería pasar unos días con ella. No conocemos la opinión de doña Juana, pero Felipe II se opuso al encuentro, alegando el estado de salud de su hermana; precisamente la misma razón por la que Catalina pensó en el encuentro, previendo, quizás, que ya no habría más oportunidades. Escribió, pues, don Felipe a Juan de Borja: La venida del Rey por acá sería de tanto embarazo para mí y de tan poco provecho para él, que me maravillo mucho de que su abuela se lo haya puesto en la cabeza. Y esto resulta absolutamente incomprensible, porque en realidad, en aquel memento no había impedimentos notorios, excepto el desconocido embarazo para mí, que nadie más vio y que el rey no dio a conocer, como de costumbre.

De paso, desacreditaba a doña Catalina –que ponía cosas raras en la cabeza del joven rey portugués–, e ignoraba con evidente desapego los probables deseos de la madre enferma. En todo caso, de este frustrado evento, se deduce fundamentalmente, que tío y sobrino no deseaban verse y que ambos tenían escasa consideración hacia la madre; Sebastião nunca parece ter sentido vontade de ir a correr para os braços de mae.

Doña Juana fallecía el 8 de septiembre de aquel año de 1573, profesa en la Compañía de Jesús, en la que fue registrada, bajo el nombre de Padre Mateo. Sorprendente excepción, sin duda. Contaba sólo 37 años, habiendo tenido una existencia breve, aunque muy intensa en diversos aspectos, no siempre festivos.

En 1574 se plantea la boda de Sebastián con Isabel Clara Eugenia, la hija mayor de Felipe II; una idea que el monarca no quiere ni tomar en consideración, con todo lo que ya sabe de don Sebastián. Sus dudas provocan una queja de la siempre atribulada abuela Catalina: No crea Vuestra Alteza todo lo que dicen y acuérdese quan acostumbrado está el mundo a decir de las cosas más de lo que son. Una declaración que provoca que el Rey encargue a Juan de Silva, el nuevo embajador en aquella corte, que haga todo lo posible por alejar la idea de la mente de su tía. Silva propone una nueva interpretación de los hechos, que no depende de ninguna incapacidad física.

Carta de Silva a Felipe II, 6 de Marzo de 1576: Aunque S.M. no me haya mandado expresamente examinar la sospecha que se ha tenido de la inhabilidad del Rey para tener hijos y la plática sea indecente, es todavía este artículo tan importante, que no quiero dejar de apuntar lo que me parece.

Cosa es averiguada el no haber el Rey hecho prueba de sí, ni intentádolo jamás. Muestra demás de esto, tanto odio a las mujeres que aparta sus ojos de ellas. Criáronle los de la Compañía [de Jesús] afeándole tanto el trato con las mujeres, como un pecado de “eregía” y bebió aquella doctrina de manera que no hace diferencia de lo que es gentileza y virtud, a lo que es ofensa a Dios; y así sospecho que podría ser no haber en él este defecto que se teme. Todo lo que aquí digo es cosa pública y manifiesta.

A pesar de esto, pocos días después, volverá sobre el tema, aportando algunas novedades: Escrita esta, he sabido que el mal del rey es de la cualidad de los que tuvo en la niñez, y que no se tiene en poco, aunque lo encubran. Cúranle por la noche y hanse hecho juntas secretas de muchos cirujanos de Lisboa.

Antes de tratar este asunto, en carta de 24 de mayo de 1574, don Juan de Borja había informado a Felipe II sobre los proyectos que, en realidad abrigaba Sebastián: Trata agora muy de veras de querer pasar en África a conquistarla.

Así, tres meses después de dejar a un lado el enojoso asunto de la boda, Sebastián, deseoso de volver a sus planes de guerra en el norte de África, emulando a sus antepasados, envía a la Corte de Madrid a Pedro de Alcaçoba Carneiro con una carta que contenía tres proyectos de suma importancia:

–Consolidar la posibilidad de efectuar una entrevista personal con Felipe II en Guadalupe, fijando una fecha para la misma. –Felipe II aceptará.

–Solicitar el apoyo moral y material del mismo para aquella guerra con la que soñaba. –Felipe II dice que, en principio, está de acuerdo.

–Plantear de forma definitiva su casamiento con Isabel Clara Eugenia. –Felipe II dice que ese asunto, ya se verá cuando la Infanta tenga más edad.–Efectivamente, además del rechazo inicial del rey Felipe a este proyecto, en aquel momento, la Infanta sólo tenía diez años.

A finales de agosto del mismo año, Catalina, que, al parecer, hasta entonces desconocía los planes bélicos de su nieto –planes que evidentemente desaprobaba–, escribió a su vez a Felipe II, lamentándose por el silencio de Sebastián, y, tal vez, exculpándose de toda responsabilidad sobre tal decisión:

Señor, el Rey mi nieto se embarcó ayer y todos me afirman que para pasar a África. Encubriómelo siempre y también me encubrió su partida y aunque hoy me dieron una carta suya en que me dice que su intento es ir al Algarve, temo lo que todos me dicen, y estoy con mucha pena y congoja por infinitas cosas que se me representan, y como no tengo a quien acudir en mis dolores, sino a V.A., así se los propongo y le suplico que me aconseje lo que debo hacer en un negocio que parece tan sin fundamento y de tanto peligro; y porque yo no estoy para más y he encomendado a don Juan de Borja escriba sobre ello más largo a V.A., acabo pidiendo a Nuestro Señor que no permita que mis pecados sean causa de algún grande mal… Madre de V.A. que hará lo que V.A. mandare. Rainha.

Por último, ya para el día 30 de septiembre de 1574, Felipe II contestaba a Catalina –pues sabe que la tengo de servir y procurar su contento en todo como a mi propia madre–, informándole de que había enviado una persona de confianza en busca de Don Sebastián, para advertirle de que sus planes no contaban con su consentimiento.

Pero aquel día exactamente, Sebastián de Portugal llegaba a Tánger. Según el cisterciense Fr. B. de Brito, doña Catalina, escandalizada de los que metieron al rey en tales pensamientos, mandó luego partir de su casa y tuvo todo dispuesto para marchar a Tánger… asegurando que iría ella a buscalle.

Y aquellos que actuaban contra todo pronóstico y buen parecer, al menos, contra el de Felipe II y sus consejeros, según el Cronista Sebastián de Mesa, tenían un nombre: El Padre Luis Gonçalves de Cámara y demás Padres de la Compañía de Jesús, por cuya mano corría la doctrina del rey, así en buenas costumbres como en lo demás, no fue posible apartarlo de la jornada y así es de creer. Evidentemente, los hermanos Gonçalvez de la Cámara, Luis y Martín, Escribano de la Puridad, es decir, del Secreto, no estaban solos, ni eran los únicos responsables de la decisión de aquel muchacho, que había aprendido a ser rey, antes que a ser hombre. Tenía don Sebastián en aquel momento veinte años.







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